La primavera suele asociarse con planes al aire libre, más energía y mejor ánimo. Sin embargo, para muchas personas el cambio de estación trae una sensación menos fotogénica: sueño fragmentado, fatiga durante el día, congestión, dolor de cabeza y una dificultad inesperada para sostener el ritmo habitual.
El organismo necesita adaptarse a varias modificaciones a la vez. Hay más horas de luz, sube la temperatura, cambian los horarios sociales y aumenta la presencia de polen en el aire. Esa combinación puede afectar tanto al descanso como a la atención.
Lea más: Sesgo retrospectivo: qué es y por qué creemos que todo era previsible
Más luz, pero menos descanso
La luz es una de las principales señales que regula el reloj biológico. Los días más largos influyen sobre la producción de melatonina, hormona vinculada al sueño.

Si además se retrasan las cenas, aparecen más salidas o se prolonga el uso de pantallas hasta tarde, el horario de descanso puede correrse sin que se perciba de inmediato. El resultado suele ser conocido: se duerme menos o peor, y al día siguiente cuesta regular el humor, la memoria y la concentración.
Cuando el calor se mete en la cama
El calor también interviene. Para conciliar un sueño profundo, el cuerpo necesita bajar levemente su temperatura interna.
Las noches más templadas, sobre todo en viviendas poco ventiladas, pueden hacer que haya más despertares breves. Aunque no siempre se recuerden, esos cortes reducen la sensación de descanso al levantarse.
Polen, congestión y esa sensación de niebla mental
Las alergias estacionales agregan otra capa al cansancio. El polen puede desencadenar rinitis alérgica, con estornudos, picazón, congestión nasal y ojos irritados.

Pero la respuesta inflamatoria también puede producir somnolencia y sensación de niebla mental. Respirar peor por la nariz durante la noche favorece, además, un descanso menos reparador.
Algunos antihistamínicos pueden causar sueño, por lo que conviene consultar con un profesional antes de automedicarse o de modificar un tratamiento.
Lea más: ¿No es solo mala educación?: por qué algunas personas elevan tanto la voz
La presión de estar feliz porque llegó la primavera
A esto se suma un factor emocional: la expectativa de que la primavera “debería” mejorar el ánimo. Cuando esa vitalidad no aparece, es fácil interpretar el cansancio como un fracaso personal.
La psicología muestra que los cambios de rutina, incluso los deseados, demandan recursos de adaptación. Reorganizar horarios, ropa, traslados y vida social también consume energía mental.
Cómo atravesar mejor el cambio de estación
Para reducir el impacto del polen, suele ser útil revisar el pronóstico de alergias de la zona, ventilar en horarios de menor circulación de partículas y cambiarse de ropa al volver de espacios abiertos.

Mantener horarios de sueño relativamente estables y evitar que el calor se acumule en el dormitorio ayuda a que el cuerpo procese la transición estacional.
Lea más: ¿Por qué algunas personas necesitan silencio total para descansar?
Cuándo el cansancio deja de ser “cosa de primavera”
Si la fatiga persiste varias semanas, interfiere con el trabajo o el estudio, o se combina con tristeza sostenida, falta de aire o ronquidos frecuentes, conviene consultar. No todo cansancio de primavera es pasajero, aunque ocurra cuando todo alrededor parece estar floreciendo.
