Nuestros padres conocieron el fútbol jugándolo en las calles de sus barrios, en las canchas improvisadas en los baldíos y eriazos de sus vecindarios. Calles, callejones, pasajes casi sin tráfico vehicular, sin autos que interrumpieran las largas jornadas de juego, como muestra el capítulo «último gol gana» de la película Historias de Fútbol (Andrés Wood, 1997). Conocieron el fútbol como juego, un juego de imaginación y puesta en escena, con arcos de dimensiones convenidas en el momento, con alineaciones fantásticas y clubes o selecciones autodesignadas o ganadas a suerte o a habilidad antes de iniciar un partido sin tiempos o con el tiempo limitado por la llamada materna para volver a casa. Lo importante del aprendizaje del fútbol estaba en que era un juego. Un juego en el jugabas con tus vecinos y amigos. Quien demostraba interés o habilidad iba a «probarse» en las infantiles del club profesional más cercano al barrio.
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Esa imagen vivida no era desmentida por el fútbol profesional que conocieron nuestros padres y nuestras madres: el jugador profesional no difería mucho de cualquier obrero de fábrica en cuanto a su contextura, era alguien que podías ver de mañana colgando de la micro o el pesero para llegar al trabajo.

Muerta la industria a manos del sector servicios, muertas las calles como patio comunitario de juegos por el incremento gigantesco del automóvil, ocupados los baldíos y eriazos por edificaciones apremiadas por la exigencia de la vivienda y lo inmobiliario como inversión, la niñez se acerca hoy al fútbol de las maneras que son posibles y permitidas en este momento. Nuestras infancias juegan al fútbol en los recreos en los colegios, con suerte en las canchas multiuso de plazas y parques municipales, o lo aprenden ya no como juego sino como técnica en academias de fútbol. Las madres, y los padres, ya no ven tampoco el fútbol como un juego que juegan sus hijos e hijas, sino como una inversión de seguro en esta sociedad del espectáculo tercerizado que nos toca vivir.
El fútbol de la sociedad del espectáculo y los servicios
Bajo la etiqueta de postfútbol algunos comentaristas profesionales de este deporte se refieren al momento actual de la versión también profesional del juego. Con eso dan a entender que ellos conocieron y vivieron el fútbol sin prefijos. Pero no existe tal cosa, el fútbol actualmente existente correlata el contexto tal cual lo hacía el fútbol de nuestras madres. Ni más ni menos. Vivimos el fútbol del postobrerismo pero eso es más fuerte y trágico de decir que «postfútbol».
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Nuestros capitalistas, en su afán de acabar con las organizaciones obreras, acabaron con las fábricas, cuna y matriz del fútbol profesional que hizo de este deporte la entretención planetaria. Nacido como un deporte de élite (ese remanente queda en el nombre de «clubes» que llevan las empresas futbolísticas todavía), su popularización dio paso a la profesionalización mediante la conversión de obreros de fábrica en jugadores pagados de fútbol. La estrategia empresarial de acabar con las fábricas para acabar con el movimiento obrero (conservando las fábricas solo en régimen de maquila, es decir en territorios sin derechos ni impuestos) implicó convertir el fútbol en una profesionalidad desobrerizada representada en una corporalidad del jugador que ya no es equivalente a la del obrero y vecino que vieron nuestros padres. No hay postfútbol, hay postobrerismo, y los cuerpos atléticos de contextura musculada exhibidos en las canchas profesionales de fútbol lo certifican.

En esta sociedad del espectáculo y los servicios que vivimos (actualizando a Debord), la corporalidad futbolística es el espectáculo a imitar, obligando a los espectadores a volcarse al gimnasio de la esquina, a las máquinas de ejercicio municipales en plazas y parques. El fútbol es cada vez menos juego y cada vez más profesión. Los servicios que marcan nuestra economía se han «espectacularizado», convirtiéndonos en espectadores y protagonistas al mismo tiempo; como muestran apps como TikTok y las redes sociales ya clásicas que se han ido tiktokeando mediante reels, stories y selfis (1), imitamos y en la imitación podemos aspirar a la viralización. El fútbol, industria del espectáculo y del servicio también, alimenta este circuito con su rutina de competencias y calendarios para hacernos pasar el aburrimiento que es una vida en la que el trabajo va desapareciendo.
El fútbol no es una resistencia, pero
Lo comunitario permitía que el futbol fuese juego en tanto había confianza y apoyo mutuo entre las madres principalmente, que implicaba la apropiación territorial de calles, callejones, pasajes, baldíos y eriazos como sitios de juego y canchas inventadas de fútbol. Una niñez protegida por la comunidad (de madres, especialmente) podía jugar en espacios no privatizados por el auto y el negocio inmobiliario.
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Hoy, esos espacios comunitarios maternos surgen en las escuelas y los colegios, en los bordes de las academias de fútbol o cualquier otro deporte o arte pagadas, como una resistencia del apoyo mutuo ante la ofensiva de la idea de que todo es privatizable, incluyendo la utopía, la imaginación y el juego.

El fútbol de hoy es el correspondiente a una élite privatista que construye su utopía de una sociedad sin trabajadores ni sindicatos, con vacaciones en la Luna o en Marte, con robots que produzcan todo sin reclamos salariales y con inteligencias artificiales que hayan saqueado para ellos todo el conocimiento del mundo, que es contrastada por una experiencia social de lo comunitario que surge no solo en cada emergencia que nos lleva al apoyo y ayuda mutua para la sobrevivencia sino sobre todo en cada niñez que juega al fútbol como juego.
Como diría Sebastián Kohan en Cóctel Pambolero (Mundialero, en estos días), capaz que quienes mejor jueguen el fútbol ahora sean quienes pueden encarnar la síntesis de habilidad e imaginación de la época comunitaria-obrera de conocer el deporte con el atletismo muscular y contextura corporal del momento de sociedad del espectáculo y los servicios que nos toca. Capaz que esas encarnaciones son ante todo migrantes o descendientes de migrantes que, en los mundiales, visten la camiseta del país de acogida o de un país en el que no viven pero que es la herencia amorosa de sus madres.
El fútbol es un hecho cultural y comunicacional que instala en nuestras conversaciones (¡nuestras conversaciones mundiales!) algo que conocemos porque lo vivimos incluso si lo odiamos; por ello, es al mismo tiempo un fenómeno de la globalización y un fenómeno comunitario, pese a quien le pese.
Notas
(1) Santa Selfi del autorretrato popular
*Pelao Carvallo es antimilitarista y luchador libertario por los derechos humanos. Integra la Red Antimilitarista de América Latina y el Caribe (Ramalc) y la Internacional de Resistentes a la Guerra / War Resister’s International (IRG/WRI). Comunicador, poeta y escritor.

