El exilio, costumbre universal

«Josef Mengele obtuvo su carta de ciudadanía paraguaya del Poder Judicial, patrocinado por un distinguido abogado, y ni siquiera se preocupó de cambiarse el nombre, apenas lo castellanizó», escribe la profesora Beatriz González de Bosio en este artículo acerca de la tradición del exilio, que «no tiene visos de convertirse en una práctica obsoleta».

Napoleón Bonaparte, por Benjamin Robert Haydon.
Napoleón Bonaparte, por Benjamin Robert Haydon.GENTILEZA

«Quise de Ti tu noche de azahares; quise tu meridiano caliente y forestal;

quise los alimentos minerales que pueblan

los duros litorales de tu cuerpo enterrado,

y quise la madera de tu pecho.

Eso quise de Ti

(-Patria de mi alegría y de mi duelo;)

eso quise de Ti.»

Herib Campos Cervera, «Un puñado de tierra»

Se entiende el exilio como el «hecho de encontrarse lejos del lugar natural de nacimiento» por expatriación voluntaria o forzada, situación repetida en sociedades autoritarias y menos frecuente en las democráticas.

Hay exilios financieros para sustraerse al brazo de la ley, y alejamientos por tiempo prudencial, generalmente hasta la fecha de la prescripción de un delito. En el Código Civil anterior de Paraguay, una deuda asentada en un pagaré fechado prescribía a los diez años. No casualmente, muchos deudores pasaban diez años en el extranjero para después retornar silenciosamente a la rutina.

Entre los griegos, el ostracismo fue el destierro al que se condenaba a los ciudadanos sospechosos o peligrosos para la polis. Lo hubo igualmente en la antigua Roma, como lo atestigua el poeta Ovidio, 43 a. de C., fallecido en Tomis (la actual Constanza, en Rumanía) en el año 17 d. de C. luego de caer en desfavor con el emperador Augusto. En la Edad Media y en el Renacimiento, el exilio no fue infrecuente. La Reforma protestante inauguró el exilio teológico. En la era Moderna, un exiliado recurrente fue Voltaire, quien se volvió propietario de toda la zona fronteriza con Suiza para sencillamente cruzar la cercana línea divisoria ni bien tenía noticia de que había caído en desgracia con algunos de los Luises de su larga existencia.

Naturalmente, el exiliado más conocido del siglo XVIII fue el emperador Napoleón Bonaparte, que, luego de sus aplastantes triunfos militares y un exilio en la Isla de Elba, cerca de la costa italiana, para alejarlo del poder en París, escapó, volvió y movilizó un ejército que fue derrotado en Waterloo, Bélgica, el 18 de junio de 1815, por una coalición de tropas británicas, holandesas y alemanas comandadas por el duque de Wellington. Prisionero, su condena fue pasar el resto de sus días en la remota isla de Santa Elena en el Atlántico.

No faltaron exiliados prominentes en la era Independiente de nuestra región. José Gervasio Artigas eligió Paraguay como destino y con el Doctor Francia crearon la institución del asilo político, que no fue sino otra denominación para el exilio, pero con protección del país receptor. La Argentina independiente tiene su exiliado heroico en José de San Martín, que terminó en la costa francesa de Boulogne-sur-Mer. Menos heroico pero igual de prominente fue el porteño Juan Manuel de Rosas, elegido por los revisionistas como paladín contra la penetración británica pero que, al perder el poder en 1852, eligió exiliarse en territorio inglés.

La Revolución Rusa también expulsó a los personajes cercanos al zar que no pudo apresar y ejecutar. Un buen número de oficiales zaristas se refugiaron en Paraguay, que abrazaron como segunda patria, y se presentaron como voluntarios para combatir en la Guerra del Chaco, algunos con heroica bravura, según atestiguan calles del barrio de Villa Morra como Teniente Malutín, Mayor Kasianoff y Teniente Coronel Salaskin, entre otras. El general Iván Belaieff descubrió la estratégica laguna de Pitiantuta y luego, como antropólogo, fue el gran protector de la parcialidad maká, que lo tiene enterrado en territorio sagrado.

La guerra civil expulsó a muchos españoles hacia nuestro continente, como el cineasta Luis Buñuel, que fue a México. Muchos exiliados españoles eran prominentes intelectuales; algunos de ellos eligieron Buenos Aires, y otros, pocos, Paraguay.

Durante la Segunda Guerra Mundial hubo exilios en muchos países. Desde los judíos, que escapaban de la persecución étnica, hasta los que tuvieron que marcharse por compromisos políticos. Millones de personas partieron lejos de su tierra de origen. Uno de los exiliados más famosos es el físico alemán Albert Einstein, cuyo destino fue Estados Unidos.

Con la victoria aliada en 1945, les tocó el turno a los jerarcas nazis de exiliarse en América, donde podían pasar desapercibidos adoptando nuevos nombres alemanes. El más célebre fue Adolf Eichmann, que vivió en Argentina bajo nombre supuesto. Identificado por un comando israelí, fue secuestrado y juzgado en Israel; en base al juicio, que cubría para la revista New Yorker, la intelectual judía Hannah Arendt acuñó la frase «Eichmann, o la banalidad del mal». Eichmann, gris burócrata, ni siquiera odiaba a los judíos, pero quería cumplir su deber.

