Internet bajo el mar: la red de cables que sostiene la vida digital en América Latina

Imagen ilustrativa: cable submarino de telecomunicaciones.
Imagen ilustrativa: cable submarino de telecomunicaciones.Shutterstock

Bajo las aguas del Atlántico y el Pacífico se extiende una red de fibra óptica que transporta casi todo el tráfico de datos de América Latina. Sostiene el comercio, la política y la vida cotidiana de la región, pero es más frágil —y más disputada— de lo que parece.

¿Qué son los cables submarinos de internet y por qué importan tanto?

Los cables submarinos de telecomunicaciones son haces de fibra óptica que descansan en el fondo del mar y transportan señales de luz a gran velocidad.

Por ellos circula más del 95 % del tráfico internacional de datos: videollamadas, pagos electrónicos, contenidos en streaming, operaciones financieras, correos corporativos, juegos en línea, inteligencia artificial en la nube.

Pese a que el imaginario popular asocia internet con satélites, antenas 5G y “la nube”, la infraestructura crítica que conecta a América Latina con el resto del mundo está, en realidad, enterrada bajo arena, fango y roca a varios miles de metros de profundidad.

Cada cable puede contener docenas de pares de fibra y alcanzar capacidades que se miden en terabits por segundo. En términos prácticos, un solo sistema moderno puede transportar simultáneamente millones de videollamadas en alta definición entre Brasil y Estados Unidos o entre Chile y Europa.

Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy

América Latina: una región cada vez más dependiente del fondo del mar

El tráfico de datos de América Latina se ha disparado con la digitalización de los servicios públicos, el auge del comercio electrónico, la adopción masiva de servicios de streaming y el despliegue de centros de datos regionales.

Esta transformación tiene una consecuencia poco visible: la dependencia crítica de los cables submarinos.

  • La mayoría de las conexiones internacionales de la región pasan por enlaces que unen las costas latinoamericanas con Estados Unidos, Europa y, en menor medida, África y Asia-Pacífico.
  • Brasil, Chile, México, Colombia, Panamá y Argentina concentran los principales puntos de amarre, conocidos como cable landing stations.
  • Cada corte significativo en estas rutas puede traducirse en aumento de latencia, degradación del servicio e incluso interrupciones parciales que impactan desde pequeñas empresas hasta grandes plataformas financieras.

En la práctica, el mapa submarino determina qué tan rápido, caro o resiliente es el acceso a servicios digitales avanzados en cada país.

Un mapa oculto: las autopistas submarinas que conectan a la región

Aunque los detalles técnicos varían entre proyectos, la red de cables submarinos en América Latina configura unos pocos corredores troncales.

En la costa atlántica, Brasil es el principal hub regional. Desde Fortaleza, Río de Janeiro o Santos parten y llegan cables que lo conectan con:

  • La costa este de Estados Unidos, donde se concentran grandes centros de datos y nodos de intercambio de tráfico global.
  • Portugal y otros puntos de Europa, mediante sistemas recientes que buscan reducir la dependencia de rutas vía Norteamérica.

Sistemas como Seabras-1 (Brasil–EE. UU.), Monet o EllaLink (que une Brasil con Portugal) simbolizan esta integración directa con los grandes nodos de la economía digital.

Más al sur, Argentina recibe parte de su conectividad internacional a través de cables que aterrizan en la localidad bonaerense de Las Toninas, convertida en un discreto pero estratégico punto de llegada de varias rutas atlánticas que pasan por Brasil y Uruguay.

En el Pacífico, Chile, Perú, Ecuador, Colombia y México se conectan con:

  • La costa oeste de Estados Unidos (California, principalmente), donde operan gigantes tecnológicos y proveedores de nube.
  • Otros países de la región mediante cables que discurren paralelos a la costa y enlazan ciudades portuarias.

Chile ha impulsado además proyectos para conectarse con Oceanía y Asia-Pacífico sin pasar por el hemisferio norte, buscando diversificar rutas y posicionarse como hub entre Sudamérica y el Pacífico Sur.

El Caribe y el istmo centroamericano funcionan como nodo de paso entre el Atlántico y el Pacífico. Cables que rodean las islas caribeñas o cruzan Panamá enlazan México, Centroamérica y el norte de Sudamérica con Estados Unidos y Europa.

