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¿Qué esperar de un cuarto mandato de Lula?

La victoria de Lula en las portadas de los periódicos en Brasil.
La victoria de Lula en las portadas de los periódicos en Brasil.145833+0000 MAURO PIMENTEL

«Lejos de la narrativa arrogante del llamado “progresismo”, la ventaja de Flávio en la primera vuelta no probó que el pueblo sea “burro”, ni mucho menos un “giro fascista” de 56 millones de personas; fue la expresión de una clase trabajadora pragmática que usó el voto para castigar a un gobierno que mentía», escribe Ronald León Núñez desde Sao Paulo, Brasil, en exclusiva para El Suplemento Cultural.

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Lula ganó las elecciones con una ventaja de 4,4 millones de votos sobre el ultraderechista Flávio Bolsonaro: remontada inédita en una segunda vuelta desde la redemocratización de Brasil. En total, sumó 10 millones de votos más respecto al primer embate, captando fundamentalmente a quienes se habían abstenido o votado en blanco y nulo, con claro protagonismo de la región Nordeste, histórico reducto electoral del PT.

Fue una victoria electoral incuestionable, a tal punto que la narrativa de un supuesto «golpe judicial» y la exigencia de «anulación del resultado» por parte del candidato derrotado no encontraron eco ni en las carpas del bolsonarismo ni en los gobiernos de derecha de la región (1). El propio partido de Flávio, el Partido Liberal (PL), lo ignoró y reconoció el resultado. La abultada diferencia deja cualquier discurso sobre «fraude» sin fundamento serio.

La fuga de Flávio, con ayuda de Milei y Marco Rubio, a Miami, donde se autoproclamó «líder de Brasil en el exilio», lo consagró definitivamente como meme. La derecha en conjunto sigue aturdida por la derrota y desmoralizada por el papelón de su candidato; no debe sorprender que ahora se replantee cuán útil le resulta continuar pegada a la familia Bolsonaro.

Las calles de Sao Paulo después de las elecciones
Las calles de Sao Paulo después de las elecciones

No se puede entender la remontada lulista sin analizar su derrota en la primera vuelta. El 4 de octubre, Lula recibió un «voto castigo» completamente justificado. El PT, contra lo que predica el «progresismo», nunca gobernó para la clase trabajadora ni pretendió «derrotar» a la ultraderecha o a un supuesto «fascismo». Es justo lo opuesto: agitar el fantasma del «fascismo» le resultó sumamente útil al reformismo socialliberal para garantizar el apoyo ciego de miles de demócratas y de la casi totalidad de quienes se identifican con la «izquierda».

El PT ya no es un partido «obrero» como en sus inicios. Nunca fue «socialista». Tampoco «reformista», porque jamás impulsó una reforma estructural seria; a lo sumo amplió programas compensatorios y asistencialistas de «redistribución de renta», necesarios según la propia doctrina neoliberal.

Es el partido que más tiempo ha gobernado desde 1989 y siempre lo hizo aliado a la derecha tradicional, privilegiando proteger y ampliar las ganancias del agronegocio y del mercado financiero. A pesar de su retórica «desarrollista» y «social», en la práctica siempre ejecutó el ajuste para pagar la deuda pública. Este pacto de conciliación de clases se encarnó en las vicepresidencias de José Alencar —del mismo PL del clan Bolsonaro—, Michel Temer (MDB) y Geraldo Alckmin (oriundo del PSDB, el partido de Fernando Henrique Cardoso). Por eso no es casual el apoyo que Lula recibió en distintos momentos de los arquitectos del neoliberalismo en Brasil, como Henrique Meirelles y los economistas del Plano Real (Armínio Fraga, Pedro Malan, Pérsio Arida y Edmar Bacha). En estas elecciones, además, Lula fue el favorito de TV Globo y de los principales medios tradicionales.

El presidente reelecto de Brasil celebra su cumpleaños el martes en el Palacio de la Alvorada, Brasilia, junto a su esposa Janja da Silva, el vicepresidente, Geraldo Alckmin, y su esposa, Lu Alckmin.
El presidente reelecto de Brasil celebra su cumpleaños el martes en el Palacio de la Alvorada, Brasilia, junto a su esposa Janja da Silva, el vicepresidente, Geraldo Alckmin, y su esposa, Lu Alckmin.

