El principio del fin

Hace apenas quince días, el ahora exministro de Economía Carlos Fernández Valdovinos salió ante las cámaras a decir que no abandonaría el barco. Habló de “economía de guerra”, de ajustar cinturones, de un plan de pagos para saldar las deudas con farmacéuticas y vialeras. “Al país le va bien, al Fisco no”, había sentenciado con la solemnidad de quien cree que sus palabras pueden sustituir los números.

Esa misma persona, dos semanas después, publicó en redes sociales un mensaje lacónico: “¡Misión cumplida!”. Anunció así su renuncia al cargo que ocupaba desde el 2023. Una de dos: Mintió o lo hicieron mentir. En cualquiera de los dos casos, el resultado es el mismo: la credibilidad del gobierno de Santiago Peña sufre otro golpe del que le será difícil recuperarse.

La salida de Fernández Valdovinos no es un simple cambio en el gabinete. Es el síntoma más visible de una gestión que prometió orden fiscal y entregó déficit; que habló de reformas estructurales y produjo medias tintas; que se ufanó del doble grado de inversión mientras acumulaba deudas impagables con quienes proveen medicamentos al Estado y asfaltan las rutas. La reforma de la Caja Fiscal, el proyecto insignia del exministro, terminó siendo un texto tan flexibilizado en el Senado que perdió su razón de ser. El déficit fiscal de 2025 cerró en 2% del PBI, por encima de la meta prometida del 1,9%. Para 2026, las dudas sobre el cumplimiento del 1,5% son mayores que las certezas.

Lo más grave de esta salida no es quién se va, sino lo que revela lo que está al fondo, pero se ve. Durante dos años, Fernández Valdovinos cargó prácticamente en soledad con la conducción técnica del equipo económico, expuesto a presiones políticas internas en el gabinete y en la ANR, a un Congreso hostil, y a una acumulación de deudas con el sector privado que había prometido resolver “en la brevedad”. Constructoras sin cobrar, farmacéuticas esperando, hospitales con compras no presupuestadas. Los anuncios de grados de inversión lucieron en los comunicados oficiales, mientras los proveedores del Estado hacían cola. Y ni siquiera estamos hablando de la deuda internacional, que es para otro capítulo.

El jefe de Gabinete de la Presidencia, Javier Giménez, con un sesgo de descaro, presentó la salida como una necesidad de nombrar a alguien con “habilidades muy específicas” para la nueva etapa. Esta podría ser la traducción en término coloquial: el presidente Peña necesita a alguien más dócil para administrar el desorden que él mismo permitió. Algunas de las preguntas que el gobierno se niega a responder de momento son simples: ¿en qué quedó la caja fiscal? ¿En qué quedó el déficit? ¿Cómo quedan las deudas?

La salida de Fernández Valdovinos no es el fracaso de un ministro. Es el reflejo fiel de una administración que confundió los anuncios con la gestión, y que hoy busca una especie de chivo expiatorio para argumentar una crisis que se construyó con acciones y decisiones del mismo gobierno.

El principio del fin no suele anunciarse con bombos y platillos. Puede llegar un martes cualquiera, con un decreto y un tuit de despedida.

smoreno@abc.com.py