Una competencia feroz

El desordenado juicio político a la Fiscal General del Estado dejó hasta hoy, por encima del resultado final que se conocerá en breve, un saldo irrebatible: muchos diputados carecen de lo más elemental para sostener un debate. No tienen ideas, conceptos, orden, disciplina, lenguaje, para atacar o defender los argumentos que se les presentan.

Esta carencia les empuja a decir cualquier cosa, a los gritos, en la creencia desatinada de que hay que ser “recios” y no quedarse con la boca cerrada. Una vez más hemos asistido al deprimente espectáculo de que la oratoria más elemental no es de este mundo para tales diputados.

Parlamento, ya se sabe, viene de parlar, hablar, desarrollar pensamientos en un recinto que la democracia tiene reservado para que los representantes del pueblo discutan cuestiones nacionales con la razón, no con el garrote verbal. ¿No dan para más? No. Pero la cosa empeora cuando alguien habla más o menos bien pero la idea que sostiene es tan disparatada que uno no sabe con cuál de las nulidades quedarse, si hay que elegirlas.

Para justificar la defensa a Horacio Cartes –no a la Fiscal General- se dijo hasta el cansancio que el voto por la negativa era en defensa de la independencia y soberanía nacionales ante la intervención del gobierno de los Estados Unidos al prohibir que Horacio Cartes pise tierra norteamericana. Supuestamente es un acto patriótico oponerse al juicio político.

De dos cuestiones totalmente distintas se pretendió reducirlas a una. La intención de castigar a la Fiscal General entregada a los dominios cartistas, y la decisión del gobierno de los Estados Unidos, son asuntos muy distintos. Por otro lado, con el mundo cada vez más globalizado los países dejaron de ser independientes y soberanos en términos absolutos. La Unión Europea es un ejemplo de ello. En Bruselas se toman la mayoría de las decisiones que los países miembros están obligados a cumplirlas aunque afecten sus intereses.

¿Somos independientes y soberanos? Si lo fuéramos ya tendríamos relaciones diplomáticas con China Continental. Pero no podemos. Estamos atados a Taiwán. ¿Independientes y soberanos y no podemos fijar el precio de la energía eléctrica de Itaipú a nuestra conveniencia?

Una cartista que aspira llegar al Senado dijo que la corrupción no es delito. Dicho así en abstracto no lo es, pero bajando a tierra sí porque un juez que atienda el caso tendrá que argumentar que el lavado de dinero, el contrabando, el robo, etc. son delitos, son hechos corruptos. La tal aspirante a senadora ya nos advierte de qué lado de la moral estará. También es corrupción defender la corrupción.

Otra defensora de la señora Quiñónez quiso sumar su voz de cartista y no pudo hacerlo más que redactando previamente lo que le parecía oportuno decir. Ni aún así atinó a expresarse con alguna coherencia. En su defensa salió a decir que no es “muy intelectual” o algo así. Nadie va a desmentirla. El asunto no es ser intelectual o no, sino tener un mínimo sentido de la ética. Es mejor callarse si no se sabe hablar, peor aún, si no se sabe reflexionar. Entiendo que deseaba mostrar su fanatismo cartista, pero con su voto, en silencio, igual su jefe iba a agradecerle.

Lo peor de lo peor, en medio del desorden generalizado, es que no se discutieron los puntos que hacen precisamente al juicio político. De las documentadas razones que se presentaron para que la señora Quiñónez fuera a su casa, nadie ni las escuchó porque todos estaban enfrascados en defenderle a Cartes. Poco o nada importó lo que la Fiscal General hizo, o ha dejado de hacer.

Hemos visto que en las discusiones los cartistas no demostraron tener convicciones sino afán exhibicionista. Fue un torneo de quién llamaba más la atención de Cartes. Parecieran decir: “Fíjese en mí, señor”; “Yo le defiendo mejor, patrón”. Son estos defensores los que hunden cada vez más a Horacio Cartes.

alcibiades@abc.com.py

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