Esta configuración convierte a ciertos puntos —como Panamá, Cancún o puertos colombianos y caribeños— en enlaces críticos donde confluyen múltiples sistemas.

Vulnerabilidades físicas: anclas, terremotos y un mar cada vez más cargado

A simple vista, un cable submarino parece invulnerable: descansa a profundidades donde pocos pueden alcanzarlo. La realidad es más compleja.

La mayoría de los incidentes registrados a nivel mundial se producen en zonas costeras o de poca profundidad, precisamente donde los cables emergen para llegar a tierra:

  • Anclas de barcos que se arrastran sobre el fondo.
  • Redes de pesca de arrastre.
  • Obras de dragado y construcción portuaria.

En esas áreas, los cables suelen protegerse con enterramiento en el lecho marino y recubrimientos reforzados, pero no siempre es suficiente.

En América Latina, la combinación de placas tectónicas activas, volcanes submarinos y huracanes añade capas de riesgo:

  • En el Pacífico sur, la intensa actividad sísmica puede provocar deslizamientos submarinos capaces de dañar tramos de cable.
  • En el Caribe, tormentas y huracanes alteran el fondo marino y pueden desplazar sedimentos y equipos asociados a la infraestructura de cableado.

Aunque los sistemas modernos están diseñados con redundancia y rutas alternativas, un corte en el lugar equivocado puede generar congestión y demoras perceptibles en el tráfico regional.

Cuando se detecta una falla, buques especializados deben localizar, izar, reparar y volver a tender el cable. Cada operación puede durar días o semanas, depende de la profundidad, el clima y la logística. Mientras tanto, el tráfico se redirige por rutas alternativas, si las hay.

En regiones con pocas rutas redundantes —una situación todavía frecuente en parte de Latinoamérica— esa tarea se convierte en una carrera contrarreloj para evitar impactos mayores en la conectividad.

Riesgos geopolíticos y de ciberseguridad: la nueva frontera bajo el agua

A medida que los cables submarinos se consolidan como infraestructura estratégica, aumentan las preocupaciones por diferentes motivos.

Los cables transportan enormes volúmenes de comunicaciones sensibles: datos financieros, tráfico gubernamental, información corporativa. Esto plantea interrogantes sobre:

  • La posible interceptación o copia de señales en puntos clave de la red.
  • La concentración del tráfico en determinadas rutas que pasan por países con marcos legales de vigilancia expansivos.

Los fabricantes y operadores han reforzado el cifrado extremo a extremo, pero el debate sobre quién puede acceder a qué datos —y bajo qué condiciones— sigue abierto.

Además, conflictos armados recientes en otras regiones han puesto el foco sobre la vulnerabilidad de cables submarinos en zonas estratégicas. Aunque América Latina está lejos de los principales teatros de confrontación directa, los Estados de la región comienzan a mirar el fondo del mar como posible espacio de tensión futura, especialmente en:

  • Estrechos muy transitados.
  • Áreas donde confluyen múltiples sistemas de cable.
  • Zonas disputadas o con presencia de actores estatales y no estatales con capacidad naval avanzada.

La interrupción deliberada de cables no solo afectaría a gobiernos y grandes empresas: repercutiría en el comercio electrónico, la banca minorista, la logística y los servicios públicos digitalizados.

El futuro del “internet bajo el mar” en América Latina

Todo indica que la dependencia de los cables submarinos seguirá creciendo:

  • El desarrollo de inteligencia artificial en la nube, que demanda un volumen de datos sin precedentes.
  • La expansión de servicios públicos digitales que requieren conexiones seguras y confiables.
  • El aumento de contenidos audiovisuales en alta definición producidos y consumidos en la región.

En ese contexto, América Latina se enfrenta a una doble tarea: conectarse más y conectarse mejor. Esto implica no solo sumar terabits de capacidad, sino distribuir de forma más equilibrada sus puntos de amarre, diversificar rutas, fortalecer la seguridad y participar activamente en la gobernanza global de una infraestructura que, desde la oscuridad del fondo del mar, condiciona su lugar en la economía digital del siglo XXI.