«La situación de la ciencia y el arte se ha vuelto intolerable», proclamaban en 1938 un surrealista francés, un pintor mexicano y un revolucionario ruso. Se encontraban en México –André Breton porque tenía una beca, León Trotski porque estaba exiliado y Diego Rivera porque había nacido en Guanajuato– y se les ocurrió escribir el manifiesto Por un arte revolucionario independiente. «En el periodo actual, caracterizado por la agonía del capitalismo –se lee ahí–, tanto democrático como fascista, el artista, aunque no tenga necesidad de dar a su disidencia social una forma manifiesta, se ve amenazado con la privación del derecho de vivirla y continuar su obra, a causa del acceso imposible de esta a los medios de difusión». Es un recuerdo curioso que me viene hoy a la mente por una de las noticias del día. Por el título de esta columna, seguramente el hipócrita lector –«mon semblable, mon frère!»– ya se imagina cuál.
Lea más: Béla Tarr, Maestro del Tiempo
Vamos a esas noticias. Pero antes unas líneas para refrescar la memoria: en septiembre de 2025 la Comisión Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, creada por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, publicó un informe cuya conclusión fue que el Estado de Israel comete genocidio en Gaza. Concretamente, comete cuatro de los cinco actos genocidas definidos en el artículo II de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 con la intención específica (dolus specialis) de destruir, totalmente o en parte, a los palestinos «como tales». De tal intención, sigue el informe, existe evidencia tanto circunstancial (patrón de conducta de las fuerzas israelíes) como directa (declaraciones explícitas de líderes políticos y militares israelíes). «Existe la intención de destruir a los palestinos de Gaza con actos que cumplen los criterios establecidos en la Convención sobre el Genocidio», declaró la presidenta de la comisión.

Esa presidenta es la jurista surafricana Navanethem («Navi») Pillay. Por eso, pese a lo arbitrarios que son los premios, el anuncio de que el Nobel de la Paz 2026 le fue otorgado produjo, contra lo habitual, la impresión aún incrédula de un «por fin» con signos de interrogación pisándole los talones, la sensación extraña de que quizá, después de tantas décadas, una verdad prohibida esté empezando a abrirse paso a contramano de las amnesias inducidas y los relatos oficiales, de las alianzas estratégicas y los silencios cómplices, de los fundados miedos y los demasiado reales monstruos del poder global y local.
Lea más: Gaspi: del lado del que humilla
No pretendo –sabiéndome ignorante en esa materia sustanciosa que intelectos más sofisticados que el mío designan con el elegante nombre de geopolítica– que esta columna de opinión sea otra cosa que lo que es. Por ahora, no iré más lejos. Por ahora. Pero aun en el caso –probable– de que esta verdad prohibida que el Nobel a Pillay tácitamente reconoce no se esté abriendo paso por su valor intrínseco sino por motivos que desconozco, tal reconocimiento es un signo. Pillay recibió el premio «por sus esfuerzos para promover el derecho internacional» en un momento en que el sueño kantiano de la paz perpetua parece más iluso, y las normas, más vanas que nunca frente a la fuerza.

