La lección del miliciano

Este miércoles, Día de Reyes, pensemos en las palabras de un oscuro miliciano que, gracias a la curiosidad de un poeta bohemio metido a periodista, salió brevemente a la luz pública para darnos una lección a todos.

Mario Arnold con la actriz María Fernanda Ladrón de Guevara.
Mario Arnold con la actriz María Fernanda Ladrón de Guevara.gentileza

Era guapo, alto y bien plantado, de rectos hombros, aquel pobretón, que creció en un antro sin techo que la indigencia había forzado a sus padres a alquilar junto al cementerio de su León natal. Y quiso ser poeta: se marchó a Madrid y gastó sus escasas monedas en crearse una estampa de dandy. Dandy absurdo, de capa remendada –pero útil para envolverse al dormir a la intemperie en los bancos de la Castellana– y chambergo de segunda mano. Fue bautizado como José García, pero firmó como Mario Arnold, sus poemas y libros primero, sus artículos después. Durante la Guerra Civil se hizo cronista, y escribió desde el frente de batalla para El Heraldo y para El Liberal, entre otros medios de prensa, mientras defendía la República en las filas de la División de Líster. Exiliado después del fin de la contienda, moriría en Venezuela en fecha incierta (dicen unos 1958, y otros, 1962). Hoy, a tres días del 6 de enero, lo recordamos por una entrevista publicada en Mundo Gráfico.

Mundo Gráfico fue una revista semanal que aparecía los miércoles en Madrid entre 1911 y 1938 con entrevistas, reportajes y noticias sobre actrices, actores, toreros y demás famosos de la época y en cuyas páginas, antes de sumirse los dos en el olvido parcial o total, Mario Arnold coló de alguna manera su breve encuentro con alguien que no era famoso y nunca lo sería: el anarquista Clemente Famaraza Sandegui, de Guipúzcoa.

Esta historia sucedió en España, pero es universal; sucedió hace mucho, pero es eterna. Y si no lo es aún, un día lo será.

Hacía ya varios meses que, en julio de 1936, el ejército se había sublevado, desatando una lucha «entre dos concepciones distintas de la vida», como recordará Jesús Galíndez: de un lado, «los que todo lo tenían y aún querían más, y de otro, los que nada tenían y querían algo». Apoyaron a los militares las fuerzas reaccionarias y los señoritos de la Falange, y trabajadores, obreros, intelectuales de todo el país –y de todos los países– defendieron la República. En medio de los letales silbidos de las balas y los escombros y ruinas del frente, un frío día de enero de 1937, en Madrid, Mario Arnold entrevistó a ese humilde miliciano. Fue a buscarlo a las trincheras para conversar con él por curiosidad, porque se acababa de enterar de que aquel hombre se había presentado días atrás al comandante Lizarraga, de las Milicias Vascas, en cuyas filas combatía, y le había dicho:

–Tengo ahorrados cuarenta duros y quiero que compre usted juguetes para los hijos de nuestros milicianos.

Mario Arnold quería conocer los motivos por los cuales aquel combatiente pobre, de esos que no suelen cargar ni una peseta en los bolsillos, había donado todo el dinero que poseía para que con él se regalaran juguetes a los niños el Día de Reyes. Le dijeron que era un anarquista donostiarra llamado Clemente Famaraza Sandegui. «A continuación –nos cuenta el reportero–, busqué a Clemente en la trinchera. Me interesaba oír de sus labios el motivo principal que le impulsó a desprenderse de las doscientas pesetas». La entrevista apareció impresa con dos fotos de Clemente en el parapeto; en una lo vemos de pie junto a otros milicianos, en la otra posa ante la cámara él solo, y en ambas empuña el fusil. «¿Por qué has dado tanto dinero para comprar juguetes a los niños?», le pregunta el poeta leonés. «Yo nunca supe –le responde Famaraza– de estas pequeñas alegrías. En el Hospicio, primero, y en casa de los que me adoptaron, después, la vida fue dura conmigo».

