Nenecho aspira a concejal de Asunción, pese a que sobre él pesan cinco denuncias penales del interventor de su administración, Carlos Pereira, por supuestos hechos de corrupción. Entre ellos, la evaporación de 500 mil millones de guaraníes que debieron haberse destinados a obras y que él los desvió para otros asuntos. Sobre el punto, la logia impunedócrata echó una camionada de tierra, para que enterrado quede.
Nenecho quiere ser concejal pues ahí, en la Junta, está gran parte del poder. La Junta Municipal —controlada desde las sombras por el inefable “opositor” Augusto Wagner— ha sido coautora de todas las fechorías que se atribuyen a Nenecho. Pero sus miembros gozan de una impunidad a prueba de tsunamis.
En Lambaré, Carolina, esposa de Orlando Arévalo, expulsado de Diputados no precisamente por honesto e íntegro, superó todas las críticas y los escándalos por su suntuosa mansión cuyas reformas se negó a pagar en su totalidad (según denunció la empresa constructora), y apunta a intendenta. Para acercarse más al tambo, cambió de bando. Pasó de un “significativamente corrupto” a otro “significativamente corrupto”. Pero todo dentro del “glorioso partido” donde las pillerías son simples travesuras. Para más, doña Carolina afirmó que uno de sus objetivos si llega a la intendencia lambareña es “limpiar la corrupción” en la Municipalidad. Hasta su marido reprimió la risa. Desde cuando un correlí lucha contra la corrupción, siendo que la corrupción es el combustible de la vida partidaria. Y hablando de combustible, saludos a don Eddie Jara.
En cuanto a más impunes, la Cámara de Diputados, presidida por Raúl Latorre, blanqueó —cuándo no— a seis intendentes con soberbios prontuarios relativos al manejo (y desaparición) de dinero público. Acá la cosa es surtida, pues hay valores de diferentes pigmentos partidarios.
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La Cámara Baja impidió la intervención de las administraciones de los intendentes Tomás Olmedo, de Ñemby; César Machuca, de Ybyrarobaná; Juan Manuel Ávalos, de Lima; Silvio Andrés Peña, de Emboscada; Vidal Argüello, de Yby Yaú, y Hernán Rivas, de Tomás Romero Pereira. Este último es padre del “dotor” que lleva el mismo nombre, osito mimoso del Quincho que llegó a ostentar —por orden de “don Horacio”— nada menos que el cargo de presidente del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, donde expuso urbi et orbi sus ahogos para leer a viva voz un inocente escrito.
Desde hace décadas el corrupto dejó de ser una excepción para convertirse en el aliento vivo de la política. Para sostenerlo se instaló la impunidad. Y es así que el corrupto se convirtió en rey. A veces, lo sacan por llevarse demasiados millones. Pero siempre vuelve y hace más millones.
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