Este retrato, un óleo sobre lienzo de autor anónimo que se conserva en el Musée des Beaux-Arts de Angers, lleva en la esquina superior izquierda, en mayúsculas, la inscripción: «MENAGE»; y debajo, casi ilegible, una fecha: «1692». Si se voltea, en la parte de atrás se encuentra la leyenda: «Gilles MENAGE né en 1613 mort en 1692». Es, pues, el erudito, latinista y gramático Gilles Ménage, autor del primer gran diccionario etimológico francés –Origines de la langue française, de 1650–, quien nos mira desde el cuadro. Nacido en Angers el 15 de agosto de 1613 y muerto en París el 23 de julio de 1692, Ménage fue preceptor y amigo de Madame de La Fayette y de Madame de Sévigné, y enemigo de Molière, que lo caricaturizó como el pedante Vadius en Les Femmes Savantes (1672).
Hoy recordamos a Gilles Ménage por su Historia mulierum philosopharum, publicada en Lyon en 1690, dedicada a Mme. Anne Le Fèbvre Dacier, «la más sabia de las mujeres actuales y del pasado» y escrita para honrar a sus discípulas y amigas de los Salones y –contra los comediantes que, como Molière, las ridiculizaban– defender la capacidad de las mujeres de ser tan «sabias» como los hombres. Sesenta y cinco sabias y filósofas clásicas consignó Ménage, de hecho, en esa primera edición, y aún agregó algunas más en la edición de 1692. En su introducción cuenta que se sirvió de sus conocimientos de griego y latín para buscar en diversas fuentes y bibliotecas a «las mujeres que cultivaban la filosofía».

La Historia mulierum philosopharum de Ménage sigue el modelo doxográfico de las Vidas de los filósofos más ilustres, de Diógenes Laercio, por lo que es un relato rico en anécdotas, más que en exposiciones de aspectos teóricos. Cuando el libro de Ménage, escrito originalmente en latín, se publicó en francés, ya en este siglo, Umberto Eco lo descubrió, y escribió entonces que, después de leerlo, había revisado por lo menos tres enciclopedias filosóficas actuales sin encontrar citada a ninguna de las pensadoras recogidas en él por Ménage, a excepción de Hipatia de Alejandría. Sin embargo, Hipatia no era la única, se entusiasmaba Eco en su famosa columna «La Bustina de Minerva», del semanario L’Esspreso, el 8 de septiembre de 2008: «Ménage nos presenta una serie de figuras apasionantes: Diótima la socrática, Arete de Cirene, Nicarete de Megara, Hiparquía la cínica, Teodora la peripatética, Leoncia la epicúrea, Temistoclea la pitagórica. Hojeando los textos antiguos y las obras de los padres de la Iglesia, Ménage encontró citadas a sesenta y cinco filósofas, si bien su concepto de la filosofía era bastante amplio. Si tenemos en cuenta que en la sociedad griega la mujer estaba confinada entre las cuatro paredes del hogar, que los filósofos preferían entretenerse con muchachos antes que con chicas, y que para disfrutar de notoriedad pública la mujer tenía que ser cortesana, se entiende el esfuerzo que tuvieron que hacer aquellas pensadoras para poder afirmarse. Por otra parte, a Aspasia se la recuerda como cortesana, aunque de calidad, olvidando que era experta en retórica y filosofía y que (Plutarco fue testigo) Sócrates la frecuentaba con interés».
Ménage merece memoria por más de un motivo, pero mi favorito es que, cuando se estrenó Les Femmes Savantes, obra en la que Molière se burlaba horriblemente de él, se negó a reconocerse en los rasgos del grotesco Vadius y aplaudió la comedia. Se dice que olvidaba fácilmente tanto sus propios insultos como los de sus enemigos y que se reconciliaba con ellos en cuanto se le presentaba la oportunidad. No es de extrañar que, aun separados por siglos, Eco y él congeniaran a través de las páginas de la Historia mulierum philosopharum, una obra generosa, concebida con un noble propósito: hacer justicia a la inteligencia de la mitad de la humanidad. Agradecido en su reseña, concluía Umberto Eco dándole la razón: «No es que no hayan existido mujeres que filosofaban. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, tal vez después de haberse apropiado de sus ideas» (1).
Notas
(1) Umberto Eco, «Filosofare al femminile», La Bustina di Minerva, L’Espresso, 08/09/2008.

