Héroes, dioses y gobernantes

Cómic de "superhéroes" de R. Sikoryak, al estilo de Curt Swan y Stan Kaye, de su serie "Unquotable Trump"
Cómic de "superhéroes" de R. Sikoryak, al estilo de Curt Swan y Stan Kaye, de su serie "Unquotable Trump"

Una reflexión sobre el vínculo entre la ficción heroica y la realidad política.

Vaya por delante una confesión: en general y con pocas excepciones no tengo buena opinión del heroísmo, pero en cambio me encanta la narrativa heroica. Puede parecer una contradicción, pero en realidad no lo es en absoluto, sino que se trata de una relación paradójica bastante frecuente: no gustan los monstruos ni los crímenes, pero sí la literatura de terror y las novelas policiales.

Tampoco es que, dicho sea de paso, la mayoría de los protagonistas de los hechos heroicos reales, que aparecen en los libros de historia, sean muy apreciables. Según el irónico novelista inglés Terry Pratchett, el héroe militar más sobresaliente y aclamado es el que más soldados sacrifica en una carga disparatada y, milagrosamente, sobrevive para ascender y volver a sacrificar un contingente aún mayor de soldados en otra carga aún más disparatada.

Pero estas líneas no son sobre la heroicidad real, sino sobre la ficticia: aunque, si me tienen un poco de paciencia, quizás pueda exponerles con razonable solidez que las características de los héroes o heroínas que construye nuestra literatura de aventuras tienen una poderosa relación con el tipo de vínculo socioeconómico que domina nuestra sociedad y con los parámetros éticos de conducta que verdaderamente rigen el comportamiento, que suelen ser bastante diferentes a los que se declaran públicamente.

Comencemos con el antecedente más lejano que tenemos: Gilgamesh, el mítico Rey de Uruk, protagonista de la primera gran narración épica, es un poco tonto y el ejemplo más acabado de «antes morir que perder la vida». En su búsqueda de la inmortalidad, se expone sistemáticamente a mortales peligros que podrían acabar prematuramente en una muerte violenta; además, su heroísmo era un poco miserable: abandona sus responsabilidades como gobernante para dedicarse por completo a la búsqueda de sus propios objetivos.

Supongo que es un primer ejemplo de paralelismo con lo que ocurre en el mundo real. Los poderosos andan por el mundo declarando guerras desquiciadas, algunos viajando en busca de quién sabe qué, otros reclamando besos en el trasero, otros más, sin preocuparse ni mucho ni poco de la realidad cotidiana de sus gobernados. En la antigüedad, la gente imaginaba a sus dioses y sus héroes como malvados, porque los construían según el modelo de sus dirigentes políticos… Eso parece haber cambiado poco. Desde la antigüedad hasta la actualidad los dioses y los héroes han sido tanto o más el reflejo de los defectos de las clases gobernantes que de sus virtudes.

Cómic de R. Sikoryak, al estilo de H. G. Peter, de su serie "Unquotable Trump"
Cómic de R. Sikoryak, al estilo de H. G. Peter, de su serie "Unquotable Trump"

El Aquiles de Homero se ha tomado siempre como el héroe por antonomasia, pero déjenme recordarles que carece casi de cualquier virtud que una persona razonable valoraría: arrogante, brabucón ayudado por su invulnerabilidad, sin ningún respeto por la vida de sus aliados, ni menos por el valor de sus adversarios y, por supuesto, colérico, ya que su cólera es doblemente importante en La Ilíada: primero contra Agamenón y luego contra Héctor.

Los griegos, Homero el primero, tenían una opinión muy negativa de sus héroes, que estaban construidos a imagen y semejanza de sus malévolos dioses, inspirados a su vez en las características más generalizadas en las personas poderosas de sus sistemas de gobierno, mayoritariamente malvadas, que seguramente eran capaces de robar la comida de los niños para festejar algún cumpleaños de sus hijos.

La tontería egocéntrica no es una característica exclusiva de los héroes antiguos. Pongamos un ejemplo de no tan alta calidad pero de gran éxito popular: el final del primer largometraje en el que Tom Cruise personifica a Jack Reacher (no he leído la novela) termina con una demostración espectacular de ego y tontería.