Todos los gobiernos del PT fueron burgueses y, por eso mismo, nunca pretendieron modificar las bases estructurales del capitalismo dependiente brasileño ni los males sociales que acarrea; exactamente el motor que mueve a la ultraderecha. Lula nunca cuestionó el modo de producción capitalista; a lo sumo entendió la ventaja electoral de incidir marginalmente en la distribución del ingreso.

En ese contexto, no puede sorprender que la vida de la clase trabajadora empeorara en los últimos cuatro años.

En 2022, Lula se impuso a Jair Bolsonaro prometiendo «asado y cervecita» y, sobre todo, defender la democracia y frenar a la ultraderecha. No cumplió ni lo uno ni lo otro: el bolsonarismo se recompuso a galope de la denuncia cínica del deterioro real de las condiciones de existencia de las masas trabajadoras: la vida está más cara, el empleo es precario, el endeudamiento de las familias supera el 80% —con un 30% en morosidad—, el transporte público es masacrante y los servicios básicos como la salud y la educación están profundamente deteriorados.

Es en ese caldo de pérdida de derechos y desesperación donde la ideología del «emprendedurismo», la «prosperidad» y el individualismo reaccionario —propagados por iglesias neopentecostales y el bolsonarismo— ganan espacio. No es casualidad que, incluso en la víspera de la remontada, el gobierno de Lula registrara un 49% de desaprobación popular.

En la primera vuelta, ese justo rechazo y escepticismo hacia el «frente amplio» liderado por el PT se tradujo tanto en el voto a Flávio como en un estado de apatía respecto a la campaña, lo que llevó a que millones no votaran o anularan su voto.

Sao Paulo después de las elecciones
Sao Paulo después de las elecciones

Lejos de la narrativa arrogante del llamado «progresismo», la ventaja de Flávio en la primera vuelta no probó que el pueblo sea «burro», ni mucho menos un «giro fascista» de 56 millones de personas; fue la expresión de una clase trabajadora pragmática que usó el voto para castigar a un gobierno que mentía y que, con razón, es percibido como «el sistema». Lula gobernó con lo peor de la derecha tradicional brasileña. Él mismo lo alardeó abiertamente: «[...] todos los partidos, con excepción del PL, participaron en mi gobierno. Todos participaron en los ministerios de mi gobierno. El PP participó, União Brasil participó, el PSD participó, el MDB participó...».

Así, sin una alternativa obrera y revolucionaria en el radar de las masas, ese voto castigo fue canalizado, lamentablemente, por la ultraderecha.

Las razones de la remontada

Contrariando a las encuestas, Flávio ganó la primera vuelta y eso activó a todo un sector que estuvo apático en el tramo inicial de la contienda electoral y que, entre sus críticas al PT y la amenaza del retorno de la familia Bolsonaro al poder, decidió, una vez más, que Lula era el «mal menor». En tres semanas, el temor al regreso del clan Bolsonaro a la presidencia pasó del 40% al 44%.

Ocurrió entonces un hecho decisivo: la juventud estudiantil entró en escena y, al comienzo de modo espontáneo, organizó manifestaciones callejeras en «defensa de la democracia». Esto despertó y contagió a aquellos que, hasta entonces, no habían participado en el proceso electoral: una fuerza antibolsonarista que, por su profunda decepción con el lulismo, permanecía «adormecida».

Comenzó así un movimiento amplio contra el bolsonarismo que, con una fuerza inédita, se expresó tanto en las calles como en las redes sociales. El diputado André Janones coordinó el canal de WhatsApp «Exército do Lula», que llegó a tener 10 millones de seguidores y desde donde se informaba, se aportaban argumentos y se distribuían tareas diariamente. Así, a medida que transcurrían los días, esta movilización por la «remontada» comenzó a reflejarse en el acortamiento de la distancia entre Lula y Flávio en las encuestas.

