Edgar Morin, el último pensador universal (1)

Edgar Morin en 1975 en París. Foto: Georges Pavunic.
Edgar Morin en 1975 en París. Foto: Georges Pavunic.064650+0000 GEORGES PAVUNIC

«Pocos autores han logrado integrar con tanta naturalidad los descubrimientos de las ciencias naturales con las grandes preguntas existenciales de las humanidades».

Lloviznaba en Ciudad del Este. Era la tarde del viernes 29 de mayo y el día se apagaba lentamente entre el gris del cielo y una larga fila de vehículos atrapados en el tráfico. Entonces llegó un mensaje a mi celular. Era de mi amigo Joel Esquivel. Bastó una mirada para confirmar la noticia inevitable: Edgar Morin había muerto, a pocos meses de cumplir 105 años.

Sabíamos que ese momento llegaría más temprano que tarde, pero hay pensadores cuya presencia se vuelve tan constante que uno termina creyéndolos parte permanente del paisaje intelectual. La sensación que experimenté al leer la noticia solo la había sentido una vez antes: cuando supe de la partida de mi maestro, Enrique Dussel.

No era solo la muerte de un filósofo; era la conciencia súbita de que una época comenzaba a cerrarse y que con Morin se extingue una de las últimas voces capaces de dialogar con la totalidad del mundo, de tender puentes entre las ciencias y las humanidades, entre la razón y la incertidumbre, entre la complejidad de la realidad y nuestra obstinada necesidad de comprenderla.

Precisamente, si algo he procurado transmitir en mis clases de posgrado en educación en los últimos diez o quince años –además de las referencias obligadas al paradigma filosófico de la descolonización– ha sido la necesidad de volver una y otra vez a Edgar Morin. En una época de hiperespecialistas, Morin representa la rara figura del pensador universal, capaz de hacer dialogar disciplinas, culturas y saberes sin sacrificar el rigor intelectual. Su obra constituye uno de los esfuerzos más ambiciosos del siglo XX y de lo que va del XXI por comprender la complejidad de la condición humana.

Edgar Morin en 2022 charlando con estudiantes de arquitectura en Montpellier. Foto: Alexandra González.
Edgar Morin en 2022 charlando con estudiantes de arquitectura en Montpellier. Foto: Alexandra González.

Leer a Morin es una experiencia intelectual singular. En sus páginas dialogan la termodinámica y la poesía, la biología y la filosofía, la antropología y la política. Pocos autores han logrado integrar con tanta naturalidad los descubrimientos de las ciencias naturales con las grandes preguntas existenciales de las humanidades. Desde sus primeras investigaciones sobre la cultura de masas en El espíritu del tiempo (1962), hasta su monumental serie El Método (1977-2004), Morin desarrolló una teoría general de la complejidad destinada a superar las fragmentaciones del conocimiento moderno.

Su preocupación fundamental fue siempre la misma: comprender al ser humano sin mutilarlo. Frente a las visiones reduccionistas que explican lo humano exclusivamente desde la biología, la economía o la cultura, Morin insistió en que nuestra especie sólo puede comprenderse en la interacción permanente entre naturaleza y sociedad, entre razón y emoción, entre individuo y colectividad. En El paradigma perdido: la naturaleza humana (1973), una de sus obras más influyentes, cuestionó la separación artificial entre ciencias naturales y ciencias humanas, mostrando cómo el surgimiento del homo sapiens sólo puede explicarse a partir de la compleja interacción entre evolución biológica, desarrollo cerebral, lenguaje, cultura y organización social.

Aquella intuición inicial alcanzó su máxima madurez en El Método, una obra monumental compuesta por seis tomos: La naturaleza de la naturaleza (1977), La vida de la vida (1980), El conocimiento del conocimiento (1986), Las ideas (1991), La humanidad de la humanidad (2001) y Ética (2004). En estos volúmenes Morin emprende una tarea que pocos pensadores se habrían atrevido a intentar: reconstruir el conocimiento humano desde el paradigma de la complejidad.

«Aquella intuición inicial alcanzó su máxima madurez en El Método, una obra monumental compuesta por seis tomos...»
«Aquella intuición inicial alcanzó su máxima madurez en El Método, una obra monumental compuesta por seis tomos...»

Allí desarrolla conceptos fundamentales como la recursividad, la autoorganización, el principio hologramático y el dialógico, herramientas intelectuales destinadas a comprender fenómenos en los que el orden y el desorden, la estabilidad y el cambio, la autonomía y la dependencia coexisten simultáneamente y que la realidad es siempre más compleja que nuestras categorías ideológicas.

Educación

Su propuesta educativa surge de esta preocupación. En La cabeza bien puesta (1999), Morin critica los sistemas educativos basados en la acumulación fragmentaria de información y propone una educación capaz de contextualizar los saberes y establecer relaciones entre ellos. Posteriormente, en Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (1999), texto elaborado para la UNESCO, plantea algunos de los desafíos más importantes de la formación contemporánea: reconocer las cegueras del conocimiento, plantear los principios de un conocimiento pertinente, enseñar la condición humana, la identidad terrenal, afrontar la incertidumbre, promover la comprensión y desarrollar una ética para el género humano.

Quizás ninguna idea sintetice mejor su pensamiento que aquella frase que repitió innumerables veces: debemos aprender a “navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas”. No se trata de renunciar al conocimiento, sino de reconocer sus límites. Las certezas absolutas suelen convertirse en dogmas; los dogmas, en fanatismos; y los fanatismos, tarde o temprano, en formas de violencia.

Morin sabía de qué hablaba. No fue un intelectual de escritorio. Participó activamente en la Resistencia Francesa durante la ocupación nazi y conoció de primera mano las consecuencias devastadoras de las ideologías totalitarias. Fue expulsado del Partido Comunista Francés en 1952 por su rechazo al estalinismo, situación que comentaría en su obra Autocrítica (1959). Las experiencias de esos años marcarían profundamente toda su reflexión posterior. Su defensa de la democracia nunca fue ingenua. En obras como Introducción a una política del hombre (1965), Tierra Patria (1993), escrita junto a Anne-Brigitte Kern, y La vía: para el futuro de la humanidad (2011), sostuvo que la democracia es un sistema imperfecto, pero el único capaz de preservar la diversidad humana frente a las tentaciones uniformadoras del poder.

(Continuará…)

Prof. Cristian Andino
Prof. Cristian Andino

*Cristian Andino es profesor de Filosofía y Educación Ética y Ciudadana por el ISEHF (Universidad Jesuita del Paraguay), licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Asunción, magister en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Asunción, doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Desarrollo Sustentable, vicerrector de Investigación, Extensión y Posgrado de la Universidad La Paz (Ciudad del Este), investigador del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF) y docente universitario. Ha publicado Logos Guaraní. Apuntes para un pensamiento ético-político paraguayo (Ceaduc, 2019).