El teatro volvió a tomarse el tiempo para entregar lo exquisito.
Eso sentí viendo Orquídeas para un hombre solo, escrita y dirigida por Agustín Núñez. Una obra que habla de las relaciones humanas sin apurarlas, con un texto cuidado y poético, atento a nuestras contradicciones, a las elecciones que hacemos y a esa necesidad tan humana de necesitar a alguien. También habla de aceptación: de aprender a convivir con las fallas y fortalezas propias y ajenas.
La obra deja una idea sencilla y enorme: el vacío no es lo mismo que el espacio. Un espacio puede estar habitado por una mesa, una planta, una guitarra, una canción, una conversación que quedó a medias, dos cuerpos que se buscan o se esquivan. El vacío, en cambio, puede aparecer incluso cuando estamos acompañados.
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Y la puesta sabe trabajar con eso. No le teme a las pausas ni siente la obligación de llenar cada segundo. Dura lo que tiene que durar. Hay tiempo para escuchar las palabras y para mirar los cuerpos cuando las palabras ya no alcanzan. El espectador contempla y, casi sin darse cuenta, empieza a respirar al ritmo de los personajes.

Joaquín Díaz Sacco y David Vázquez construyen desde energías diferentes una hermosa complicidad escénica. Díaz Sacco, como Homero, tiene la calma y la experiencia de quien conoce algunas respuestas. Vázquez compone a Manuel desde otro perfil: más explosivo, inquieto, conflictuado, todavía deseoso de probar el mundo. Uno sabe esperar; el otro necesita experimentar. En esa diferencia se encuentran, se enfrentan, se escuchan y sostienen una convivencia llena de matices.
Visualmente, la obra nos lleva por distintos rincones de una casa. Hay alturas, profundidades, luces que cambian la temperatura de las situaciones y una música que acompaña sin interponerse. Por momentos uno siente que está allí, sentado en algún rincón, compartiendo la intimidad de esas dos vidas. Todo tiene una medida delicada, incluso el silencio.
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Para mí hubo además una emoción personal. Agustín Núñez fue mi maestro en la EMAD y sigue dejándome aprendizajes inolvidables. Al verlo, me es imposible no pensar en cómo sus palabras se convirtieron, con los años, en ejemplo. Y me vuelve una frase suya que todavía me resuena, dicha allá por el año 2002: «Todo lo que pasa por el corazón es válido». Más de veinte años después, viendo esta obra, siento que ese fue el camino. Que aquello que alguna vez escuché en un aula hoy puedo reconocerlo sobre el escenario, hecho teatro.

Orquídeas para un hombre solo habla finalmente de convivencia y tolerancia. De cuánto podemos flexibilizarnos para encontrarnos con el otro sin dejar de reconocernos a nosotros mismos. Nos obliga a pensar cuánto somos capaces de aceptar y cuánto esperamos que los demás acepten de nosotros.
No es, para mí, una historia de amor. Es una historia de vida. De dos seres humanos intentando convivir con lo que son, con lo que desean y con aquello que todavía están aprendiendo a dar. Es para mí una relación que dura lo que tiene que durar y aún así, se permite permanecer en lo hermoso.
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Y qué gusto da encontrarse con un teatro que todavía se toma el tiempo de mirar así a los seres humanos. Un teatro que permite quedarse un rato más, incluso después de que termina la función. Quizás por eso salí con ganas de volver.
Y se puede volver. Orquídeas para un hombre solo se presenta en una última función en Espacio E (Estrella 977 casi Colón, Asunción) hoy, domingo 30 de agosto, a las 20:00 horas.

Ficha técnica
Dirección general y dramaturgia: Agustín Núñez
Actúan: Joaquín Díaz Sacco y David Vázquez
Asistencia de dirección: Ana Ayala
Producción general: Roberto Cardozo
Mundo sonoro, fotografía y audiovisual: Anna Wickzén
Asesoría dramática: Mafe Mieres, Diego Mongelós y Roberto Cardozo
Visualización escénica y vestuario: Agustín Núñez y Ana Ayala
Asesoría coreográfica: Edith Correa
Coreografía de tango: José Luis Fernández Sacco
Entrenamiento y asesoría en lucha libre: Ale Alderete
Comunicación, prensa y difusión: Manu Portillo (El Ropero News) y Anna Wickzén
Intervención artística a paneles: José Portillo
Montaje escenográfico: Víctor Leiva, Ale Alderete, Roberto Cardozo y Kiara Nicora
Asistencia en producción: Kiara Nicora
Iluminación: Martín Pizzichini
Asistencia de escena: Marta Villamayor
Desgrabación y asesoría gramatical: Karen Pürzel
Recepción: Alba Núñez
*Natalia Benítez (Asunción, 1980) es dramaturga, actriz, productora y comunicadora. Se formó en la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD / IMA) Roque Centurión Miranda y ha escrito obras de teatro como La abuela Sofía, dirigida por Ever Enciso, Ninguna, dirigida por Roberto Cardozo, y 3 a la tarde, dirigida por Viviana Amaral Wisner, entre otras.

