Es cierto que en el fondo nos ocurre a todos, pero justamente porque todos conocemos la carga psíquica que puede generar un asunto pospuesto durante varias semanas es que hay que atacar el problema de raíz.
“Cuando uno hace un buen plan, no puede dejar de contemplar las pausas”, comenta el psicoanalista Wolfgang Schmidbauer. Y con pausas no sólo se refiere a las pausas laborales, sino a las pausas más extensas, como las vacaciones.
Y es que mucha gente planifica al detalle su rutina para liquidar obligaciones y deberes, pero pocos planifican bien las vacaciones o incluso su tiempo libre una vez que salen por la tarde del trabajo.
Además, uno comete el craso error de posponer cosas que le resultan difíciles o molestas y se pone a limpiar o a lavar la ropa, por ejemplo, en lugar de aprovechar ese tiempo para algo agradable. Y eso solemos manejarlo así por nuestra mala conciencia, que sólo nos permite tapar la culpa de no estar ocupándonos del pez más gordo bajo el pretexto de que tenemos que hacer otras cosas que en realidad no son nada fundamentales.
¿Por qué no aprovechar en todo caso ese rato para hacer una salida que nos tienta desde hace tiempo?
De todos modos, no siempre “procastinamos”. En algunos casos tiene mucho sentido dejar pasar cierto tiempo antes de tomar una decisión u ocuparnos de algo. En esas situaciones, posponer tiene un propósito muy claro y no hay que presionarse a liquidar el asunto antes.
