Las Trece Colonias de Norteamérica fueron consideradas una extensión territorial imperfecta de la Madre Patria, Gran Bretaña. Los colonos se consideraban dueños de derechos ciudadanos y de una cierta libertad individual. Habían combatido por Gran Bretaña en los conflictos armados del siglo XVIII, contra los franceses.
En 1773, el Parlamento Británico gravó con impuestos el lucrativo comercio del té. Los colonos, afirmando que no podían existir impuestos sin representación, exigieron ser parte del Parlamento en ultramar. En diciembre, colonos disfrazados de indios arrojaron la carga de té de tres buques británicos al mar en el Puerto de Boston, Massachusetts (Boston Tea Party).
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La represión no se hizo esperar. Con el creciente enfrentamiento, los representantes de las Trece Colonias acordaron firmar una declaración de independencia. Le asignaron la tarea de redactar el borrador para ulterior discusión a Thomas Jefferson, de 27 años, de la ciudad de Williamsburg, donde había estudiado en el prestigioso William and Mary College. El joven Jefferson redactó un manifiesto cuyos primeros párrafos sorprendieron gratamente a los delegados, entre ellos al sabio Benjamin Franklin, de Filadelfia, Pensilvania, y a John Adams, distinguido egresado de Harvard College.

Escribió Jefferson: «Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación».
Jefferson revela su condición de ilustrado al referirse a las leyes naturales que hacen a todas las naciones dignas de respeto, y su condición de deísta cuando se refiere al Dios de la naturaleza, a la que dotó de leyes propias para su devenir.
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Como buen político, sabía que toda acción novedosa exige explicaciones y justificaciones.
«Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad».

Este párrafo constituyó la gran contribución de Jefferson al pensamiento universal, al referirse a la igualdad de todos los seres humanos como idea básica.
Las trece colonias no eran homogéneas: Virginia, las dos Carolinas, del Norte y del Sur, y Georgia fueron fundadas directamente por la Corona Inglesa. Las otras fueron resultado de expediciones privadas de colonos, en su mayoría protestantes, como los pilgrims de Boston, puritanos que, perseguidos en Gran Bretaña, abordaron el velero Mayflower, que los llevó a la agreste costa del Atlántico Norte, donde hubieran perecido de inanición de no ser por la ayuda de unos indígenas, como se conmemora anualmente el Día de Acción de Gracias, «Thanksgiving». En Pensilvania había muchos cuáqueros de origen holandés y alemán. Maryland fue colonizada por el Duque de Baltimore, quien, perseguido por profesar la fe católica, vino al continente americano en busca de libertad religiosa y nominó a su provincia como la tierra de la Virgen María, Maryland. Nueva York originalmente fue una colonia de holandeses que habían adquirido la Isla de Manhattan de los naturales del lugar. Con el tiempo se fueron anglificando al punto de cambiar su nombre de Nueva Ámsterdam a Nueva York.
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La característica principal de las colonias sureñas era la feracidad de sus tierras, que las convirtió en florecientes colonias agrícolas; para el trabajo manual fueron importando esclavos africanos hasta contar con un número superior al de los colonos, lo cual obligaba a un trato muy estricto y represivo para evitar fugas. La gran contradicción de la declaración de Jefferson fue que ese 4 de julio de 1776, mientras se proclamaba la igualdad de todos los seres humanos, seres humanos de origen africano eran considerados propiedad de otros.
El proceso de independencia enfrentó a británicos (redcouts) y americanos (bluecouts) en una guerra sin cuartel. Debido a enemistades regionales europeas, el reino de Francia apoyó militarmente las revueltas norteamericanas para debilitar a su rival inglés. La monarquía española también colaboro militarmente con los sublevados, y muchos destacados combatientes de la guerra de la independencia fueron de origen prusiano o polaco.

Para 1783, los colonos triunfaron y convocaron una convención constituyente que erigió como sistema de gobierno la novedosa forma republicana, propiciada por la casi contemporánea Revolución Francesa. El comandante de la guerra independentista George Washington fue electo presidente de la República por dos periodos, sucedido por otro destacado prócer, John Adams, el propio Jefferson y James Madison, entre otros.
La esclavitud tuvo que esperar una guerra civil entre 1862-1865 para que, cuando triunfaron las fuerzas norteñas antiesclavistas, su abolición fuera decretada por el presidente Abraham Lincoln, quien curiosamente fue asesinado en el Teatro Ford el Viernes Santo de 1865, solo dos semanas después de la rendición de las fuerzas sureñas, comandadas por Robert E. Lee.
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Una reacción conservadora en el sur pronto restó derechos a los ciudadanos de origen africano con las «leyes Jim Crow», que propugnaban la más estricta segregación racial, en restaurantes, bebederos, baños, colegios, ómnibus y hasta cementerios. Tomó casi un siglo llegar a la decisión de la Corte Suprema conocida como «Brown versus Board Of Education», que puso fin a la discriminación educacional. En esa lucha larga y cruenta, el gran líder emancipador fue el pastor protestante Martin Luther King, asesinado en la sureña ciudad de Memphis, Tennessee, poco después de ganar el Nobel de la Paz.
La lucha por la igualdad pareció haber concluido cuando Barack Obama llegó al poder en 2008, ya en el siglo XXI, aunque aparentemente su elección incentivó la reacción conservadora que llevó al poder a Donald Trump, que pronto comenzó a eliminar toda la legislación que favorecía la diversidad. Y así, precisamente en este momento histórico, a dos siglos y medio de aquella declaración original, las fuerzas opuestas a las ideas de Thomas Jefferson vuelven a tener arrastre popular.
En esta breve reflexión hemos examinado los orígenes de una sociedad que fue capaz de atraer oleadas de inmigrantes que la ayudaron a crecer, industrializarse y convertirse en una potencia hegemónica mundial sin paralelo.
*Beatriz González de Bosio es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción y licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Asunción, miembro del Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad Católica (Ceaduc), vicepresidenta de la Academia Paraguaya de Historia y presidenta del Centro Unesco Asunción. Ha publicado Periodismo escrito paraguayo, 1845-2001: de la afición a la profesión (2001) y El Paraguay durante los Gobiernos de Francia y los López (en coautoría con Nidia Areces, 2010), entre otros libros.

