¡Háblame de colonialismo! Notas desde el resentimiento

¿Cómo José, de Capiibary, o Juan, de Carapeguá, pueden echar a andar su talento, cómo hacerlo posible sin coartar su visión?, es una de las preguntas duras y necesarias a las que nos enfrenta este artículo del cineasta Federico Adorno. Un testimonio de la experiencia de hacer cine –y, por extensión, de crear, en general– desde Paraguay.

“La estancia”, cortometraje de Federico Adorno.
“La estancia”, cortometraje de Federico Adorno.gentileza

Claramente, el que no tiene talento soy yo, y además escribo por pichadura y amargura, dirán. Hoy día ya no me importan los comentarios y llegué a una paz interna en donde no soy como buena víctima el culpable de todo. Hablo desde el hartazgo y las cuentas que me acechan por haber sacado préstamos para echar a andar una película que se mantuvo viva como proyecto durante más de 10 años y hoy está lista, esperando en el limbo de directores fracasados y sin talento.

Escribo estas líneas desde mi habitación mientras subo el DCP para un fondo suizo que ya pide el material y sobre todo pregunta a qué festivales internacionales ya hemos ido. El silencio se apodera de todo mientras pensamos las maneras de responder, obviamente que en inglés, y buscando desesperadamente en el excel los deadlines de festivales clase A y ya no queda nada.

Un año calendario esperando, no semanas sino meses, para que luego te digan que no quedaste, que son miles de películas y que todas son buenas, que esperan saber de ti en el futuro. ¡Qué futuro, si ya no conseguiré financiación, jackass! Esto es un hecho, no está escrito pero, como buen niño aplicado, durante años he ido a cuanta charla y taller se hiciera sobre financiación europea. Unas pocas, poquísimas ganamos, las demás van para el elenco estable y en todos esos talleres, dictados a veces por gente poderosa que maneja los fondos, te dicen que lo que importa son los contactos, las relaciones y tu éxito en festivales internacionales.

Yo viajé a Europa (gracias, papá y mamá) y gané premios de festivales ultraprestigiosos para la crème del cine arte y te dicen que te posiciona y que la tendrás un poco más fácil. Nada de eso ocurrió. Debería sorprender la década que seguía insistiendo con Boreal, pero pasó tan rápido, y al final lo logré, pero no encuentra lugar para estrenarse y no me avergüenza decirlo. El sueño de estrenar en Europa ya pasó, y pasaste de abultar con tus 100 euros las cuentas de esos festivales para que no formes parte del canon de cineastas alabados en esferas internacionales. En realidad, ya llevamos gastados más de 1.000 euros en postular a festivales y muchos de ellos ni siquiera ven tus películas y tengo las estadísticas de vimeo.com donde visualizás la cantidad de tiempo que un programador ve tu película y si tenés la suerte de que un asistente vea más del 50% es un milagro. ¿O ustedes creen que Vanja, Alberto, Carlo y Thierry ven tus películas de un país tan perdido como el nuestro?

Por ejemplo, yo pagué 50 euros para Rotterdam y el enlace lleva, hasta el día de hoy, en que me comunican que no fui seleccionado, 0 reproducciones. No puedo saber si vieron Boreal por otros enlaces, pero mienten al decir que vieron tu película los programadores, no lo hacen. Y si lo hacen, hay veces que ni llegan a 10 minutos de reproducción. ¿Cómo pueden determinar el valor que tiene una película para programarla con 10 minutos? Estamos tan acostumbrados a que críticos y programadores digan que en contados minutos pueden saber si tu película es meritoria, y no debería ser así.

Pueden decir que tu película no es buena, que tiene miles de defectos, que no se merece ser programada. Y al final de cuentas nadie me obliga a querer estrenar en Europa pero te canonizan y uno, pues, quiere ser tenido en cuenta y que su esfuerzo sea reconocido. Hoy día, cuando los festivales encontraron un rubro lucrativo sobre el esfuerzo de cineastas que no tienen detrás tanques ni agentes de ventas (y solo hablo del sector en el que me movía, el del arte, el europeo, dejando de lado los verdaderos tanques norteamericanos), duele. Pero es el balde de agua fría de tantos que ya tuve y es suficiente. El proceso me llevó a querer estar con los míos, donde me siento más cómodo.

