Uno de los temores lógicos y más apremiantes del ser humano es el desamparo en la vejez. Por ello la jubilación es tan sensible. Un gobierno que se ocupe de ella debe tener autoridad plena para hacerlo. No para imponer, sino para persuadir.
Esta capacidad debe ser expuesta sobre todo para negociar con los docentes, el sector quizá más deficitario y susceptible a cualquier cambio en el sistema. Como están las cosas, el déficit irá incrementándose hasta niveles insostenibles: ya no habrá dinero para la jubilación en pocos años. Igual ocurrirá con militares y policías, insertos en su sistema inconducente.
Apenas se conoció el proyecto de Reforma, afloraron las críticas al mismo. Especialmente del sector decente. A más de esgrimirse lo de siempre: los derechos adquiridos, saltaron las incongruencias del gobierno en el manejo de los fondos públicos. Emergieron las críticas a los privilegios hasta absurdos del sector político y la protección a corruptos blindados por un sistema de impunidad inexpugnable. Algo que repugna.
A la par de la Caja Fiscal hay otros déficits creados por la corrupción sistémica, que es una arena movediza que se traga dinero público en favor de sinvergüenzas protegidos del poder.
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La consigna se dispara como un clamor tonante: “Reformen la Caja Fiscal, pero, al mismo tiempo, dejen de robar”. Y enseguida se alude a la insensata “jubilación” vip de los parlamentarios. Una extravagante falta de respeto a la ciudadanía.
La situación de la Caja Fiscal es gravísima. Por ello el Ejecutivo —aun en un año electoral— lanza a la desesperada el proyecto de Reforma. Y no es para menos.
El mayor obstáculo del gobierno (entendido como los tres poderes) para disuadir a los afectados es la falta de ascendencia moral, de prestigio que otorga la integridad en las acciones para emprender reforma alguna.
Un gobierno que le falta el respeto a la ciudadanía fomentando el nepotismo, y el parasitismo; un gobierno en el que las licitaciones son territorio liberado para robar; que influye para el enriquecimiento de los cercanos al poder; un gobierno así difícilmente halle consenso para reformas.
El gobierno tiene legitimidad de origen, pero perdió legitimidad de acción. Rifa su autoridad moral en aras de la politiquería, de las vanidades, de la codicia de quienes envilecen a las instituciones. Hay un crecimiento que solo beneficia a los petulantes adláteres del mando. Y no más.
La Reforma de la Caja Fiscal es inevitable, como inevitable debiera de ser que el gobierno se desprenda del lastre que le impide ocuparse por entero, ¡y por fin!, del país.
nerifarina@gmail.com