Bastó un primer plano televisivo durante un partido de fútbol para que las redes sociales estallaran. El zaguero ecuatoriano Piero Hincapié se acomodaba el pantalón corto y el foco de la cámara capturaba la musculatura de su retaguardia, desatando una oleada de elogios, memes y suspiros en plataformas digitales. Más allá del furor del momento, el fenómeno Hincapié funciona como el perfecto síntoma de una era: el glúteo masculino ha salido definitivamente del “punto ciego” del deseo para convertirse en el nuevo centro de atención estética, deportiva y sexual.

Durante años, en los gimnasios ellas eran vistas solo en clases tipo GAP (glúteos, abdominales y piernas) persiguiendo un trasero “de celebridad” a base de sentadillas; ellos, por su parte, solo eran asiduos de la zona de musculación, concentrados en el tren superior —dominadas, flexiones, mancuernas—, como si el cuerpo atlético se construyera exclusivamente de cintura para arriba.
Lea más: ¿Los hombres circuncidados están queriendo recuperar el prepucio?
Pero esa división comienza a resquebrajarse.
Del gimnasio “partido en dos” al entrenamiento completo
Mientras los brazos definidos se consolidan como nuevo marcador de estatus para muchas mujeres —“esculpidos, pero no demasiado grandes; poderosos, pero aún femeninos”, en palabras citadas por Time—, el entrenamiento masculino empieza a mirar hacia un territorio antes relegado: piernas y glúteos.

La tendencia, descrita en un artículo de ICON/El País, no es solo una anécdota de gimnasio: se enlaza con cambios de moda, con disputas sobre masculinidad y con una revalorización del entrenamiento funcional.
La moda que sube el dobladillo y baja el foco
Una parte del empuje es visual y tiene nombre en la conversación cultural: bermudas cortas o slutty shorts (popularizadas por figuras como Paul Mescal y por Harry Styles en el videoclip Dance No More). Con más pierna a la vista, el tren inferior deja de ser un “punto ciego” en la estética masculina dominante.

Como apuntaba Ianko López en ICON, la novedad no es que existan muslos o glúteos masculinos, sino que se conviertan en un lugar legítimo de atención pública: una zona que durante mucho tiempo fue “invisible” o incluso “negada”.
Lea más: Deseo, mirada y masculinidad: por qué los hombres vuelven a mostrar sus vellos
El resultado es un desplazamiento del ideal físico: ya no basta con el torso trabajado si el resto del cuerpo queda atrás.
Del deseo a la norma: cuando el “buen trasero” deja de ser un chiste
El atractivo del glúteo masculino no es nuevo, aunque sí lo es su normalización como objetivo de entrenamiento explícito. Actores como Antonio Banderas, Brad Pitt, Ryan Phillippe o Rob Lowe fueron celebrados —también— por un trasero “amable” con la cámara, pero esa admiración rara vez se conectaba con rutinas y esfuerzo en el gimnasio.

En la cultura popular, el tema apareció a menudo en clave de humor. El caso de Ned Flanders en Los Simpson es emblemático: en un episodio de la temporada 11, su traje de esquí “marca demasiado”, desata el impacto de Homero y deja una frase que quedó como guiño pop: “¡Ese Flanders y su erotismo!”.
Años después, un usuario citado por Mel Magazine relató cómo esa escena influyó en su propia percepción del “estándar” del trasero masculino; y la guionista y productora Carolyn Omine recordó que el equipo debatió si la animación era “demasiado”, antes de decidir que encajaba con la idea: “Flanders es muy atractivo, debería lucirlo”.
Lea más: Musculación y placer: cómo el culto al cuerpo influye en la intimidad masculina
Un cambio de masculinidades, no solo de rutinas
Otra clave que recoge el texto de ICON/El País es social: el entrenamiento de glúteos empieza a interpretarse como señal de seguridad corporal.

