A mediados de marzo, el entonces ministro de Economía y Finanzas, Carlos Fernández Valdovinos, habló de la ineludible necesidad de aplicar una “economía de guerra” en la administración pública, habida cuenta de la abrupta caída de los ingresos tributarios y la imposibilidad de cubrir el Presupuesto General y los compromisos atrasados sin subir impuestos y sin modificar la meta del déficit fiscal. Dos meses después, Fernández Valdovinos ya no está en el ministerio, sino cómodamente sentado en el Consejo de Itaipú con un sueldo de 120 millones de guaraníes, y ya nadie hace mención de alguna economía de guerra, mucho menos se adoptan medidas en esa dirección, como si en este corto lapso aquel negro panorama hubiese desaparecido mágicamente.
Precisamente como por arte de magia, la pronunciada caída de las recaudaciones a la que se refería Fernández Valdovinos dio un extraño vuelco tras el cambio de ministro, sin que se den explicaciones de los motivos ni que hubiera ocurrido nada extraordinario que lo pudiera justificar.
En febrero de 2026, la variación interanual de los resultados registrados por la Dirección Nacional de Ingresos Tributarios fue negativa, de -2,9% en relación con el mismo mes del año anterior, y de -1% en el acumulado del bimestre. Esto confirmaba un preocupante cambio de tendencia y hacía presagiar serias dificultades para financiar el inflado Presupuesto 2026 y, a la vez, honrar las cuantiosas deudas vencidas con proveedores y contratistas, tal como lo advirtió quien todavía era el ministro del área.
Los impuestos internos habían crecido 4,1%, muy por debajo de lo que venían haciéndolo en ejercicios anteriores, y los impuestos aduaneros habían decrecido fuertemente, -10,5%. Si bien se observaba una saturación de la carga tributaria, como principal motivo se argüía el tipo de cambio, que impactaba negativamente en los ingresos expresados en guaraníes.
Pues bien, ya con Óscar Lovera como ministro de Economía, el tipo de cambio ha bajado todavía más, de 6.500 a 6.100 guaraníes por dólar desde febrero, pero, misteriosamente, las recaudaciones mostraron una renovada expansión en las cifras oficiales. En abril la DNIT reportó un crecimiento del 9,4% frente al mismo mes de 2025.
Como resultado, en plena época electoral, ya no se escucha la palabra austeridad. El ministro Lovera, si bien admitió que existe “un descalce”, dijo que mantienen una expectativa de crecimiento tributario del 8,5% para todo el año, cercana a la estimación del 9,4% contemplada en el Presupuesto. En cuanto a las deudas atrasadas, aseguró que se están “poniendo al día”, pero las cifras que dio son sumamente insuficientes y no dio detalles de cómo pretenden cancelar los atrasos.
Al respecto, no obstante, deslizó que hay “algunas cuestiones que se están discutiendo a nivel parlamentario”, lo que solamente puede significar una de dos cosas, o ambas a la vez: que se está analizando un nuevo endeudamiento extraordinario o que se está previendo una relajación de la meta del déficit. Ninguna de las dos va en línea con una política de ajuste.
La posición optimista del ministro y del Gobierno tampoco está considerando otras variables complicadas. Aunque se proyecta que la economía seguirá creciendo, principalmente si se termina de concretar una buena cosecha, hay ya claros signos de desaceleración. Y todavía resta saber cuál será el impacto de la volatilidad externa. La fundación Dende, por ejemplo, proyecta un crecimiento del 4% en el mejor de los casos, frente al 6,6% de 2025, y prevé presiones inflacionarias significativas, sobre todo en las sensibles áreas de combustibles y alimentos, con el consiguiente efecto en el bolsillo de la gente.
La magia tiene un inconveniente: no existe. Este Gobierno no ha controlado el gasto público, solo ha hecho “reformas light”, como la última fallida de la Caja Fiscal, a la mitad de su mandato se encuentra con agujeros por todos lados que no puede tapar y, encima, los políticos le tuercen la muñeca al presidente Santiago Peña para que se abstenga de recortes y de medidas impopulares en puertas de elecciones. El escenario de hace dos meses no pudo haber cambiado tan dramáticamente y pronto habrá que diseñar un nuevo presupuesto con ingresos aún menores y con el agravante de que ya no se contará con fondos extras de Itaipú. No quieren hablar de economía de guerra ni de ajuste de cinturones, pero los problemas no se van resolver por sí solos.