Bloom, el pendenciero

El gran crítico y teórico literario estadounidense Harold Bloom, autor de La angustia de las influencias y El canon occidental, ha muerto el lunes a los 89 años de edad.

Harold Bloom (Nueva York, 11 de julio de 1930-New Haven, 14 de octubre 2019)
Harold Bloom (Nueva York, 11 de julio de 1930-New Haven, 14 de octubre 2019)

El ogro devorador de libros, el Falstaff de las aulas, el incontinente Pantagruel de las letras, el gran glotón de la literatura universal pero sobre todo de la literatura en lengua inglesa –hijo de inmigrantes judíos procedentes de Rusia que hablaban yiddish y que nunca aprendieron a leer en inglés–, el supremo lector, Harold Bloom, considerado, a veces entusiasmo y otras a regañadientes, pero, al cabo, por unanimidad, el crítico literario más importante de nuestra época, nacido el 11 de julio de 1930 en el neoyorquino barrio del Bronx, ha muerto el lunes en un hospital de New Haven.

Se graduó en Cornell y siguió estudios de posgrado en Yale, a cuyo departamento de inglés se sumó cuando dominaba las universidades estadounidenses el New Criticism, escuela que, inspirada en los textos críticos de T. S. Eliot, pasaba la tradición romántica a segundo plano, así que Bloom, a contracorriente, tomó la poesía romántica inglesa como punto de partida de su trabajo crítico y teórico, quizá asumiendo e imponiendo así su orgullosa insularidad de judío de clase baja en el sofisticado ambiente de una escuela en el fondo tan wasp y en medio del distinguido, excluyente circuito universitario de la Ivy League. Afirmó su insularidad con su conocida y polémica oposición –que sostuvo hasta el fin de sus días– a lo que bautizó como la «escuela del resentimiento» («feministas, marxistas, lacanianos, deconstruccionistas»). Desde comienzos de la década de 1990 –cuando, por algún motivo que no conocemos, empezó a escribir libros para un público no especializado– se convirtió en un personaje ciertamente insólito: un crítico literario popular. Su carrera, como suele llamársela, tuvo, pues, una etapa académica, desde 1959 hasta 1989 aproximadamente, y otra dominada por su presencia en el mercado editorial masivo.

De la primera etapa, su obra más conocida es La angustia de las influencias, angustia que ya es parte del pensamiento actual a tal punto que todos, a sabiendas o no, usamos los conceptos desarrollados en torno al tema por Bloom. Posteriormente analizó también textos religiosos, y El libro de J quizá sea su obra más conocida en ese terreno; o tal vez lo sea La religión americana, visión profética de una fusión de corrientes religiosas, o quizá Presagios del milenio, estudio de esa especie de símiles de religiosidad masivos que fueron en su momento agrupados con el nombre de New Age y en los que vio formas degradadas de ciertas creencias gnósticas. Dos obras mayores nos quedan de esos años: El canon occidental y Shakespeare. La invención de lo humano.

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Para la mayoría Bloom fue una especie de anacronismo viviente, un buscapleitos emperrado en pelear por ideas impopulares y obsoletas: la lectura como destino eminentemente solitario, la (tan antidemocrática) figura del «genio», la (tan «incorrecta») autonomía de lo literario respecto de lo ético y lo político, e incluso para muchos un lector sesgado por resabios ideológicos traducidos en la notoria hegemonía de dead white males en su canon; alguien a quien no le hubiera venido mal, en fin, considerar la pertinencia de ciertas cuotas étnicas y de género para no verse condenado a la caducidad tan fácilmente. Para otros, por el contrario, fue un humanista –que es también, ciertamente, una rareza, una especie en vías de extinción– que tomó un legado de siglos de tradición escrita que han hecho de la lectura el cimiento y la fuente de cuanto merece ser llamado civilización.

Por su parte, Bloom, una vez que salió del coto cerrado del mundo académico para dirigirse al «lector común», siguió siendo un «profe» en el mejor sentido, alguien que por vocación y temperamento busca ayudarte a entender cosas fundamentales –en su caso, qué leer, y por qué, y cómo–. Podemos estar de acuerdo con sus selecciones y jerarquizaciones, pero ni nuestro acuerdo ni nuestro desacuerdo dejan de ser accidentes un tanto triviales frente a su entusiasta interpelación al lector desconocido, extraviado en la multitud, para mostrarle lo que considera bello, lo que hace que valga la pena vivir, y para escribirle con pasión sobre lo que ama, midiéndolo con la eternidad, disputándoselo a la muerte.

No nos sorprendió, pese a ello, en estos días, al merodear morbosamente en Twitter, ver que las fúnebres circunstancias no han moderado, ni siquiera por decoro, los comentarios de sus detractores. Nosotros somos muy pop, muy irónicos, muy lúdicos, muy cool; parafraseando (grotescamente) a Nietzsche, hemos gugleado mucho. Incluso podemos –al fin y al cabo, cualquiera puede atacar a un pensador, sin importar su talla (que en el caso de Bloom era, en todos los sentidos, titánica, extragrande), con simples mofas, y aun con insultos y denuestos en las redes sociales– desdeñar pública e impunemente las ideas y los análisis de este judío del Bronx por profundos y bellos que sean, como los del propio Cervantes y los del mismísimo Einstein, si nos place. Pero cuando el ruido de las querellas se haya apagado, nuestras insolencias peso mosca serán menos que nada en la balanza frente a las enseñanzas ciertas de Harold Bloom, y aun frente a sus errores valientes y generosos. Inventor de lo humano llamó a Shakespeare, y en cierto modo fue inventor de Shakespeare, pues ni el Shakespeare que leemos es el mismo después de haber leído a Bloom, ni el lector de Bloom y de Shakespeare vuelve nunca a ser el mismo después de haber leído a ambos. Se ha muerto un pendenciero, lectoras y lectores. Una ovación de pie.

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juliansorel20@gmail.com

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