El entrenador personal y nutricionista Abel Hoyo lo formula como un giro en la relación de los hombres con su propio cuerpo. Durante años, explica, el entrenamiento masculino se concentró en torso, pecho y brazos, y trabajar glúteos o piernas podía activar el ridículo. “Cada vez más hombres entienden que un físico atlético y saludable no se construye solo de cintura para arriba”, sostiene. Y añade una idea de fondo: el glúteo deja de asociarse exclusivamente a lo femenino para convertirse en pieza de rendimiento, salud e imagen masculina, algo que —en su lectura— encaja con una masculinidad “más segura”.
El fenómeno también tiene un componente de difusión cultural interna: según la periodista Hannah Singleton en GQ (edición estadounidense), los hombres homosexuales han sido históricamente pioneros en tendencias estéticas masculinas y “siempre han apreciado un buen trasero”; ahora, añade, los heterosexuales se suman con más visibilidad.
La resistencia: “ejercicios de mujeres” y el debate dentro del fitness
La normalización, sin embargo, no avanza sin fricción. El artículo recoge cómo algunos discursos en el fitness siguen marcando fronteras de género para ciertos movimientos. El culturista australiano Jeff Myth, por ejemplo, criticó de forma explícita a los hombres que hacen elevaciones de cadera (hip thrust): “Si eres hombre y haces elevaciones de cadera, deberías estar muy molesto. Porque a mí me molesta”.

Lea más: ¿Demasiado grande?: cómo adaptarse a un pene de gran tamaño sin sufrir dolor
Esa postura provocó respuestas en sentido contrario. El entrenador Paul Carter cuestionó el “dogma” que asigna ejercicios a un sexo u otro y fue directo: los glúteos deben entrenarse en ambos. Carter describió además un efecto práctico del prejuicio: muchos hombres se sienten “raros” usando máquinas o ejercicios como patadas unilaterales o elevaciones de cadera por creer que son “de un género”; y remató con una consecuencia frecuente en el gimnasio: “Por eso probablemente tienes el trasero plano”.
La discusión revela algo más amplio que una preferencia de entrenamiento: cómo la vergüenza social puede moldear —y limitar— la salud física.
Lo que dicen los expertos: fuerza, estabilidad y protección lumbar
Más allá de la estética, los argumentos médicos y de rendimiento son consistentes. Luis Enrique Conde Mugica, director técnico en Clubs DiR, subraya que los glúteos actúan como estabilizadores clave de rodilla, cadera y tren inferior. También cumplen una función protectora: “absorben bastante carga a nivel lumbar” y transmiten fuerza entre tren inferior y superior, lo que los vuelve relevantes en actividades cotidianas, no solo deportivas.

En esa misma línea, el entrenador personal Jesús Hernández (Blua Sanitas) insiste en que la base del entrenamiento no cambia por ser hombre o mujer. Lo que se ajusta, dice, es la carga, la técnica, la experiencia y los objetivos. El músculo responde al estímulo progresivo si el ejercicio está bien ejecutado y se integra en una rutina equilibrada.
El reportaje conecta además esta mirada con una idea que circula en la prensa económica: el Wall Street Journal citó al personal trainer Daniel Rice en un texto que se pregunta si el “secreto” de la longevidad masculina pasa por tener un buen trasero, en referencia a la creciente “cultura” de glúteos y tren inferior.
¿Cuánto entrenar? Frecuencia y recuperación como parte del cambio
Hernández sugiere que, para el tren inferior, dos sesiones semanales bien planificadas suelen ser una base sólida. En personas con más experiencia, se puede aumentar la frecuencia y distribuir mejor el volumen.
La advertencia es clara: más no siempre es mejor. Entrenar piernas todos los días sin recuperación, señala, no garantiza resultados superiores. La progresión debe convivir con descanso suficiente, un punto que enlaza con la idea de “entrenar de forma inteligente”, no reactiva.
Cuando la estética se vuelve “green flag”
El giro cultural también se refleja en cómo se interpreta socialmente a quien entrena glúteos. En GQ, una mujer lo describió como una green flag: si un hombre hace elevaciones de cadera u otros ejercicios específicos, su deseo de estar sano “supera sus complejos con la masculinidad”. Lo asocia a una apariencia de mayor salud, a hábitos de autocuidado y —sin rodeos— a mayor atractivo.
Hoyo coincide en el diagnóstico, pero lo lleva al terreno psicológico: evitar ejercicios útiles por temor a la percepción ajena habla más de inseguridad que de masculinidad. Y observa un cambio: más hombres entrenan menos para impresionar y más para sentirse bien, lo que transforma su vínculo con el cuerpo.
En conjunto, el “boom” del glúteo masculino aparece como intersección de tres fuerzas que se retroalimentan: moda que visibiliza el tren inferior, cultura que redefine qué se considera masculino y expertos que recuerdan lo esencial: piernas y glúteos no son un accesorio estético, sino parte central de la salud y el rendimiento físico.
Fuente: El País
