A 37 años de la caída de Stroessner

Seguramente, esta semana muchos titulares estarán ocupados por la noticia (¿sigue siendo noticia?) del Golpe de la Candelaria de hace 37 años. Memoriosos recordarán y darán sus puntos de vista sobre el fin de una de las dictaduras más largas de América y algunos incluso se referirán a ella como el nacimiento de la democracia paraguaya. En este punto, conviene analizar el episodio con menos épica y más criterio ciudadano.

El tan mentado golpe no se dio por rebelión popular ni en una gesta heroica. Claro que la Iglesia hizo su parte, y sin ninguna duda la ciudadanía se manifestaba en contra, pero con demasiada tibieza. Pero el derrocamiento de Stroessner lo planearon y llevaron a cabo hombres de su propio régimen, miembros de los primeros anillos de poder. Muchos de ellos, incluso “apadrinados” por “el rubio”en sus carreras meteóricas, porque todos los “Carlos” fueron subalternos y juraron lealtad a su Comandante en Jefe. Fieles y aventajados personajes de un sistema del que formaban parte, hasta finalmente colaborar en echarlo. Con lo cual, por añadidura, se blanquearon...

Sí, convengamos en que todo el esquema estaba caído. Tan destrozado, que a Stroessner ninguna noticia le llegó ni antes ni durante la noche del 2 de febrero por parte de su tan mentada Unidad de Inteligencia. En un país donde todo se filtra, las fuerzas de espionaje que deberían haber estado cuidando las espaldas del jefe o estaban dormidas o cambiaron de bando. Lo cierto, el Dictador estaba de visita en casa de la novia. Lo cual, viéndolo románticamente, podría inspirar una novela del estilo de García Márquez.

Siguieron fotos de la renuncia y el embarco rumbo al exilio brasilero, y respiramos aliviados. Pero aquí, las cosas siguieron igual, incluso con los mismos actores de reparto. Por eso sigue vigente la famosa frase solamente falto yo en esa foto”.

A través de los años, muchas personas y organizaciones -con más o menos razón- fueron indemnizadas como víctimas de la dictadura. Eso es justo y necesario. Pero también, desde aquél entonces hasta ahora, no hemos visto un ministro del Ejecutivo, Magistrado Judicial o similar enjuiciado y castigado severamente por mal desempeño en sus funciones. A la impunidad, a diferencia de los soldados del Batallón Escolta, no le rozó siquiera una bala en el ’89.

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Siempre apropiadas las expresiones del autor de “Paraguay, 34 años de Demosgracia”, Inchi Britez, cuando refiere a que, por no habérnosla ganado propiamente, tampoco la supimos aprovechar. Así, la “democracia tramparente” continúa vigente, caso de duda recordar cómo robaron las elecciones al Dr. Luis María Argaña, y cómo los principales artífices de ese robo fungen aún hoy… como consejeros políticos del Gobierno.

Votamos sí, pero en forma resignada. Confundimos alternancia con cambio, y estabilidad con progreso. Celebramos aniversarios, pronunciamos discursos en actos, se repiten consignas… mientras los problemas de estructura siguen intactos y la desconfianza está normalizada. 37 años después, preguntémonos: ¿realmente le sacamos el jugo a la democracia?

Fuimos cándidos si pensamos que la historia ya estaba resuelta, que después del 2 y 3 de febrero de 1.989 se cerraba un capítulo para siempre. La democracia no se hereda: Se gana, se defiende construyendo y se exige constantemente.

La gran revolución paraguaya todavía no llegó, pero se está gestando. Y nacerá a la luz del día y de cara al sol, no en la oscuridad. Hay posibilidades de que empiece con las próximas elecciones municipales, cuando los ciudadanos -usted y yo- asumamos el compromiso de estar a la altura que se merece nuestro país.