Mientras se debatía la ruptura colorada, el fenómeno de El Niño comenzaba a mostrar su cara más dura. Ya son más de cinco mil las familias anegadas, más de mil doscientas en refugios. Desde Asunción, mirando algunas imágenes en la pantalla, es difícil dimensionar lo que eso significa en la vida concreta de miles de personas: chicos sin escuela, familias que perdieron todo, comunidades enteras a la espera de una respuesta del Estado. Y el impacto sobre la agricultura, una de las principales fuentes de producción del país, todavía está por verse en toda su magnitud.
La educación también pide su lugar en el centro del debate, aunque no siempre lo consiga. Las denuncias sobre manuales educativos cuestionados no son un tema menor: lo que se enseña en las aulas forma el pensamiento con el que van a crecer nuestros niños. Al mismo tiempo, la fiscala Teresa Sosa lleva veinte años investigando un esquema de títulos falsos en la función pública que recién ahora empieza a mostrar resultados concretos, pero con obstrucciones y poca colaboración de las instituciones involucradas. Veinte años. Eso también es una deuda histórica que el país arrastra.
Y la lista sigue. El expresidente de Petropar Eddie Jara, escandalosamente imputado. El ministro de Salud recorriendo hospitales donde los pacientes siguen sin medicamentos ni insumos. La misma queja de siempre, en los mismos pasillos de siempre. El país está en economía de guerra, como el propio gobierno lo reconoció, y en este momento se está trabajando en la ley más importante del año: el Presupuesto General de la Nación 2027. Lo que entre en ese presupuesto y lo que quede afuera, va a definir prioridades concretas para millones de paraguayos. Eso merece tanta atención como cualquier interna partidaria.
No se trata de ignorar la discusión política. Esa discusión es legítima, necesaria y tiene consecuencias reales sobre el rumbo del país. Pero hay algo que ocurre cada vez que un Gobierno llega a su tercer año: la política empieza a consumir todo el oxígeno disponible y los temas estructurales quedan relegados a un segundo plano que se vuelve permanente. Las familias anegadas no pueden esperar a que se resuelva la interna colorada. Los chicos sin clases no pueden esperar. Los pacientes sin medicamentos no pueden esperar. Los convenios internacionales que se están firmando y que comprometen al país hacia adelante tampoco admiten distracción.
Paraguay tiene una deuda histórica pendiente en demasiadas áreas que nunca deberían ser desatendidas. Que la discusión política sea intensa no es excusa para perder el foco. El país necesita seguir avanzando, seguir construyendo políticas de Estado, seguir siendo vigilante de lo que se decide hoy y que vamos a vivir mañana. Eso no compite con el análisis político: lo complementa. Y aunque a veces no ocupe el momento urgente de la agenda, nunca debe dejar de ser prioritario.
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