Ayer se cumplieron tres años desde que Santiago Peña asumió la Presidencia. Tres años en los que el discurso oficial no ha dejado de pintar un país de maravillas: grado de inversión, crecimiento económico, reducción de la pobreza, “el resurgir de un gigante”, “Hambre Cero” transformando vidas, empleo formal récord y un futuro radiante.
El Presidente dijo recientemente y lo repitió ayer en sus redes sociales: “Hace tres años empezamos este camino con un sueño enorme, el de despertar al gigante que siempre estuvo dentro de cada paraguayo… siento más fuerza, más esperanza y más ganas que nunca de seguir trabajando”. En otro momento se mostró optimista, casi eufórico: “No hubo un solo día en que me haya puesto a dudar si valió la pena. Me levanto con ganas de seguir trabajando”. El tono es el de siempre: el del gobernante que habita un Paraguay ficticio, limpio, ordenado y en permanente despegue.
Mientras tanto, en el Paraguay real, el 14 de agosto, víspera del aniversario, trabajadores de la salud, de la educación, sindicatos, campesinos, jubilados y estudiantes se plantaron frente a Mburuvicha Róga con cacerolas y una consigna tan clara como dolorosa: “3 años del Gobierno corrupto, mentiroso y vendepatria de Santiago Peña”.
Más de mil enfermeras renunciaron al IPS por sobrecarga y colapso laboral. Miles de trabajadores no perciben ni el salario mínimo. No disfrutan de las permanentes recategorizaciones que reciben los “ahijados” del poder. Los asegurados aportan todos los meses y no reciben una atención mínimamente digna. Los gremios denuncian reformas cosméticas (Ley de la Función Pública, Superintendencia de Jubilaciones, nueva Ley de Mipymes) y una carestía que no se compagina con los discursos presidenciales. Esa es la voz de la calle. No es un “sector opositor”. Es el pueblo que no puede seguir comprando el relato.
El contraste es brutal. Por un lado, Peña habla de un país que avanza. En las redes, este 15 de agosto, celebra el “un gigante despertando”. Por otro lado, y nada menos que frente a su residencia, la gente grita que sigue entre las necesidades y el abandono. Los números macroeconómicos que el Gobierno exhibe –crecimiento, formalización del empleo, grado de inversión– no llegan al bolsillo, a la heladera ni a la mesa de la mayoría, según los testimonios que se escuchan a diario.
Exministros de Hacienda y economistas como Dionisio Borda lo resumieron con crudeza: “Prometió mucho, pero ha cumplido poco”. El lema “Vamos a estar mejor” parece haberse cumplido solo para un círculo reducido. El de siempre, el que cabe en una sala o en un quincho.
La salud pública sigue desabastecida de medicamentos. La inseguridad y el avance del crimen organizado en las fronteras y ya en diversas partes del país no dan tregua. La institucionalidad se debilita. El déficit fiscal se deteriora y las promesas de convergencia se postergaron una y otra vez.
Tres años después, el paraguayo promedio sigue enfrentando las mismas colas en los hospitales, la misma precariedad laboral y la misma sensación de que el “país de las oportunidades” es, para muchos, un país de sobrevivientes.
No se trata de negar algunos logros estadísticos. Se trata de denunciar el abismo entre el Paraguay que Santi describe y el que la gente habita. Un presidente que se levanta “con ganas” mientras las enfermeras renuncian por agotamiento, mientras los trabajadores golpean cacerolas frente a su casa, mientras la ciudadanía reclama seguridad y salud digna, está gobernando para una realidad paralela.
Y eso sin hablar de los grandes casos que salpicaron estos tres años y que el discurso oficial prefiere relativizar o silenciar: la mansión de San Bernardino y las deudas millonarias con contratistas del Estado, los supuestos “sobres” que nunca fueron suficientemente esclarecidos, y las facturas de artículos de lujo adquiridos en dólares en efectivo, cargadas a nombres de terceros... No son detalles menores. Son la muestra más descarnada de un doble discurso: el del Paraguay que se exhibe en las entrevistas y el del Paraguay que se vive en la calle.
Tres años después, el balance no se mide solo en puntos del PIB ni en anuncios de inversión extranjera. Se mide en si la gente puede acceder a un hospital sin desesperarse, con el mismo optimismo con el que se levanta el Presidente. En si un trabajador cobra lo suficiente para vivir, en si la seguridad deja de ser un privilegio de pocos.
El Paraguay ficticio, el de la torre de marfil de Santi sigue brillando en los mensajes del Presidente en X. El Paraguay real, el de las cacerolas frente a Mburuvicha Róga, el de las renuncias masivas de personal de salud, el de las quejas cotidianas por inseguridad y desabastecimiento, sigue esperando que alguien lo mire de frente, con ojos de realidad y no con lentes de telenovela.
Hasta ahora, el gigante que el Presidente dice haber despertado, lo hizo solo para unos pocos. Para el resto, sigue dormido, en un profundo sueño que sigue siendo solo eso: UN SUEÑO.