Quilombo

El juicio oral y público al cartista Hernán Rivas debe ser uno de los mayores escándalos jurídicos de la democracia. Es la confirmación de que el poder político —con su aplanadora— puede también atropellar la más alta institución de juzgamiento de jueces y fiscales con un supuesto abogado.

Y MIENTEN TODOS JUNTOS al esquivar responsabilidades: desde el día uno se avisó que el susodicho no tendría título. Pero no. Salían abrazados a respaldar a quien no se le puede dar otro título que el de impostor, alguien que llegó a ridiculizar hasta al propio Beto Ovelar en conferencia de prensa, comparando su título con la hombría del senador. Lo encubrieron en este latrocinio que hoy pone al Paraguay en el centro del ridículo y del escándalo.

Y cuando uno piensa que ya escuchó lo peor, descubre que no todo está perdido, que siempre hay más por perder. El exdecano y camarista Óscar Rodríguez Kennedy, coautor de un libro con el fiscal general del Estado, Emiliano Rolón, confirmó que firmó el título de Rivas desde su auto (una literal universidad de garaje). Y en la semana que pasó hemos escuchado a testigos que no solo certificaron que nunca vieron a Hernán Rivas en la facultad… sino que ponen en entredicho la calidad de los títulos que se están dando a cambio de plata.

Cada nuevo día de este juicio está peor que el anterior. Nos confirma lo peor de los políticos, pero también el deleznable comercio de algunas universidades. Y en medio de esta desgracia, vimos que, al fin, el titular del CONES y actual ministro de Educación, Luis Ramírez, se puso las pilas y advirtió a rectores de algunas universidades privadas que dejen de pedir tiempo para regularizarse. Que llevan más de 20 años sin hacerlo y que eso conlleva necesariamente estafar a un montón de jóvenes.

Parece que los susodichos rectores fueron corriendo a llorarle sus cuitas al ministro del Interior, Enrique Riera, quien también fue, por cierto, ministro de Educación. O sea, algo de este quilombo tuvo que haber conocido. Así que ignoro siquiera por qué los recibió y no los despachó con un buen puntapié, como correspondía. Lo único que ahora falta es que los policías vayan junto al ministro de Educación a discutir sus operativos de seguridad.

Nos miro a todos, obligados a sudar sangre y lágrimas. Miro a nuestros hijos, quemándose las pestañas, trabajando para pagar sus estudios, sacrificando comidas para pagar pasajes. Pienso en Santiago Peña el día que despreció a “los guapitos” con la pared llena de títulos. Y sé con certeza que la gran mayoría debemos esforzarnos para salir adelante y sacar al país adelante. Trabajando y estudiando porque no hay otra forma... Disculpen. No encuentro una palabra decente para cerrar, por eso esta columna se llama hoy Quilombo.

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