Más allá de conocer a los imponentes árboles, cada recorrido tiene aventuras, historias, risas, un centenar de fotografías y también se generan recuerdos para quienes forman parte de estos viajes, pero no solamente entre los expedicionarios, sino también en las personas, trabajadores o familias enteras que reciben a un grupo prácticamente de “desconocidos” en sus propiedades.
Sin embargo, ahí entra algún tipo de “magia” que se puede encontrar en nuestro territorio, y mucho más aún cuanto más lejos de la zona metropolitana. Es una mezcla de solidaridad, cercanía, compañía, hasta algún tipo de “amistad”, aunque probablemente no se conozcan los nombres de uno y de otro.
Esa conexión, afortunadamente aún vigente, da vida, esperanzas, felicidad y hace bien al alma, más aún cuando el punto en común entre todos es uno solo: la naturaleza.

En realidad, es casi un “desperdicio” de tiempo no conocer los recursos naturales o grandes áreas verdes que se encuentran en Paraguay, ya sean cerros, saltos o cualquier otro tipo de lugar que permita estar más alejado de la ciudad y poner, por lo menos por unas horas, la vida en pausa.
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Los guardianes de la sombra
No importa el lugar o el momento; estar bajo un árbol se siente como un refugio y esas hojas o ramas pueden ya acumular años de historia. Pese a tormentas o amenazas del ser humano, el tronco se mantiene fuerte para ser parte de una resistencia y acompañar así a varias generaciones.
Ya sea un árbol, dos, o un bosque entero, es una verdadera bendición poder contar ellos, desde el patio de una casa hasta en una plaza o un campo abierto. No importa dónde ni de qué especie se trate; lo vital es la presencia de estos gigantes de madera.

Toda esta reflexión se da tras el viaje de la segunda expedición de Colosos de la Tierra, cuyos exploradores recorrieron la zona este del país y, desde allí, se trasladaron a otros departamentos. Sin más vueltas, la travesía en sí inició en Ciudad del Este, capital del departamento de Alto Paraná, donde en el extenso patio del Colegio Nacional Bernardino Caballero habita un histórico guapo’y (Ficus enormis). Conocido “cariñosamente” en la memoria como el “árbol de la casa de las brujas”. Sus frondosas ramas, desde hace varios años, quizás generaciones, forman parte de juegos, sombra y la infancia de los estudiantes.

En el mismo departamento, pero en la localidad de Itakyry, la copa de un majestuoso yvyra pytã (Peltophorum dubium) se dejaba ver desde la distancia en un campo y este se mostraba como un “faro” (pero verde y marrón) que, según referencias de los postulantes, ya vio crecer a familias enteras. El paso por la región se despedía con un recorrido en el Parque Aventura Monday (Presidente Franco), donde la fuerza de los saltos del Monday recordó a todos lo impresionante que puede ser nuestra naturaleza.

La selva y otros gigantes
El viaje continuó hacia la Reserva Natural Ypetî, en Abaí, departamento de Caazapá, donde entre un camino de ramas caídas, hojas secas y tierra, otro colosal yvyra pytã marcaba presencia en medio de un área protegida.
Poco después, todo el grupo se enfrentó a las alturas del Guairá, específicamente en la Reserva de Recursos Manejados del Ybyturuzú, ubicada en Independencia. Tras una caminata cuesta arriba por los senderos, como un templo, en el medio se encontraba un ka’a ovetí (Luehea divaricata) para dominar ese paisaje boscoso y repleto de piedras.

Tras abandonar Guairá, el próximo destino fue el departamento de San Pedro. En San Estanislao (Santaní) aguardaban dos majestuosos samu’û (Ceiba speciosa) para ser inspeccionados. Uno de ellos probablemente sea recordado por siempre entre los buscadores, ya que sus alrededores se transformaron en un punto de encuentro, juegos y memoria viva.
Seguidamente, en la colonia Volendam, todavía en San Pedro, hubo un reencuentro nostálgico para algunos ante una visita a un tajy hû (Handroanthus heptaphyllus) galardonado en 2021. Con 43 metros de altura y más de tres metros y medio de circunferencia, este lapacho también se impone hasta ahora como un testimonio vivo de la historia.

Tras varios kilómetros en ruta, el cierre del recorrido llegó al caer la noche en la villa veraniega de San Bernardino (Cordillera), donde la luz tenue de la plaza central acompañó la medición de un sereno guapo’y para cerrar una jornada que sirvió para reconectarse con la tierra.
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Amar lo nuestro
Con una segunda experiencia, podemos confirmar que recorrer el país para encontrar a estos “colosos” no se trata solamente de una competencia, sino de un ejercicio para contemplar, aprender y también recordar lo pequeños que podemos ser al compararnos con la naturaleza, pero al mismo tiempo, tampoco olvidar la importancia de su presencia en nuestras vidas, incluso más ahora, con la primavera ya por entrar.

En una vida actual de scrolleo infinito y contenido en redes sociales que no aporta prácticamente nada positivo, sin duda alguna uno puede pasar de largo algo tan cotidiano como un árbol que forma parte de su rutina, ya sea de camino al trabajo, a la facultad o de vuelta a la casa. Sin embargo, detenerse un momento a mirar esas ramas y hojas nos puede refrescar la memoria para tener en cuenta que la naturaleza también necesita de nuestro amor y cuidado, no solo para uno mismo, sino también para todos los que vendrán en el futuro.
