Para Arandurã, presentar hoy la tercera edición de Abulio el inútil es volver la mirada atrás y reconocer algo que quizá entonces no alcanzábamos a dimensionar del todo: la extraordinaria madurez literaria de una autora joven que se atrevió a escribir una obra singular.
Cuando Abulio el inútil apareció por primera vez, en 2005, la literatura paraguaya transitaba, como toda literatura, sus propios caminos, sus códigos y sus formas de decir. Y en ese contexto Irina Ráfols irrumpió con una voz diferente, irreverente, desbordante, llena de humor y de una imaginación que no parecía pedir permiso para romper moldes.
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Era un tono distinto al que estábamos acostumbrados a leer, y quizás también a escribir. Una literatura que se permitía jugar, provocar, desconcertar y hacer reír. Pero detrás de esa aparente ligereza había una enorme inteligencia literaria: la capacidad de construir un universo propio y de utilizar el humor no solamente como entretenimiento, sino como una manera de mirar el mundo, de interrogarlo y hasta de sobrevivirlo.
Por eso resulta especialmente significativo que, veintiún años después, Abulio el inútil llegue a una tercera edición. Porque hay libros que pertenecen a un momento y libros que consiguen atravesarlo. Este es, evidentemente, uno de ellos.

Eric Courthès lo expresa de una manera magnífica cuando habla de la obra como un verdadero «placer del texto» e incluso como un «goce del texto», en el sentido de Roland Barthes, y se atreve a establecer una comparación enorme: la del Quijote. No es poca cosa decir que una novela consigue arrancarnos la risa una y otra vez a través de las peregrinas ocurrencias de su protagonista y, al mismo tiempo, dejarnos pensando en nuestras propias contradicciones, en nuestras pequeñas tragedias y en ese absurdo cotidiano que tantas veces nos rodea.
Courthès también llama a este libro un «imprescindible elixir de humor y amor contra la crisis». Y quizás esa definición resulte todavía más pertinente hoy que cuando fue escrita. En tiempos convulsos, caóticos, incluso apocalípticos por momentos, recuperar la capacidad de reír, de jugar con las palabras y de mirar nuestras certezas con cierta distancia puede ser una forma de resistencia.
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Lo extraordinario es que Irina Ráfols ya había encontrado esa clave hace veintiún años, cuando tuvo la audacia —y, sobre todo, la madurez literaria— de escribir una obra que se apartaba de los caminos previsibles y que proponía otra manera de hacer literatura en Paraguay.
Hoy, con la perspectiva que solamente puede dar el tiempo, podemos mirar aquella primera edición con otros ojos. Y reconocer que aquella voz no era solamente distinta: era una voz que ya tenía algo muy difícil de conseguir, una identidad literaria propia.

Abulio el inútil vuelve ahora en su tercera edición. Y quizá lo más hermoso de este regreso sea comprobar que Abulio sigue buscando la libertad para escapar de lo establecido, para cuestionar las certezas y para imaginar otra forma de estar en el mundo. Quizás por eso su aparente inutilidad sea, en realidad, una forma de rebeldía, atribuible también a su autora.
Veintiún años después, el libro no necesita que expliquemos por qué merece volver. El tiempo ya se encargó de hacerlo.
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Celebremos, entonces, esta tercera edición como lo que es: el regreso de una obra que se atrevió a ser diferente cuando ser diferente todavía requería mucho coraje. Y celebremos también a Irina Ráfols, aquella autora joven que hace veintiún años tuvo la madurez, la imaginación y la irreverencia necesarias para crear a Abulio.
Porque algunas obras envejecen. Y otras, como esta, simplemente esperan que el tiempo termine de reconocerlas.

*Cecilia Rivarola es diseñadora, editora y cofundadora de Arandurã Editorial, sello que dirige con su esposo, el editor Cayetano Quattrocchi, desde su creación en 1991 y que recientemente se ha expandido con la apertura de su propia librería y espacio cultural.