El ultraderechista Flávio Bolsonaro llegando al aeropuerto internacional de Brasilia en mayo
El ultraderechista Flávio Bolsonaro llegando al aeropuerto internacional de Brasilia en mayo

A esto se sumaron otras acciones surgidas de la lapicera de Lula. Con clara intención electoralista, el gobierno «descubrió» súbitamente que el valor del Bolsa Família llevaba tres años congelado y lo reajustó en un 15%; después de meses encajonado en el Senado, el proyecto del fin de la escala 6x1 y la jornada laboral de 40 horas fue desempolvado y aprobado; prohibió las apuestas deportivas, después de haberlas reglamentado en 2023 y haber propiciado una pérdida de unos 11.800 millones de dólares a millones de familias; se perdonó la deuda a más de 3,5 millones de microemprendedores y se anunció, aunque sin concretar, una eventual «tarifa cero» en el transporte público los fines de semana, entre otras medidas tan limitadas como tardías.

Paralelamente, Lula cortejó al gran capital mediante cenas exclusivas con magnates y banqueros como Joesley Batista, André Esteves, Luís Carlos Trabuco y Roberto Setúbal. Poco antes de la primera vuelta, organizó una reunión con más de 700 empresarios en São Paulo para «tranquilizar al mercado» con promesas de una «responsabilidad fiscal» aún más rigurosa.

En suma, la clave de la remontada residió en la combinación de una enorme movilización popular —presencial y digital— con un paquete de «bondades» de cerca de 56.500 millones de dólares desplegado a pocos días de la segunda vuelta. Esto provocó que el antibolsonarismo inactivo en amplios sectores despertara y ganara ritmo en la vida cotidiana de millones de personas.

¿Una derrota de la ultraderecha y de Trump?

La derrota de Flávio Bolsonaro en las urnas es un golpe duro a la ultraderecha dentro y fuera de Brasil. No podemos dejar de regocijarnos al ver el patético espectáculo que protagoniza al esconderse bajo las faldas de su amo Donald Trump.

Si hubiese sido electo, sin duda habrían sido años de neoliberalismo, negacionismo, misoginia y racismo descarados, junto a un culto a la ignorancia y a las bravuconadas propias de los gánsteres. Comparto la alegría de todos los activistas de izquierda que celebran la derrota de Flávio y el bolsonarismo. Es importante entender que no estamos ante el fin de la ultraderecha —que nunca vendrá por la vía electoral—, pero sí ante un duro revés. Eso debe celebrarse.

El clan Bolsonaro
El clan Bolsonaro

Al mismo tiempo, la algarabía no puede postergar la pregunta principal: ¿la victoria del «frente amplio» policlasista liderado por Lula y el PT es una victoria de la clase trabajadora? Opino que no.

El cuarto mandato de Lula, como todos los anteriores del PT, no será favorable a los explotados, sino a los intereses del gran capital. Con un discurso distinto al del bolsonarismo, sí, pero será un gobierno al servicio del agronegocio y el capital financiero. Con menos alarde que el bolsonarismo, por supuesto, pero Lula también entregará las tierras raras y las riquezas naturales de Brasil al imperialismo, independientemente de quién sea el inquilino de la Casa Blanca. Trump tenía preferencia por Flávio, pero la reelección de Lula no es necesariamente una derrota para el magnate norteamericano, con quien el propio presidente brasileño celebró mantener una «conexión petroquímica».

Lula no enterrará al bolsonarismo ni a la ultraderecha, como esperan millones de brasileños, porque esa fuerza política recalcitrante solo puede ser derrotada en las calles y extirpando las bases materiales de su crecimiento —desigualdad social, desempleo, precarización laboral y falta de perspectivas de mejora en la vida de las mayorías—. Para acabar con la ultraderecha son necesarias la movilización permanente, la autoorganización obrera y una auténtica política anticapitalista; algo que Lula jamás se propuso hacer.

