Y, peor aún: se deja al descubierto que deben anunciarse decisiones de afuera para develar, urbi et orbi, la podredumbre de nuestra dirigencia política, en este caso, la del Partido Colorado.
Podemos aludir que en estas decisiones estadounidenses hay un “menoscabo” a nuestra soberanía; que Washington se inmiscuye en asuntos privativos nuestros. Podremos rascarnos las hendiduras con patriótica indignación ante el imperialismo del Águila.
Pero lo que no podemos sacudirnos de encima es la certeza de que la ciudadanía honesta no tiene la suficiente fuerza organizativa, persuasiva ni electoral para extirpar del gobierno a los elementos que destruyeron la institucionalidad del Paraguay en aras de satisfacer su roñosa sordidez, su cinismo obsceno y su codicia viciosa.
Es humillante admitir que nos debemos resignar a que la mano de una potencia extraña nos exija rectificar rumbos. Y es ingrato convenir que prácticamente no hay otro modo de hacer que nuestros sinvergüenzas vernáculos suelten las riendas del poder, que no fuera por la exigencia externa que conlleva amenazas de consecuencias devastadoras para los amenazados.
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Sabemos que Stroessner se iba a morir de viejo en su sillón palaciego si no hubiese soplado el viento del Norte. Aunque lo que vino después no fue, precisamente, lo que hubiéramos deseado.
Y en estos tiempos, ante el imparable agigantamiento de la corrupción interna que selló alianza con la fuerza descomunal del narcotráfico y el terrorismo, factores que tocan la seguridad de Estados Unidos, es absolutamente absurdo pensar que “nuestras autoridades” fueran capaces por sí de combatir esto con posibilidades de éxito. Y entonces debió aparecer el francotirador de Washington.
Sus dos blancos últimos causaron estupor. No son peces de arroyuelo, sino tiburones de dientes afilados que no se sacian nunca al carcomer todo a su alrededor. Al carcomer sobre todo la decencia de un país que ya sufrió demasiado y cuyos habitantes decentes sueñan con gente decente en la esfera gubernamental. Gente de la cual se puedan sentir orgullosos.
Hubo reacciones disímiles en ambos blancos. El primero desafió con la soberbia propia del ignorante. Y encima recibió la adulación inmediata de sus chupamedias tarifados que vieron en la designación de USA una “maniobra política del oficialismo”. E incluso se pusieron en bravucones: “no nos importa lo que diga Estados Unidos”.
El segundo entendió enseguida el asunto: descabalgó y desensilló el caballo. De paso, con la designación de éste los adherentes del primer blanco quedaron descolocados en su posición respecto a lo que fue la designación de su “líder”. Se les desbarataron sus argumentos defensivos.
En este contexto hay cosas que los paraguayos debemos comenzar a desmantelar por nosotros mismos. Entre ellas, la perversa práctica de venerar al corrupto. Para esto no necesitamos la mano del patético Tío Sam.