Cruise-Reacher ya había vencido al adversario y lo encañonaba con su arma, aunque aún no había encontrado al verdadero villano y tampoco había «salvado a la chica», pero igual tira el rifle y lo enfrenta a mano limpia para demostrar (al espectador y a sí mismo) que es un verdadero héroe de ficción, poniendo en peligro a la coprotagonista, aún en manos de «los malos», y arriesgándose a que toda una cadena delincuencial continúe funcionando. Más inteligente pero menos heroico es el «No tengo nada que demostrar» de la Capitana Marvel, que tanto molestó a los aficionados al género superheroico, con algo de razón porque, a fin de cuentas, el centro de la narrativa heroica es tener siempre algo que demostrar.

Otro tipo de protagonismo de ficción, en verdad el más frecuente en la actualidad, no corresponde a personajes heroicos en el sentido ético de la palabra, sino a figuras con características mucho más cercanas a la villanía. De hecho, debemos considerarlos héroes si aplicamos el modelo de Joseph Campbell, ya que realizan el periplo completo, pero francamente son modelos éticos detestables en su mayoría.

Cómic de R. Sikoryak, al estilo de Gil Kane, de su serie "Unquotable Trump"
Cómic de R. Sikoryak, al estilo de Gil Kane, de su serie "Unquotable Trump"

A lo largo de la historia, como vimos en el caso de la antigua Grecia, los héroes se han vuelto así de tenebrosos cuando la percepción del común de la gente anda deprimida y en conflicto con las reglas de juego de la sociedad en que vive y entonces construye su religión y su narrativa heroica teniendo como modelo viviente a sus clases dirigentes.

Ahora, si revisamos la narrativa heroica más actual, podríamos llevarnos un susto considerable, pero también encontrar una explicación de la razón por la que padecemos una epidemia de gobernantes que, con muy pocas excepciones, deberían estar en tratamiento psiquiátrico: mentirosos, incapaces de empatía, prepotentes con los débiles y serviles con los poderosos, incapaces de aplicar algún criterio político que vaya más allá del beneficio personal o familiar inmediato.

El problema es que héroes y superhéroes actuales son, en el mejor de los casos, tenebrosos, y en los peores, auténticos monstruos, como la gran mayoría de los personajes de Juego de Tronos. Es el aterrador mensaje de The Boys, suavizado por su tono de comedia, bastante negra, pero comedia al fin, que se pregunta cómo «optimizaría» el capitalismo actual el «negocio» de la superheroicidad.

El hecho de que tanta gente, en su día, protestara airadamente por la muerte de Daenerys Targaryen, a todas luces devenida una sicótica, quizás nos dé una pista de la causa de que la política del siglo XXI se haya llenado de sicópatas furiosos capaces de cualquier barbaridad criminal, desde la tortura hasta el genocidio, pero absolutamente incapaces de soportar una objeción o una crítica… Los héroes de ficción no son sino la otra cara de la moneda de las personalidades sobresalientes; si el poder está cooptado por ignorantes, malvados y corruptos, esas características modelarán a los personajes de ficción. No es, ni mucho menos, casualidad que el actual presidente de Estados Unidos se parezca tanto a la parodia de los protagonistas de los relatos de acción que Fontanarrosa realizó con su asesino profesional, Boogie, el Aceitoso.

Boogie el Aceitoso, de Fontanarrosa
Boogie el Aceitoso, de Fontanarrosa

*Todas las ilustraciones con que acompañamos el presente artículo, salvo la portada del libro de Roberto Fontanarrosa, son obra del artista estadounidense Robert Sikoryak (más conocido por su firma, R. Sikoryak), que ha forjado su carrera a base de homenajes, sátiras y pastiches, mezclando cultura pop y literatura clásica, entre otras cosas, como se puede apreciar en esta serie paródica, Unquotable Trump.

*Ángel Luis Carmona Calero es periodista, docente universitario y crítico de arte, de vasta trayectoria como columnista y autor de artículos de fondo en distintos medios de prensa, esencialmente en áreas culturales y de opinión, pero también en política internacional. Ha publicado Crítica de la sinrazón pura: epigramas ajaponesados o epihaikus (AranduBook, 2024).

Luis Carmona: "Inventar algo es casi siempre tomar lo que otros hicieron antes y combinarlo de otra manera, como el genio que le puso tequila en vez de vodka al Bloody Mary y le llamó Sangrita..."
El periodista y crítico español Luis Carmona