Lula ganó un respiro, pero no recibió un cheque en blanco. El rechazo a su gobierno es altísimo, cercano al 50%. La remontada electoral tuvo menos que ver con una renovación de la esperanza en el PT que con el miedo al bolsonarismo. Es altamente probable que, si el candidato del bloque conservador no hubiese sido un Bolsonaro, Lula hubiera perdido en las urnas. ¿Es posible que, cuando Lula decepcione nuevamente, la paciencia de las masas explotadas se agote y los reflejos de las enormes movilizaciones de la juventud apunten directamente contra su gobierno neoliberal?

El «tijerazo» vendrá

Muchos esperan que, ahora, Lula opere un «giro a la izquierda». No lo hará. El PT pretende «calmar» y reforzar la «confianza» del mercado. Lo más probable es que este sea un gobierno mucho más a la derecha y neoliberal que los anteriores.

Lula y su vicepresidente, Geraldo Alckmin
Lula y su vicepresidente, Geraldo Alckmin

El actual secretario ejecutivo de Hacienda, Dario Durigan, reafirmó el compromiso con la «responsabilidad fiscal» y posibles recortes en los pisos constitucionales de salud y educación públicas. El mercado exige un ajuste macroeconómico de entre 47.000 y 85.000 millones de dólares. De modo más «discreto» que el bolsonarismo, Lula también prepara el «tijerazo». Para la cartera de Hacienda suenan nombres como Geraldo Alckmin, Gabriel Galípolo —actual presidente del Banco Central— o Rafael Fonteles, gobernador reelecto de Piauí reconocido por su inclinación hacia la «austeridad fiscal».

El ajuste para pagar la deuda pública, que ya representa el 82% del PIB, será la prioridad de Lula y sus aliados de la derecha «moderada», aunque sea a costa de recortar recursos y derechos del pueblo. La izquierda institucional se jacta de la política asistencial, pero la atención social nunca fue la prioridad. El servicio y pago de la deuda pública devora alrededor del 45% del presupuesto general, mientras que la partida destinada al Bolsa Família (unos 29.700 millones de dólares) no sobrepasa el 2,9%. A propósito, las exenciones impositivas otorgadas por el gobierno al agronegocio equivalen exactamente a ese mismo monto invertido en el subsidio estatal.

Por eso, Lula no derogó la contrarreforma laboral ni la del sistema previsional aprobadas durante los gobiernos de Michel Temer y Jair Bolsonaro. Los hechos desmontan completamente la idea de Lula como «padre de los pobres» o la de un supuesto «gobierno popular», como predica la izquierda moderada y electoralista.

La realidad demostró que la estrategia de conciliación de clases, basada en la ilusión de administrar un capitalismo «humanizado», fracasó tanto a la hora de resolver los problemas más acuciantes de la clase trabajadora como al momento de frenar a la ultraderecha. Ningún patrón, hacendado o general podrá salvarnos; la emancipación social depende de nuestras propias fuerzas. La izquierda brasileña y latinoamericana debe retomar la máxima del marxismo: «la liberación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores».

El nordeste brasileño, histórico reducto electoral del PT. EFE/Isaac Fontana
El nordeste brasileño, histórico reducto electoral del PT. EFE/Isaac Fontana

Notas

(1) El horario de votación fue extendido en dos horas debido a denuncias de «reguladas» en el transporte público. Sin embargo, después de las 17:00 solo votaron poco más de 34 000 personas, apenas el 0,02 % del padrón electoral; una cifra irrelevante ante la diferencia final.

*Ronald León Núñez (Asunción, 1984) es sociólogo por la Universidad Nacional de Asunción (2009), máster (2015) y doctor (2021) en Historia por la Universidad de São Paulo y miembro del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas (CPCH). Ha publicado los libros Revolución y Genocidio: El mal ejemplo de la independencia paraguaya y su destrucción (Arandurã, 2011) y La Guerra contra el Paraguay en debate (Lorca, 2019).

El historiador Ronald León Núñez, acompañado por Montserrat Álvarez, directora del Suplemento Cultural de ABC Color, brindó detalles acerca de su libro que se presentará hoy a las 18:30 en el Archivo Nacional.
El historiador Ronald León Núñez, acompañado por Montserrat Álvarez, directora del Suplemento Cultural de ABC Color.

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