Con Cristo, sin fantasmas

Después de multiplicar los panes, Jesús subió a la montaña para orar a solas. Esto nos enseña algo primordial: no podemos dejarnos atrapar por los múltiples ajetreos de la vida y terminar siendo víctimas del síndrome del burnout.

Es necesario desacelerar y dedicar momentos a la oración y a la meditación, pues fortalecen el alma y constituyen una verdadera terapia para la mente. Es una cuestión de espiritualidad y también de salud.

Además, el Evangelio nos relata que los apóstoles estaban en la barca, azotada por fuertes vientos, cuando, de repente, Jesús se acercó a ellos caminando sobre las aguas. Ellos se aterrorizan y comienzan a gritar, porque creían ver un fantasma.

De alguna manera, esta es la descripción de nuestra vida cotidiana: andamos fustigados por preocupaciones, nos asustamos fácilmente ante ciertos acontecimientos y pensamos ver fantasmas —póra— en los cuatro rincones de nuestra casa, en los patios de los vecinos e, incluso, en algunas personas. Y no solamente el póra, sino también el Pombéro y el payé. Pero el Señor Jesús se acerca y nos dice: «Tranquilícense, soy yo; no teman».

No hay duda de que la barca de nuestra existencia es sacudida por fuertes olas. A veces, una enfermedad desarticula el proyecto que habíamos elaborado y nos llena de dolor. Otras veces, la escasez de dinero genera zozobra y acusaciones mutuas. Asimismo, el panorama político difícilmente despierta grandes esperanzas, pues da la impresión de que seguiremos con «más de lo mismo».

Cada uno debe desarrollar un estilo de vida que le permita vivir con mayor serenidad, lo cual no significa vivir sin problemas. No debemos dejarnos llevar por los criterios inconsistentes del PPP: «Póra, Pombéro y Payé», para explicar todo lo que sucede o, lo que es peor, para justificar la falta de empeño y de dinamismo a la hora de superar las dificultades.

El ejemplo de Jesús, que se retira a orar y no teme el silencio para escuchar al Padre, es sumamente elocuente.

«Soy yo; no teman». Estas palabras revelan que la presencia de Cristo disipa el temor y nos asegura que su amistad es más poderosa que los problemas que sacuden nuestra vida.

Sin embargo, la presencia del Señor no es solamente para consolarnos; también es para impulsarnos a crecer en la fe. Por eso reprocha a Pedro: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

Cuando somos constantes en cultivar los valores del Evangelio, vivimos más fortalecidos y podemos hacer nuestras las palabras que los discípulos dirigieron a Cristo: «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios».

Paz y bien