Cada 1 de octubre se celebra el Día Internacional de las Personas Mayores, establecido por la ONU en 1990 para visibilizar los desafíos y aportes del envejecimiento, y para defender los derechos de una población que crece en todo el mundo. Entre esos derechos está uno cotidiano y a veces subestimado: ser tratado como un adulto, con voz propia.

“¿Tomaste la pastillita?”, “portate bien”, “dejá que mamá te ayude”, “él no entiende mucho”. Estas frases pueden sonar afectuosas, especialmente en contextos de cuidado. Sin embargo, cuando se dirigen de forma sistemática a una persona mayor, expresan un fenómeno conocido en psicología y gerontología como infantilización: atribuirle capacidades, necesidades o formas de comunicación propias de un niño solo por su edad.
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Qué es el “habla infantilizada” y por qué no es inocente
La investigación sobre comunicación y envejecimiento llama elderspeak a ese registro que combina voz excesivamente aguda, diminutivos, frases simplificadas, repeticiones innecesarias y apelativos impersonales como “abuelito”, “reina” o “corazón”. No siempre nace de una intención de desprecio. A menudo surge del apuro, la preocupación, la incomodidad ante la fragilidad o de una idea cultural: que envejecer equivale a perder autonomía.

El problema aparece cuando el tono reemplaza a la escucha. Hablar más lento puede ser útil si alguien tiene una dificultad auditiva; explicar un tratamiento con claridad también. Pero elevar la voz sin preguntar, dar órdenes o hablar con el acompañante en vez de con la persona mayor transmite otra cosa: que ya no se la considera capaz de participar.
La edad, por sí sola, no define el funcionamiento cognitivo. Hay personas de 80 o 90 años plenamente activas en sus decisiones, y también adultos jóvenes que necesitan apoyos en determinados momentos. Incluso ante un diagnóstico de demencia, la necesidad de información adaptada no elimina el derecho a ser incluido, respetado y consultado.
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Decidir por ellos también es una forma de desautorización
La infantilización no ocurre solo en las palabras. También aparece cuando la familia responde por la persona en una consulta, administra su dinero sin conversar, elige su ropa, reorganiza su casa o decide que “ya no está para” viajar, cocinar o vivir sola sin evaluar alternativas.

Cuidar puede implicar resolver rápido, anticipar riesgos y evitar conflictos. Pero la sobreprotección puede producir el efecto contrario al buscado. Desde la psicología social, se sabe que las expectativas ajenas influyen sobre la percepción de capacidad. Si una persona recibe de manera repetida el mensaje de que no puede, puede disminuir su participación, su confianza y su disposición a tomar decisiones.
La autonomía no significa dejar a alguien sin ayuda. Significa ofrecer apoyos sin quitarle el control que conserva: preguntar antes de intervenir, presentar opciones reales y respetar preferencias, incluso cuando no coinciden con las de hijos, nietos o cuidadores.
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Una comunicación respetuosa no exige rigidez ni elimina el afecto. Puede haber humor, cercanía y apodos elegidos, siempre que no se usen para reducir a la persona a un rol pasivo. La clave es observar si ese modo de hablar es recíproco, bien recibido y compatible con su historia.

En lugar de “no te preocupes, yo lo hago”, puede funcionar “¿preferís hacerlo vos o querés que te acompañe?”. En vez de responder por ella en el consultorio, conviene dirigir primero la pregunta a quien recibe la atención. Y ante una dificultad para comprender, es más útil reformular con palabras claras que asumir incapacidad.
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Reconocer a una persona mayor como adulta implica aceptar algo menos cómodo que la ternura automática: sigue teniendo deseos, criterios, límites y derecho a equivocarse.