Días después, dos noticias confirmaron el acierto de la decisión del Comité Noruego del Nobel con terrible contundencia. Las imágenes captadas por el periodista Ali al-Jaafrawi de una pequeña en medio de las llamas de su hogar incendiado por un bombardeo israelí, gritando mientras veía a su madre morir quemada. La tragedia de Maryam Ghanem, niña palestina de tres años, del barrio de al-Rimal, en la ciudad de Gaza. Esa fue la primera noticia.
Lea más: Lo que aprendí de Habermas
La segunda es de otro orden: la censura de hecho –porque la censura a veces es indirecta y opera mediante leyes antiterroristas aplicadas de forma selectiva o presiones laborales o cualquier otro de los mil recursos al alcance de quienes tienen la sartén por el mango para volver prácticamente imposible disentir– de la escritora irlandesa Sally Rooney, que anunció que sus libros dejarían de venderse en el Reino Unido para evitar represalias legales por su apoyo a Palestine Action, grupo catalogado por el gobierno británico como terrorista. Debido a su respaldo a esta organización, la publicación de su obra podría constituir un delito penal. «La situación de la ciencia y el arte se ha vuelto intolerable», nos gritan Rivera, Bretón y Trotski desde el México de 1938. ¡Censura! Es censura. Vamos, amigos poetas, artistas, escritores. Denuncien, juéguense, pateen el tablero.
La primera noticia expone la realidad que la comisión investigó y denunció; la segunda, el precio de oponerse a ella; ambas, cómo ha sido controlado por tanto tiempo el lenguaje –«autodefensa», «derecho a existir», «lucha contra el terrorismo», «guerra contra Hamas», «daños colaterales», «complejidad», «antisemitismo»…– para tapar el fuego que incendia los hogares y los cuerpos y dejar a los niños gritando fuera de campo.
Lea más: Olvidar el futuro
Aunque no nos importe el Nobel de la Paz, o, más bien, justamente por eso, es decir, por lo que ese Nobel representa, acusar al Estado de Israel de cometer genocidio contra los palestinos ya no es, desde ahora, un «delirio» de «zurdos». Y aunque tampoco nos importe la respetabilidad, esta sí les importa a otros, que también merecen saber la verdad. Si el hecho de que a esa verdad la respalde una comisión de la ONU presidida por una figura a la que el propio establishment del derecho internacional acaba de coronar con el Nobel les permite acercarse a ella, lo considero un avance. La concesión del Nobel a Navi Pillay legitima esa verdad excluida del lenguaje que días después –con una niña quemada y una escritora censurada– irrumpió en los cables de prensa. Reconocemos un punto en el cual nadie puede dejar de decir «no» con la certeza confusa pero absoluta de lo justo, un límite que vuelve inevitable la rebeldía. Negación paradójica de un «no» con el que afirmamos que hay algo por lo cual vale la pena perderlo todo, que en nuestro interior un recto instinto nos impulsa a defenderlo a cualquier precio y, por ende, que guardamos también algo de parejo valor en nosotros mismos.
Lea más: Darío Fo: licencia de loco
La tragedia palestina no comenzó hace tres años pero desde hace tres años es inocultable por un efecto colateral del desarrollo tecnológico. Pueden matar a todos los periodistas –el ejército de Israel ya ha asesinado a cientos– pero llevamos tres años escroleando todos los días un genocidio en tiempo real. Para explicar la tragedia palestina antes debíamos exponer la historia de Medio Oriente: hic et nunc, solo el que no quiere ver no ve. En la tierra, se calcula, viven unos ocho mil trescientos millones de personas, ocho mil trescientos millones que señalamos como culpables a quienes toman las decisiones callando el hecho de que solo tienen el poder que les otorgamos y solo pueden hacer el daño que les permitimos. Yo puedo denunciar esto, yo, que no soy nadie, y pueden silenciarme, dejarme sin trabajo, incluso matarme sin que mi destino llegue siquiera a ser noticia, pero ¿qué ejército podría detener a ocho mil trescientos millones? No podrían matarnos nunca a todos. Hipócrita lector, mi prójimo, mi hermano, olvida la cautela que te han hecho creer que es sensatez. No lo es. La vida la perderemos de todos modos. Permítete la valentía, el arrojo, la locura. Ponte a la altura de lo que eres. Ten la fuerza de desear algo más grande que el miedo. Desobedece. Di «no».

*Montserrat Álvarez (Zaragoza, España, 1969) estudió Filosofía en la Universidad de Zaragoza, la Universidad Católica (Perú) y el Instituto de Estudios Humanísticos y Filosóficos (Paraguay). Dirige El Suplemento Cultural y también escribe en él. El artista Armando Andrade Tudela le dedicó recientemente la exposición MONTSERRAT en Carreras Mugica, la mayor galería de arte del País Vasco, España. Ha publicado, entre otros libros, Zona Dark (Lima, 1991), Bala perdida (México, 2007), Pánzer Plástic (Lima, 2008) y Nómade (Buenos Aires, 2023).

