Los grupos más vulnerables
Las personas mayores encabezan el listado de riesgo.

Con la edad suele disminuir la sensación de sed y puede alterarse la respuesta del organismo al calor, además de ser frecuente la convivencia con enfermedades crónicas y tratamientos que influyen en la hidratación o la presión arterial.

También requieren especial atención los bebés y niños pequeños: su sistema de regulación térmica es inmaduro y dependen de adultos para hidratarse, vestirse y resguardarse.
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Las embarazadas deben extremar precauciones porque el calor intenso incrementa el estrés fisiológico, puede favorecer descompensaciones por presión baja y aumenta el riesgo de deshidratación.
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A su vez, las personas con enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales o diabetes suelen tener menor margen para tolerar pérdidas de líquido y sales; en ellas, un episodio de calor extremo puede precipitar descompensaciones.

Otro grupo clave es el de quienes trabajan o entrenan al aire libre —construcción, reparto, agricultura, seguridad, limpieza— o en ambientes cerrados con alta carga térmica. El riesgo no depende solo del termómetro: también influyen la humedad, el esfuerzo físico y la disponibilidad de pausas e hidratación.
Las personas en situación de calle o en viviendas sin adecuada ventilación o refrigeración enfrentan, además, barreras para acceder a agua segura y lugares frescos.
Medicación y consumo de alcohol: factores que pueden agravar
Determinados fármacos pueden interferir con la regulación de la temperatura o el balance de líquidos, como diuréticos, algunos antihipertensivos, antidepresivos y medicamentos con efecto anticolinérgico.
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No se recomienda suspender tratamientos por cuenta propia, pero sí consultar al equipo de salud ante dudas y reforzar la vigilancia de síntomas.

El alcohol y otras sustancias, por su parte, favorecen la deshidratación y alteran la percepción del riesgo.
Señales de alarma y qué hacer
El agotamiento por calor suele manifestarse con sed intensa, mareos, debilidad, dolor de cabeza, náuseas, calambres y piel fría o sudorosa.

El golpe de calor es más grave: puede haber confusión, desmayo, temperatura corporal elevada y piel caliente, con o sin sudor. Ante estos signos, se recomienda buscar asistencia médica urgente, llevar a la persona a un lugar fresco, aflojar la ropa y enfriar el cuerpo con paños húmedos o agua; si está consciente, ofrecer agua en pequeños sorbos.
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Cuidados cotidianos que marcan la diferencia
Las recomendaciones sanitarias coinciden en priorizar hidratación frecuente, incluso sin sed; comidas livianas; evitar exposición al sol y actividad intensa en horas de mayor temperatura; usar ropa clara y liviana; ventilar y refrescar ambientes; y realizar controles más seguidos sobre quienes viven solos o tienen dificultades para cuidarse.
En una ola de calor, la prevención no es un consejo general: para muchos, es una medida de salud esencial.