Y es que Clemente, nacido en la ciudad de San Sebastián, en Guipúzcoa, había conocido en su infancia el dolor del Hospicio, asilo al que van a parar pobres, abandonados y huérfanos, y quería que otros niños pudieran tener en Reyes los juguetes que él nunca tuvo. Lo leemos así en el reportaje, a lo largo del cual un par de trazos puntuales del escritor nos hablan de la rutinaria familiaridad con la muerte que se palpaba en el Frente de Madrid:

«Los proyectiles pasan cerca de nosotros, dejando en el aire un silbido trágico.

–¿Oyes? –le digo, después de un silencio azaroso, tras del que volvemos a miramos.

–Bien cerca pasó...»

Y Mario Arnold insiste: «Esos cuarenta duros podían haberte ayudado mucho». A lo cual Famaraza contesta, sencillamente: «¡Bah! Una sonrisa infantil vale medio mundo. Deja que los niños rían. Ellos son los hombres de mañana, y deben crecer lejos de toda amargura, para que tengan un porvenir dichoso, sin recuerdos oscuros como los míos...»

La entrevista habla de anhelos que nunca sabremos si se cumplieron o terminaron rotos. Si el rumbo posterior del leonés es incierto, el del donostiarra se eclipsa para siempre luego de esa breve salida a la luz pública. Clemente quería ser marino una vez que hubiera concluido la guerra, para viajar a otros países y sumarse en cada uno a quienes lucharan «por devolver trabajo, alegría y pan a los hogares pobres». «Pasaremos –anuncia, soñando en alta voz– de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad con una canción feliz que nos enseñará la victoria».

La guerra vuelve a presentarse, para interrumpir la conversación entre el poeta bohemio y el anarquista. Mario Arnold explica a los lectores que la entrevista debe concluir porque acaban de llamar a Famaraza a «un servicio importante», y con ese final abierto a la vida o la muerte del entrevistado cierra su escrito, mientras lo ve alejarse, fusil al hombro.

Releemos estas viejas páginas amarillentas de Mundo Gráfico, extraña reliquia de una era tan lejana y tan próxima. «Muchas veces, en la calle, recuerdo que me quedaba embobado ante los escaparates de juguetería y caminaba detrás de un niño cualquiera que tuviese en sus manos lo que a mí nunca me dieron», le contaba al escritor y periodista leonés aquel hombre bajito de estatura y magro de carnes y bolsillos, olvidado, al igual que tantos, por la Historia, Clemente Famaraza Sandegui, de vocación nómada y sin fronteras, que quería hacerse a la mar para conocer todas las tierras y hermanar a los distantes, huérfano criado en un asilo de pobres –«hospiciano»–, que trabajó de canillita, que estuvo en la cárcel por sus ideas antes de entrar en las Milicias Antifascistas Vascas y que acababa de donar todo el dinero de sus nóminas navideñas para que aquellos niños que el 5 de enero de 1937 se fueran a la cama tristes y sin esperanzas se toparan al despertar con sus regalos de Reyes, paradójico milagro de un modesto anarquista que no creía en cetros ni coronas.

El martes, cuando muchos niños se duerman tristes y sin esperanzas, y el miércoles, cuando despierten sin encontrar ningún milagro, recordemos la lección de este pobre miliciano, que mereció mucho más que cualquiera de nosotros los honores que no quería.

Fuentes consultadas y citadas en este artículo:

Jesús de Galíndez: Los vascos en el Madrid sitiado, Buenos Aires, Editorial Vasca Ekin, 1945, p. 9.

Entrevista a Clemente Famaraza Sandegui en Mundo Gráfico, por Mario Arnold, miércoles 10 de febrero de 1937, p. 6.

Sobre el anarquista y miliciano vasco Clemente Famaraza: «La magia del anarquista que no creía en los reyes» (por «Crononauta»), en este Suplemento Cultural, 06/01/2019. En línea: https://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/la-magia-del-anarquista-que-no-creia-en-los-reyes-1775281.html

Sobre el poeta leonés Mario Arnold (José García): «Cazador de Luceros», por Juan Manuel de Prada, ABC, 18/04/2018. En línea: https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-cazador-luceros-201804180121_noticia.html

montserrat.alvarez@abc.com.py

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