Los insectos no son un “detalle” de la naturaleza: son parte de su infraestructura. Con millones de especies y una biomasa enorme, conectan la energía que capturan las plantas con el resto de los seres vivos, y mantienen en marcha procesos químicos y biológicos que vuelven fértiles a suelos, ríos y bosques. Por eso, imaginar un mundo sin insectos no es un ejercicio de ciencia ficción: es una forma de medir cuánta estabilidad ecológica depende de organismos pequeños y abundantes.

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El colapso de la cadena alimentaria
Si desaparecieran todos los insectos, el primer impacto sería un shock en la red trófica. Muchas aves —incluidas las que consideramos “granívoras”— alimentan a sus pichones con orugas, mosquitos o escarabajos.

También dependen de insectos murciélagos insectívoros, anfibios, lagartijas, pequeños mamíferos y peces de agua dulce que se alimentan de larvas acuáticas. La falta de esa “proteína disponible” se traduciría en caídas poblacionales rápidas, con extinciones en cascada.
Menos polinización, menos plantas y menos alimentos
El segundo golpe llegaría por la polinización. No, los insectos no polinizan todas las plantas: muchas dependen del viento (como numerosos pastos y cereales) o de otros animales.

Pero una fracción crítica de plantas silvestres y gran parte de frutas, hortalizas y cultivos comerciales sí requieren polinizadores —abejas, abejorros, moscas, mariposas, escarabajos— para producir semillas y frutos de manera estable. Sin ellos, habría menos rendimiento y más variabilidad año a año; en ecosistemas naturales, esa falla reduce regeneración y diversidad vegetal, alterando hábitats completos.
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El reciclaje de nutrientes también se detendría
Un tercer mecanismo, menos visible, es el reciclaje de nutrientes. Insectos detritívoros y sus larvas fragmentan hojas, madera y cadáveres, acelerando la descomposición y facilitando el trabajo de hongos y bacterias.

Sin ese “triturado biológico”, se enlentece el retorno de nitrógeno y fósforo al suelo, cae la fertilidad y se acumula materia orgánica. A eso se suma la pérdida de ingenieros del suelo como hormigas y termitas, que airean, mezclan y drenan, modificando la estructura del terreno y la disponibilidad de agua.
El equilibrio natural frente a las plagas desaparecería
También se perdería un servicio ecológico clave: el control de poblaciones. Libélulas, avispas parasitoides, mariquitas y otros insectos limitan naturalmente a herbívoros y plagas.

Sin ese equilibrio, algunos organismos que hoy están regulados podrían expandirse, con daños adicionales sobre vegetación y cultivos.
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El declive de los insectos ya preocupa a la ciencia
La inquietud no es solo teórica. Existe evidencia consistente de declive de insectos en varias regiones, aunque no uniforme: algunas poblaciones caen, otras se mantienen o incluso aumentan, y hay grandes vacíos de monitoreo en trópicos y zonas rurales de América Latina, África y Asia.
Los estudios que mejor capturan la tendencia señalan disminuciones preocupantes en biomasa y diversidad, especialmente donde se combinan pérdida de hábitat, agricultura intensiva, pesticidas, contaminación lumínica, especies invasoras y el estrés del cambio climático.
La consecuencia científica más relevante es esta: la estabilidad de los ecosistemas depende de redundancias, pero en muchos procesos —polinización especializada, control biológico, descomposición rápida— los insectos cumplen roles que no se reemplazan “a escala planeta”.
