«El espectador recibe de Gaspi la fantasía digital de estar del lado del que humilla».
Ustedes son muy jóvenes, pero los ancianos todavía recordamos que hace exactamente diez años, en 2016, el youtuber español Mr. GranBomba terminó querellado por un repartidor al que abordó en la calle y ofendió a tal punto que el trabajador, harto, le pegó un bofetón; y no solo eso, sino que además, al saber que el mal rato era «humor» y que estaban grabando un video, lo llevó a los tribunales por insultarle, utilizar su imagen sin su consentimiento y menoscabar su honor, hechos por los cuales Mr. GranBomba tuvo que pagarle una indemnización de 20.000 euros.
Furioso o contrito, vaya una a saber, el influencer abandonó las redes sociales por un tiempo para volver con nuevo físico, y hoy, convertido en tiktoker y habiendo dejado atrás su «personaje», habla de calistenia con su nombre real, Sergio Soler, para sus millones de seguidores.
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¿Les suena esta historia? Porque es muy parecida a la de Gaspi, con la diferencia de que la metamorfosis de oruga (o «personaje», sea Gaspi o Mr. GranBomba) en mariposa (o «persona», sea Sergio Soler o Gaspar Prim Díaz) fue interrumpida por el accidente aéreo en que el youtuber argentino falleció trágicamente esta semana a los 23 años de edad.
Se dice que estamos «infantilizados», que es la nuestra una cultura infantil, pero, por la pérdida de memoria a corto plazo, yo diría más bien que es una cultura senil: streamers, periodistas, influencers hablan en estos días de lo «creativo» e «innovador» que era ese eslabón de un linaje –llamémoslo así– cuyos «próceres» no se remontan a 2016 sino a los años 90 –y fuera del gueto televisivo porteño, en el circo estadounidense, aún más atrás– conocido como Gaspi, verdadero clon tan predecible que solo un amnésico lo puede contemplar sin sentir un déjà vu.
Internet es un espacio sembrado de restos y ruinas –abandonados sitios, muertas páginas, cuentas deshabitadas de redes sociales–, un éter fantasmagórico surcado por imágenes en movimiento y voces que ya no existen fuera de ese gran cibermuseo de momentos detenidos para siempre en un tiempo congelado. La sobrevida póstuma del zombi audiovisual es tan antigua como los registros discográficos, fotográficos, cinematográficos que permiten escuchar y ver a los muertos, pero a medida que pasa el tiempo y el archivo de usuarios fallecidos crece, Internet se convierte en el imperio por excelencia de esas formas sucedáneas de la presencia de los ausentes que llamamos fantasmas.

Y a los fantasmas de Internet se suma ahora este. A veces es una voz. Clavando las palas en el barro, los obreros la escuchan: «Ay, qué laburo de mierda, / se quieren matar, / no les pagan un mango / y están todo el día acá, / y yo con la guitarrita / llenándome de guita / filmándolos a ustedes…». Contorsionándose, la discapacitada cojea bajo sus burlas: «Con esta me cancelan, con esta me cancelan…». La anciana mira a la cámara tristemente mientras la oye cantarle: «Yo soy joven y usted no, / a usted le queda poca vida y a mí no…».
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Es la voz de Gaspi. Otras veces aparece su cuerpo –no cualquier cuerpo: uno joven, alto, atlético, todo cabello rubio y ojos claros–, micrófono en mano, recorriendo ese manicomio a cielo abierto que es Buenos Aires mientras alguien lo filma abordando a la gente –no cualquier gente: pobres, feos, gordos, sucios, oscuros, desdentados, viejos–. Alguien pide «una monedita». «¡Pará, pará! ¿Querés una monedita?», grita la voz. «¿Querés una monedita?». «Sí, sí», se ilusiona ese alguien. «¿Vos sabés leer?», le pregunta Gaspi mientras lo arrastra hasta un escaparate. «Sí», responde el otro, dócil, y Gaspi le señala un cartel pegado en el vidrio y se lo lee, triunfal: «“SE NECESITA MOZO”. Acá tenés la monedita, pelotudo».
En estas escenas (hay muchas más, a un clic de distancia) no hay «humor» sensu stricto –no hay ingenio, no hay witz–, pero hacen reír a carcajadas a los millones de seguidores de Gaspi. ¿Por qué se ríen, de qué se ríen, qué enigmático placer expresa su risa, qué es lo que realmente están disfrutando?

Cuando Gaspi solo es voz, sus seguidores lo ven todo desde arriba, desde su metro noventa de estatura, con sus celestes ojos, a través de su cámara. Ven lo que está viendo y filmando Gaspi: en los ejemplos del comienzo, ven a la anciana, a la discapacitada, a los obreros. Cuando aparece Gaspi de cuerpo entero, es el gesto de reírse lo que sitúa a los seguidores de Gaspi por encima de la gente que Gaspi aborda. A veces la edición explicita esta fantasía. Por ejemplo, cuando Gaspi se acerca a un negro, le dice que va a escuchar a la cantante María Becerra, le da los auriculares y en la parte inferior de la pantalla vemos un baile africano, o cuando se los da a un anciano, le anuncia a María Becerra y oímos que le hace escuchar gemidos de película porno. Lo que el negro y el viejo no pueden ver ni oír son guiños para los seguidores de Gaspi que excluyen a los blancos de las burlas de Gaspi; riéndose con él, los primeros creen confirmar su superioridad respecto de los segundos. Lo que los seguidores de Gaspi obtienen de Gaspi es, en otras palabras, el estatus de cómplices, es decir, la ilusión de no estar del lado de sus víctimas (1).
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El 14 de junio a las 8:59 dos helicópteros chocaron en el aire y cayeron en el barrio Recreio dos Bandeirantes de Río de Janeiro. No hubo sobrevivientes. Con el músico estadounidense Oliver Tree, el productor musical brasileño Lucas Brito, el audiovisualista argentino Lucas Vignale y los pilotos Alexandre Souza y Charles Marsillac, murió el youtuber argentino Gaspar Prim Díaz. La tragedia precipitó una metamorfosis que se hubiera cumplido igualmente sin ella –de hecho, estaba en marcha: la persona (el «buen pibe», el «tipazo», etcétera) había anunciado que dejaría atrás al «personaje»–, porque, lejos de ser «disruptor», Gaspi era reaccionario: reproducía una ideología, actualmente en auge a nivel global, que necesita naturalizar la crueldad de sus rancias jerarquías legitimando los privilegios que él –incluso, o ante todo, físicamente– encarnaba.
Notas
(1) O, como dijo esta semana mi amigo Rodrigo Cañete en uno de sus brillantes y maratónicos streamings, «el espectador recibe de Gaspi la fantasía digital de estar del lado del que humilla»: https://www.youtube.com/watch?v=FA4SqluawKo
*Montserrat Álvarez (Zaragoza, España, 1969) estudió Filosofía en la Universidad de Zaragoza, la Universidad Católica (Perú) y el Instituto de Estudios Humanísticos y Filosóficos (Paraguay). Dirige El Suplemento Cultural y también escribe en él. El artista Armando Andrade Tudela le dedicó recientemente la exposición MONTSERRAT en Carreras Mugica, la mayor galería de arte del País Vasco, España. Ha publicado, entre otros libros, Zona Dark (Lima, 1991), Bala perdida (México, 2007) y Nómade (Buenos Aires, 2023).

