Galeano, condenado a 13 años de cárcel, tuvo mejor suerte y goza de permiso por tiempo indefinido. A “Chaqueñito” se lo acusa de pedofilia y a Galeano de lavado de dinero proveniente del narcotráfico y asociación criminal. ¿Cuál de ellos es más grave?
La pedofilia es un delito monstruoso, tanto como el narcotráfico. El ejercicio de ambos lleva a la degradación, es un descenso a los infiernos, anulan a las personas como personas. ¿A cambio de qué? De la satisfacción sexual desnaturalizada de uno y la ambición económica criminal del otro. Si pusiésemos en una balanza la pedofilia y el narcotráfico se van a nivelar. ¿Qué hace que uno sea más pesado que el otro? ¡La política! Esa política nociva que todo lo permite por asegurar un voto y deja que el huevo de la serpiente incube y se convierta en un ser venenoso.
A Chaqueñito y Galeano lo dejaron crecer. El primero de ellos pronto enseñó su naturaleza tosca, vulgar y desubicada. Fue cuando maltrató con la soberbia del zafio a una secretaria indígena. Previamente se hizo cartista. Con esta credencial se movía tranquilo, seguro, intocable. Enseguida se adaptó a su novedosa vida. Los nuevos correligionarios de “Chaqueñito” se hacían los sordos y ciegos y le permitían seguir con su conducta delictiva. ¡Era un voto! Un voto a favor o en contra de lo que sea, sin preguntas, sin cuestionamientos. El senador ideal para los pillos de siempre.
Este camino de silencio, de miradas al costado, de complicidad, es por donde caminó también Erico Galeano. La fiscalía ya tenía las pruebas –dadas a publicidad- de pertenecer a una organización dedicada al lavado de dinero y al tráfico de drogas prohibidas. Cuando la crítica ciudadana más arreciaba, Santiago Peña se mostraba a la ciudadanía jugando al fútbol en Mburuvicha Roga con el ya procesado. No contento con ello, lo defendía públicamente. Era, a todas luces, un intento de presionar a la fiscalía. “Cuidado, este es mi amigo”, era el mensaje. Saltaban más y más pruebas y junto con la creciente reacción pública, el apoyo de Honor Colorado se debilitó un poco. Ya no era muy ostentoso. Había como algo lejanamente parecido al pudor. No era por ética. No quería estar muy pegado a quien la justicia lo presentaba como lo que era: un delincuente de la peor especie como lo son los que se dedican a destruir a las personas –jóvenes sobre todo- con la maldita droga, causa, también, de la violencia que a todas horas sufre la ciudadanía en la calle o en su domicilio.
Después de muchas vueltas, se llegó al juicio oral y público con el resultado de una condena de 13 años de cárcel. El cartismo se hizo el desentendido y no le importó que uno de los suyos recibiera tan duro castigo, no importa que fuese por lavado de dinero proveniente del narcotráfico. Le respaldó concediéndole permiso como senador cuando lo que cabía era la expulsión.
Para más descaro, el permiso es enteramente ilegal. El senador liberal, Ever Villalba, pidió una resolución que deje sin efecto el permiso “por inconstitucional” (Ultima Hora, del martes). Y argumentó: “Los parlamentarios solo pueden tener permiso para ocupar cargos de ministros en el Ejecutivo o cargos diplomáticos pero para otras cuestiones no pueden plantear permisos (…) en consecuencia la concesión de dicho permiso configura una extralimitación de atribuciones de la Cámara de Senadores”.
Esto de saltar por encima de la Constitución y las leyes es la identidad del cartismo. Lo hace todas las veces cuando quiere defender a un delincuente de los suyos, o para expulsar a quien le molesta por sus críticas como el caso de Katya González.
Cuando se trató el pedido de permiso por tiempo indefinido de Erico Galeano, Ever Villalba quiso manifestar que no cabía el pedido por cuestiones legales, pero le negaron la palabra. Se entiende. Quedaría otra vez en evidencia la naturaleza autoritaria del cartismo y satélites. Pero la estrategia para nada sirvió. Hoy, los electores de las municipales, saben por el humo dónde está el fuego. Y ya están hartos de quemarse.
En fin, felices Pascuas.
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