Este no es un comentario sobre Banksy

Estatua firmada por Banksy que apareció en el centro de Londres el jueves 30 de abril de 2026. Fotografía de Kin Cheung.
Estatua firmada por Banksy que apareció en el centro de Londres el jueves 30 de abril de 2026. Fotografía de Kin Cheung.

Una reflexión acerca del grafiti y la validación del arte.

Antes que nada, dos aclaraciones. En primer lugar, no todo arte callejero es grafiti. Si una municipalidad o un gobierno o una empresa privada contrata a alguien para pintar una pared exterior, el resultado es un mural, no un grafiti; de lo contrario, tendríamos que llamar grafiteros a todos los muralistas, de Altamira a Rivera. En segundo lugar, no todo grafiti tiene pretensiones artísticas: muchos son, esencialmente, gritos de angustia y de furia surgidos de la marginalidad citadina.

En esta divagación se va a nombrar mucho a Banksy, pero, como dice el título, solo se lo toma de ejemplo por ser, digamos, el seudónimo más emblemático del fenómeno. Además, últimamente nos ha dejado a todos boquiabiertos, no por la insignificancia de que alguna gente asegure que lo ha identificado, sino porque, si ya es difícil, en la orweliana sociedad actual de cámaras omnipresentes, garabatear clandestinamente una pared, instalar una estatua en una plaza es una hazaña mayor que las de Misión imposible.

Magritte: "Esto no es una pipa" (Ceci n'est pas une pipe). La Trahison des images, 1929.
Magritte: "Esto no es una pipa" (Ceci n'est pas une pipe). La Trahison des images, 1929.

Sin embargo, antes de estos sucesos ya me habían llamado la atención algunas características peculiares: el grafiti ha «conquistado el mercado», lo que quiere decir que los trabajos de algunos grafiteros han alcanzado precios siderales, pero, claro, una actividad que brota de la marginación de amplios sectores de las aglomeraciones urbanas genera más gritos de rabia que otra cosa, así que «el mercado no ha domesticado al grafiti».

Otra peculiaridad llamativa es que ni la teoría ni la crítica de arte saben bien qué hacer con la producción de esta tribu urbana global (si me disculpan el oxímoron) que, en lugar de hacer arte conceptual, cuyos conceptos con frecuencia hay que rastrear con microscopio, llenan de airados pintarrajeos cargados de significado todo lo que encuentran a su paso, pues incluso cuando pintan solo un nombre están gritando: «¡Existo!».

Traigamos de nuevo a Banksy a nuestro razonamiento, junto a dos personas con las que podemos estar o no de acuerdo, pero a las que no les podemos negar su excelente formación académica y que suben sistemáticamente a las redes videos de divulgación sobre arte.

Bansky: "Esto es una piipa" (This is a pipe)
Bansky: "Esto es una piipa" (This is a pipe)

He elegido a estos dos porque no están de acuerdo en nada. Se trata de una feroz crítica del arte contemporáneo, Avelina Lésper, y uno de sus grandes defensores, Rafael López Borrego; y como sus videos están en la red, cualquiera puede consultarlos sin mayores problemas… ¿Dije que no están de acuerdo en nada? Sin embargo, a ambos les disgusta profundamente Banksy.

El principal argumento tanto de Lésper como de López Borrego (es virtualmente el mismo) se puede resumir así: «Banksy es un farsante que finge ser políticamente disruptivo haciendo crítica social y posando de outsider, pero solo es una estrategia para vender bien sus trabajos». Lo cual parece una valoración ética del artista más que una valoración estética de la obra. Caravaggio era un asesino, Picasso un misógino, Pollock un borracho, etc., pero nadie discute la calidad de sus obras.

Con diferentes discursos, ambos coinciden también en que su crítica social es demasiado obvia y reiterativa, lo que resta potencia a sus trabajos y los lleva a una «complicidad complaciente» con el público, al que dicen: «estamos del lado correcto». Lo de la complacencia es delicado porque, si vamos al caso, la mayoría de los artistas se prestan a seguir modas que les faciliten ser expuestos. En cuanto a repetirse, no es raro entre artistas (El Bosco es tan fácilmente reconocible porque su estética es reiterativa, y, si queremos ejemplos más recientes, Frida Kahlo, Botero o Guayasamín –que, nos gusten o no, son muy reconocidos– tienen temáticas y estéticas por demás reiterativas).

Estatua firmada por Banksy que apareció el jueves 30 de abril en el centro de Londres. EFE
Estatua firmada por Banksy que apareció el jueves 30 de abril en el centro de Londres. EFE

Tal parece, entonces, que Banksy simplemente no les gusta, pero no tienen un buen argumento, como los que esgrimen, la una en contra y el otro a favor, sobre el arte contemporáneo, y que los motivos por los que no les gusta son precisamente el secreto del éxito de las obras del grafitero más renombrado actualmente.

Es que en realidad Banksy no es el problema. El problema es la marginalidad de la que surge el grafiti, causa de que siga siendo oficialmente ilegal y de que su modelo de exhibición callejero, en compensación, llegue directamente a su público y –tanto si es un clamoroso éxito como si es un estrepitoso fracaso, tanto si sus autores alcanzan el circuito de ventas y se vuelven millonarios como si los caza la policía y terminan en la cárcel– no necesite validación de críticos (como los dos aquí puestos de ejemplo), curadores, galerías ni museos. En un mundo donde se ha impuesto la idea de que si se entiende sin tediosas explicaciones, que tampoco se entienden, no es arte, tal parece ser el factor común que ha llevado a Lésper y López Borrego (por única vez, sin que sirva de precedente) a estar de acuerdo, aunque no en un gusto, sino en un disgusto.

Volviendo al principio, esta reflexión no es sobre Banksy –que es apenas un ejemplo relevante–, sino sobre la validación del arte, y a lo que quería llegar es a que el disgusto de una significativa parte de la crítica ante el grafiti se debe a que no necesita de las vías canónicas de validación. De hecho, esas vías han fallado mil veces en todas las artes –por poner solo dos ejemplos notables, en el impresionismo y el jazz–. Y tampoco es que el gusto popular, que con frecuencia aplaude el kitsch, sea una alternativa fiable. El punto es, simplemente, que las voces autorizadas del campo artístico se incomodan cuando alguna forma de expresión prescinde de esas vías canónicas, sobre todo si esa forma de expresión –que a veces puede ser arte de buena calidad y a veces no– resulta poco domesticable por su origen marginal, porque en la furia callejera hay con frecuencia más contenido que en una banana pegada en la pared o en una pirámide de papel higiénico.

Luis Carmona
Luis Carmona

*Ángel Luis Carmona Calero (Madrid, 1956) es periodista, docente universitario y crítico de arte, de vasta trayectoria como columnista y autor de artículos de fondo en distintos medios, esencialmente en áreas culturales y de opinión, pero también en política internacional. Ha publicado Crítica de la sinrazón pura: epigramas ajaponesados o epihaikus (AranduBooks Ediciones, 2024).