La tragedia del “Tornado” que azotó a Encarnación la tarde del 20 de setiembre de 1926 es descripta como la catástrofe natural que causó más muertes en nuestro país, con entre 300 y 400 muertos, sumados a más de 500 heridos y una ciudad prácticamente devastada. En la zona baja se reportaron 500 viviendas totalmente destruidas.
El director de Gestión de Riesgos de la Municipalidad de Encarnación, ingeniero Victoriano Vázquez, explicó que, si bien los estudios sobre los fenómenos cíclicos y el estudio sobre “El Niño” datan de la década de los 50, existen indicios para suponer que este tornado se dio durante un fenómeno similar.
“En esta época del año son habituales las lluvias, las tormentas y los vientos; pero con El Niño, estas se intensifican”, detalló el ingeniero. Sobre los datos que se manejan de la tragedia de 1926, detalló que fue categorizado como un tornado de categoría F4 en la escala de Fujita-Pearson. Los vientos habrían superado fácilmente los 250 km/h, según describió.

Si bien factores muy específicos tuvieron que conjugarse para que se concretara la catástrofe, es posible que un evento similar, de menor intensidad, pueda darse en la región. Esto debido a que las tormentas y los vientos estarán potenciados por la situación atmosférica global provocada por “El Niño”, puntualizó.
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¿Ciclón o tornado?
En la jerga popular es común que se conozca el episodio como el “Ciclón de Encarnación”. Incluso en la literatura sobre el tema, todavía es utilizado bajo esa denominación. No obstante, científicamente hablando, se trató de un tornado.

Esto se explica porque en la época (1926) se utilizaba el término ciclón para describir a todo tipo de temporal destructivo.
La diferencia técnica entre los términos radica en la dimensión, duración y origen de los fenómenos climáticos. Los ciclones se inician en los océanos, tienen un diámetro de cobertura más extenso que puede ser de entre 100 y 500 km. Además, pueden durar varias semanas y las velocidades de los vientos alcanzan entre 100 y 250 km/h.
En cambio, un tornado se origina en tierra, su diámetro de cobertura es más pequeño, hasta 2 kilómetros aproximadamente, con una duración que puede ser de minutos hasta una hora. En contrapartida, los vientos son más agresivos, de entre 250 km/h hasta 500 km/h.
Los tornados, a diferencia de los ciclones, son muy difíciles de predecir. Son detectables apenas minutos antes de que se generen.
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¿Está preparada la ciudad?
El ingeniero Vázquez explicó que no existe ninguna ciudad en la región que esté preparada para afrontar una catástrofe de esta magnitud. No obstante, es necesario reflexionar sobre los tipos de construcciones que se erigen en la ciudad y la planificación urbana.

Afirmó que en la zona con un cuerpo de agua tan grande como el río Paraná, es necesario pensar en los tipos de materiales, que sean más resistentes.
“Semanas atrás con una tormenta con ráfagas de viento de hasta 110 km/h, tuvimos varios estragos; con velocidades mayores, evidentemente, habría afectaciones”, puntualizó. En esta circunstancia, es importante analizar la capacidad de respuesta que se pueda tener ante posibles contingencias.
También explicó que existen en la ciudad zonas de peligro, que dentro de las políticas públicas y de urbanismo deben ser consideradas para regularse y evitar seguir construyendo en esos sectores.
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Memoria de la tragedia
El ingeniero Victoriano Vázquez indicó que preocupa ponerse a pensar que las construcciones de la época del tornado eran evidentemente más resistentes que las actuales.
“Anteriormente las paredes tenían un grosor de 40 a 50 cm, hoy en día si supera 20 cm es mucho, e igualmente voló todo”, describió.

Los historiadores detallan que en la tragedia la mayoría de las víctimas perecieron aplastadas por los techos y paredes de sus casas; otros, arrastrados por el viento; y algunos, ahogados por las enormes olas que ingresaron a la ciudad. Algunos pocos después, electrocutados por los cables de energía eléctrica que no fueron interrumpidos de inmediato.
“Hay que entender que un tornado es un fenómeno muy puntual, que puede estar pasando acá y en otros lugares cercanos no pasa nada. En esa época, por ejemplo, en Posadas, al otro lado del río, no pasó nada”, mencionó Vázquez.
Recordar el evento natural nos debe hacer reflexionar sobre las medidas que hemos adoptado, pensando que incluso hoy existe un crecimiento exponencial en las construcciones de altura, principalmente, manifestó.
De pronto el cielo se oscureció
La tarde del 20 de setiembre de 1926, tras una calurosa jornada, cerca de las 18:00 comenzó el fenómeno que devastó gran parte de la villa baja de la ciudad de Encarnación.

El historiador Julio Sotelo escribió el relato de un testigo y sobreviviente de nombre Javier Guajardo Bustamante, quien contó: «El tornado, absorbiendo una masa enorme de agua, la que, lanzada luego en vertiginoso movimiento giratorio en espiral, produjo una bajante momentánea de la orilla del río, donde se formó la tromba que tumbó y hundió las quince o veinte lanchas que se encontraban ancladas a poco fondo. Destruyó cuanto encontraba a su paso, derrumbó casas en un instante, arrancó de raíz a todos los árboles, quebró los postes del alumbrado que cayeron con sus cables intactos [...]
Promovió una danza infernal de millares de chapas de zinc, las que, arrancadas de los techos, volaron con suma velocidad, chocando entre sí, produciendo un ruido espantoso e indescriptible, enroscándose muchas de ellas en los postes, ramas y troncos de los árboles como si fueran tiras de papel y destruyendo a cuanto alcanzaron a tocar con sus aristas filosas, que se convertían en guadañas satánicas, sembrando las casas de muertos y heridos», citado en la obra de Roberto Zub, Encarnación, una mirada introspectiva a cuatro siglos de historia (pp. 105).
Solidaridad y asistencia
Esa misma noche, tras conocerse las dimensiones del fenómeno, el padre católico del Verbo Divino, José Kreusser, y el miembro de la masonería Jorge Memmel cruzaron el río Paraná en canoa para pedir auxilio a la ciudad argentina de Posadas. De inmediato, las autoridades del vecino país se movilizaron con asistencia.
Nunca pudo establecerse fehacientemente la cantidad exacta de muertos, pero cuentan que fueron alrededor de 400 y más de 1.000 heridos.
El doctor Eligio Ayala era el presidente de la República en esa época. El 22 de septiembre emitió el Decreto Nº 24.997, que autoriza la inversión de 600.000 pesos de curso legal para proveer al socorro de las víctimas de la catástrofe de la ciudad de Encarnación.
Dispuso que se equipara inmediatamente un tren de socorros en el que se trasladaron el vicepresidente de la República, Dr. Manuel Burgos; el ministro del Interior, Dr. Belisario Rivarola; y el presidente de la Cámara de Diputados, Dr. José Patricio Guggiari.
Además de funcionarios públicos, médicos, practicantes, periodistas y particulares, el mayor Luis Irrazábal, al mando de una tropa del regimiento de Paraguarí, se unió al grupo para establecer la asistencia de los heridos y el sostenimiento de la población en desgracia. Trajeron medicamentos, ropas y víveres en bastante cantidad. El convoy que partió esa tarde con los voluntarios, que normalmente hacía el trayecto en 14 horas, llegó en tiempo récord de 7 horas, según historiadores que relataron sobre la tragedia que marcó a la capital de Itapúa.