Dos años antes, poco conocido excepto por quienes sobrevivieron al macabro campo de concentración de Auchswitz, en Polonia, el médico Josef Mengele obtuvo su carta de ciudadanía paraguaya del Poder Judicial, patrocinado por un distinguido abogado, y ni siquiera se preocupó de cambiarse el nombre, apenas lo castellanizó. Pero como el juicio de Eichmann, gestor de la Solución Final, al final reveló el monstruoso papel de Mengele en los experimentos con prisioneros, tuvo que cambiar de nombre y de lugar de exilio. Se mudó a Sao Paulo, donde vivió plácidamente hasta 1978, cuando falleció por ahogamiento accidental.

El autoexilio, por otro lado, responde a una forma de protesta, dejando la patria por no consustanciarse con la política de las autoridades de turno y para evitar la persecución por las propias ideas, como ocurre hoy en Venezuela y ocurrió en Paraguay bajo gobiernos autoritarios. La conocida Asociación de Emigrados paraguayos la conformaba un grupo de destacados ciudadanos, como Manuel Pedro de la Peña, fundador de El Grito Paraguayo y autor de las famosas cartas dirigidas a su sobrino Francisco Solano López, de inmenso valor para describir la época.

Concluida la Guerra Grande, los conflictos internos no tuvieron paréntesis y el exilio en el vecino territorio argentino era el frecuente corolario de algún cuartelazo infecundo. Hay documentos de «exilio» firmados por Bernardino Caballero antes de que su facción triunfara y se hiciera cargo del gobierno. Entonces, otra camada de exiliados abandonó el país. El más conocido fue el general Benigno Fereira, que aprovechó el ostracismo para graduarse en leyes en la Universidad de Buenos Aires y retornar como miembro del Supremo Tribunal de Justicia. La Revolución de 1904 lo llevó al poder, pero la de Albino Jara, de 1908, lo devolvió, exiliado, por supuesto, a Buenos Aires, de donde no regresó con vida. Mientras el general Caballero también escapaba de las persecuciones de Jara en Buenos Aires, ambos líderes partidarios firmaron un célebre pacto revolucionario para hacerse del poder. Aparte de Ferreira, el «Presidente de la Victoria», Eusebio Ayala, murió en el exilio en Buenos Aires y la repatriación de sus restos por un gobierno colorado en 1990 fue un gran momento de encuentro nacional.

La idea detrás del exilio es que un personaje político, al alejarse de sus bases, pierde toda relevancia a medida que pasa el tiempo. Tal vez porque no había pasado mucho tiempo, el retorno triunfal del exilio en 1946, durante la primavera democrática impuesta al dictador general Higinio Morínigo, del líder liberal José Patricio Guggiari dejó desconcertado al gobierno, que luego de un lustro de persecuciones, a veces sangrientas, incluyendo un conocido decreto por el cual declaraba al partido Liberal traidor a la patria, no esperaba que el partido tuviera tantos adherentes.

Dado que el periodismo para los gobiernos dictatoriales era la máxima forma de oposición, el exilio de periodistas fue frecuente. Se recuerda mucho la muerte en el exilio del fundador del diario La Tribuna, Eduardo Schaerer, en 1943; la Denapro, órgano encargado de la censura en la dictadura de Morínigo, no permitió a su diario mencionar la noticia. En la misma época, el periodista de El País Augusto Roa Bastos eligió el exilio bonaerense para terminar de periodista de planta del diario Clarín. Poco después iban al exilio dos cumbres musicales de nuestra cultura, José Asunción Flores, de filiación comunista, y Herminio Giménez, liberal. Otro comunista exiliado en Buenos Aires fue el poeta Elvio Romero. Él y Giménez volvieron luego de la Noche de la Candelaria, pero Flores murió lejos del país.

Un político cuya figura no dejó de crecer desde el exilio fue el general Juan Domingo Perón, expulsado del poder y exiliado en Paraguay en 1955; de aquí fue a Panamá y luego a Madrid, desde donde se convirtió en árbitro último de la política argentina, que lo devolvió al poder un año antes de su muerte, en 1974.

El exilio bajo el régimen stronista (1954-1989) fue una cuestión principalmente política e ideológica. Fue el destino de muchas personas opositoras al Gobierno, que comenzó a negarles sistemáticamente pasaportes, al tiempo que impedía la entrada a paraguayos provenientes de otros países que caían bajo la sospecha de ser opositores. Lo mismo ocurría con extranjeros potencialmente opuestos al régimen.

A fines del siglo anterior, mucha gente migró por razones económicas, lo que ha generado en Europa una emergencia de partidos de ultraderecha, xenófobos, que rechazan la migración y a los refugiados. Por otro lado, importante rubro del PIB (Producto Interno Bruto) en países latinoamericanos fueron las remesas que los emigrantes enviaban a sus familiares desde el exterior. Este fenómeno que lleva unas dos décadas ha sido desmontado casi totalmente por esta situación inédita y excepcional, la pandemia; el panorama es muy nuevo todavía para permitir estudios definitivos.

De cualquier manera, la tradición del exilio no tiene visos de convertirse en una práctica obsoleta.

beagbosio@gmeil.com

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD