Deisy denunció anteriormente y cumplió con el protocolo que las campañas de concientización exigen. Ella llegó hasta una comisaría, acudió a las autoridades y denunció la violencia, las amenazas de muerte y el hostigamiento sistemático.
El 18 de setiembre, la Justicia emitió una orden de alejamiento que le prohibía a su expareja, Aldo Duarte, acercarse, hostigarla o amenazarla. Sin embargo, ese pedazo de papel no sirvió de escudo. La noche del jueves, cuando la joven iba rumbo a su trabajo, su expareja le cerró el paso, la derribó con un primer disparo y la remató con dos tiros en la cabeza.
Deisy tuvo que soportar un infierno de agresiones durante cinco años antes de que esta persecución terminara con su vida. Muchas veces intentan convencernos de que estos criminales actúan “por impulso” o cegados por el amor y los celos. Todo esto es falso. A Deisy no la mataron por celos; la mataron porque su agresor nunca soportó un “no” como respuesta. La asesinó porque la consideraba un objeto de su propiedad y no aceptó que ella tuviera la libertad de decidir sobre su propia vida.
En una relación sana no se trata de dominar, condicionar, mentir o amenazar. Cuando tu pareja te miente, te aísla de tus amistades, te prohíbe disfrutar de un tiempo a solas y luego, tras el maltrato, intenta justificarse diciendo que “fue sin pensar“, hay que tener la valentía de abrir los ojos. Esas personas posesivas no buscan tu bien; solo buscan manipularte y consumirte psicológicamente hasta destrozarte.
Esta sangre derramada nos deja la lección que todos debemos aprender a identificar dónde “ahí no es”. Cuando te quieren condicionar, cuando te dicen que tenés que hacer algo bajo la amenaza de que habrá consecuencias si no obedecés, o te advierten que las cosas se harán “por las malas“, estás frente a una señal de alarma letal.
Deisy Paola alzó la voz y pidió auxilio, pero el Estado la dejó sola frente a su asesino. Si estás en un lugar donde no te valoran, donde te mienten y te infunden temor, huí y denunciá a tiempo. Y al Estado le toca una obligación de dejar de ser cómplice por omisión y garantizar medidas de protección reales. Porque ya quedó demostrado, con el dolor de una familia destruida, que una simple orden de alejamiento nunca podrá detener las balas de un feminicida.
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