Los llamados dolores de crecimiento afectan con frecuencia a chicos en edad preescolar y escolar (aproximadamente de 3 a 12 años) y suelen ser benignos. Pero la ciencia no ha demostrado que el dolor provenga del “estirón” del hueso. Por eso algunos pediatras prefieren hablar de dolor musculoesquelético benigno de la infancia.

Lo que sí se repite es el patrón: molestia en muslos, pantorrillas o detrás de las rodillas, a menudo en ambas piernas, que aparece al final de la tarde o de noche, puede despertar al niño y mejora al día siguiente.
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Cómo reconocerlos en casa
En general, encajan con “dolores de crecimiento” cuando:

- el niño está bien durante el día, corre, salta y no cojea;
- el dolor es intermitente (no todos los días) y dura minutos u horas;
- no hay hinchazón, enrojecimiento ni calor en la zona;
- mejora con masaje suave, calor local o calma.
Un detalle cotidiano que suma: muchos episodios aparecen tras días de mucha actividad (cumpleaños con inflables, partido eterno en la plaza, excursión escolar). No es “culpa” del deporte: suele ser una combinación de cansancio muscular, sensibilidad al dolor y rutina de descanso.
Cómo acompañar sin minimizar
La frase “no es nada” rara vez ayuda; “te creo y lo resolvemos” suele funcionar mejor. Algunas medidas prácticas y seguras:

Calor y masaje: una bolsa tibia (no caliente) 10–15 minutos y un masaje lento en pantorrillas o muslos. Muchos chicos lo describen como “que afloja”.
Estiramientos cortos: antes de dormir, estirar suavemente gemelos y cuádriceps puede reducir la frecuencia en algunos niños. La clave es que no duela: si parece yoga competitivo, vamos mal.
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Rutina de sueño: cansancio y dolor hacen equipo. Un horario estable y una transición tranquila (menos pantalla, más calma) ayuda a que el episodio no escale.
Registro breve: anotar hora, intensidad, actividad del día y duración durante 2–3 semanas aporta claridad y le da al pediatra información útil si hay consulta.
Medicamentos: si el pediatra ya indicó un analgésico adecuado para la edad (como paracetamol o ibuprofeno), puede usarse según pauta. Evitá improvisar dosis.
Cuándo es momento de consultar al pediatra
Conviene pedir evaluación si aparece cualquiera de estas señales, porque ya no suena a “dolor de crecimiento”:
- dolor en una sola pierna de manera repetida o cada vez más intenso
- cojera, rechazo a caminar o dolor que persiste durante el día
- hinchazón, enrojecimiento, calor local o dolor en una articulación (rodilla, tobillo)
- fiebre, decaimiento marcado, pérdida de peso, sudoración nocturna
- dolor tras un golpe importante o con moretón llamativo
- rigidez matinal (le cuesta arrancar) o dolor que mejora poco con descanso
- dolor en cadera, espalda o que se acompaña de hormigueos/debilidad
- episodios muy frecuentes (por ejemplo, casi todas las noches) o que impiden dormir de forma sostenida
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En la consulta, el pediatra suele basarse en la historia clínica y el examen físico; los estudios (análisis, radiografías) se reservan para cuando hay signos de alarma o el patrón no encaja.
Lo que podés decir para calmar
Funciona combinar contención y certezas simples: “Esto duele, pero pasa. Vamos a aflojarlo con calor y masaje y mañana lo vemos de nuevo”.
Si el niño está ansioso, ofrecer una “escala” (del 1 al 10) o elegir juntos el plan (“¿calor o masaje primero?”) le devuelve control y baja el estrés, que también amplifica el dolor.
