Bebés que nacen “peor que un perro”

Ocupados haciendo cosas “más importantes”. Así se encontraban aparentemente médicos y enfermeras del Hospital Nacional de Itauguá quienes dejaron sin la asistencia adecuada a una embarazada que clamaba ayuda para dar a luz a su bebé. Lo que a los ojos de los “profesionales” era “alarmismo”; para esta mujer, la situación fue de lágrimas y dolor a sangre; el que debía ser el día más feliz de su vida se convirtió en una tragedia viralizada en las redes sociales donde se la veía parir en el piso del hospital.

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A merced de bacterias, microbios y otros agentes infecciosos, la criatura nació en condiciones deplorables “peor que un perro”, diría luego la mamá del bebé que ahora está internado en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Haciendo la salvedad de que existen enfermeras admirables y entregadas, que siguen la senda de Florence Nightingale (primera enfermera del mundo en tiempos de guerra y fundadora de la primera escuela de enfermería en 1860), también existen las del otro tipo: las maltratadoras seriales de embarazadas de escasos recursos. El maltrato es doble cuando la parturienta llega al servicio público sin una compañía masculina, a esa la ubica en una subcategoría a la que se le puede ningunear sin que la afectada pueda decir “agua va”.

El maltrato se ve y se siente en los pasillos cuando les hablan por encima de los hombros, les condenan por ser pobres, abordan el embarazo ajeno como un acto criminal. Tienen cero empatía ante el dolor, la ansiedad y la incertidumbre de quienes llegan a pedir los primeros auxilios sanitarios en una etapa vulnerable de sus vidas.

No importa cuántas veces les golpeen la puerta de la guardia, no importa cuántas veces les digan que duele. Para ellas, “vos estás ahí en el servicio porque quisiste, porque le abriste las piernas al arriero y ahora tenés que aguantarte” ya que ellos (médicos y enfermeras) tienen “mucho trabajo”.

Tal vez por esa actitud -y quienes han estado en el servicio público saben de lo que hablo-, o tal vez por una actitud corporativa de su gremio médico, la titular del Hospital se apresuró en cargar la responsabilidad única y enteramente a la enfermera de guardia sobre quien pesó una orden de prisión preventiva por omisión de auxilio.

Pero siendo objetivos, la responsabilidad ante el público es de quien lleva la titularidad de la institución. Los funcionarios de blanco se comportan así porque replican un modelo instalado en el servicio público, en el que la indolencia y el maltrato es moneda corriente, en especial hacia las mujeres embarazaas y eso es algo que está lejos de ser desterrado. Prueba de ello es que ayer nomás otro bebé nació en el pasillo de un hospital en Ciudad del Este, el edén de la infamias.

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