El Día Mundial en Memoria de las Mascotas se observa en el segundo martes de junio, para honrar el vínculo, legitimar el duelo por una mascota y promover prácticas de cuidado responsable, incluida la adopción.

La necesidad de la fecha dice tanto de los animales como de nosotros: durante años, la pérdida de una mascota se consideró un dolor “menor”. Hoy, veterinarios y psicólogos lo describen como un duelo que merece espacio, rituales y acompañamiento.
El duelo por las mascotas: qué hace el cerebro con la pérdida
El apego a un animal de compañía no es una metáfora. La convivencia diaria activa circuitos de recompensa y seguridad (dopamina), hormonas vinculadas al vínculo (como la oxitocina) y rutinas que ordenan el día.
Cuando el animal muere, el cerebro se enfrenta a una ausencia doble: la emocional y la cotidiana.

Por eso el dolor puede parecerse al de un familiar: intervienen sistemas relacionados con la amenaza y el estrés (amígdala), la memoria (hipocampo) y el procesamiento de la separación.
Lea más: ¿De dónde viene la palabra “mascota”? Un viaje etimológico al origen de nuestro vínculo animal
Además, aparece lo que especialistas llaman duelo desautorizado: el entorno minimiza la pérdida (“era solo un perro”), lo que puede intensificar la angustia y el aislamiento.
Si la tristeza se vuelve incapacitante o hay síntomas persistentes (insomnio severo, culpa intrusiva), puede ayudar un profesional de salud mental.
Cuando una mascota “acompaña” a otra: qué observa la etología
Perros y gatos también pueden cambiar tras la muerte de un compañero del hogar. No es necesario atribuirles ideas humanas de la muerte para reconocer conductas observables: búsqueda del ausente, más vocalizaciones, menor interés por el juego, cambios de sueño, apego al cuidador o, a veces, irritabilidad.

La recomendación etológica suele ser práctica: mantener rutinas, ofrecer más oportunidades de olfateo y exploración, y reforzar actividades previsibles (paseos, juegos cortos).
En algunos casos, permitir que el animal huela objetos del compañero fallecido puede reducir la incertidumbre; conviene hacerlo con criterio y sin forzar.
Lea más: Cómo el vínculo con un gato puede transformar la salud mental de un adulto
Si hay anorexia, apatía marcada o conductas autolesivas, la consulta veterinaria es prioritaria: el duelo puede coexistir con enfermedad.
Cómo explicar la muerte de una mascota a los niños, según edad
La clave es ajustar el relato al desarrollo y evitar eufemismos confusos.

En 0 a 3 años, basta una frase simple: “Murió. Ya no respira ni vuelve”, con mucho contacto y rutina.
Entre 3 y 6, pueden aparecer preguntas repetidas: responder igual, sin “se fue a dormir” (puede generar miedo al sueño).

De 6 a 9, entienden la irreversibilidad y pueden sentir culpa; ayuda aclarar: “No fue por algo que dijiste o hiciste”.
Lea más: “Acicalamiento social” extremo: ¿por qué mi gato me muerde el pelo o la cara?
En 10+, suele servir una conversación más completa sobre enfermedad, vejez y decisiones veterinarias, validando tristeza y enojo.
Los rituales sencillos —dibujar, escribir una carta, armar una caja de recuerdos— ofrecen un marco emocional. Y una idea útil para todas las edades: recordar no es reemplazar; si la familia decide adoptar otra mascota, no debería presentarse como “la nueva versión” de la que murió.