Me tocó estar en esos no lugares que son los festivales de cine culto y uno aprende a callarse. Hace una década, en un taller de desarrollo de proyectos en Entre Ríos, muy top en aquel momento, me tocó de tutora una italiana ya de edad pero muy lúcida, por cierto, y ya me advertía que el cine es una mafia. Se me abrían los ojos, porque, obviamente, yo también quería ser parte de esa mafia, pero mis idas a esos no lugares me mostrarían pronto que no soy apto por mi carácter, bien tímido, de pocas palabras frente a otros colegas sudacas, más bien argentinos, que volaban y se encamaban y se conseguían su coproducción. Y yo ahí todo gordo pensando en comerme un kebab y sin posibilidades de su copro porque, la verdad, ni yo les interesaba, ni tampoco Paraguay, del que no tienen la más pálida idea ni les interesa.

Pero bien que seguía con mi proyecto, que en principio se llamó Insular (pero lo aprendí a detestar porque con el tiempo lo de isla rodeada de tierra me pareció estúpido), luego El polvo de la tierra (pero me acobardé en el tiempo porque nuestra realidad es bien ruda, sobre todo viniendo de los poderes fácticos), para finalmente llamarse Boreal (por lo del Chaco boreal).

Personalmente, creo, tal vez sin proponérselo, y reconociendo las cualidades de las actrices y la dirección de actores, Las herederas debe su éxito europeo a que la actriz morfológicamente bien paraguaya estaba en la cárcel, era una prisionera –si ese es el lugar que se merece el paraguayo–, en contraposición a una bien limpia, europea y blanca actriz principal que como personaje estaba libre, poseía el poder, salvo sus bajos instintos. El único error que pudo tener esa película desde esa cosmovisión es que el personaje europeo abandona su lugar, su propiedad. Desaparece. ¿Se tomó el barco de vuelta?

Si sos de Guatemala y querés mostrar la diversidad morfológica y tener el éxito canónico, tenés que poner a una indígena adolescente que se masturbe sobre un árbol o poner a un guatemalteco de rasgos europeos mientras se erotiza en un sauna junto a un viril morocho. Y así, eso sí resuena con los programadores, eso es el éxito, eso es el talento.

Me tocó hacer la post de sonido en México y allí resuena el clasismo al instante, algo tan distante para mí viniendo de una ciudad pequeña del Paraguay, donde el hijo de la empleada doméstica va a la misma escuela subvencionada que los hijos de una familia pudiente. Pero viendo películas de directores mexicanos que dejaron de interesarme, sobre todo Reygadas y Franco, les doy la razón a aquellos con quienes hablé y son (Reygadas, Franco y pocos otros) los máximos exponentes de la blancura mexicana en festivales del arte culto y no tienen nada que ver con el mexicano de a pie. Muestran un México tan blanco, tan de clase alta, tan exitoso que uno termina por asfixiarse y prefiere reclamar unos tacos. El tan mencionado minimalismo latinoamericano solo se concibe si viene de Argentina, o mejor dicho de un porteño, para los demás lo escabroso.

Lo de la diversidad, la cultura propia de una nación en clave universal es bola. La pretendida cooperación europea al cine creo que ha perdido (o nunca fue la intención) su norte, su supuesta cooperación para fortalecer la cultura y soberanía de un país, en la práctica se muestra lo contrario. Y cansa. Te reclaman que interese internacionalmente, es decir, al ojo culto. Vienen a nuestros países a pontificar sobre las bondades de la cooperación monetaria y en algunos de ellos, sobre todo el francés viene atado.

La pretendida globalidad cinematográfica tan vanagloriada en estos tiempos por los mandamases del cine de autor hace que ya no se diferencie del cine norteamericano. Hoy tenemos a un Weerasethakul con Swinton, a un Franco con Gainsbourg y Roth, a un Alonso con Mortensen y a Guzmán y Cárdenas con una Chaplin y Kier. La lista puede seguir pero estos ejemplos reflejan cierta desesperación por globalizarse naturalizando una manera blanca de conformar y hablar el cine y aportan a la cuota blanca que se va imponiendo (o sea, lo de siempre). La alteridad, lo distinto conforman algo tan esencial para la diversidad que verdaderamente existe en cada uno de nosotros y se va ocultando en nombre de una naturaleza global (sí, ese es el término que se utiliza) para supuestamente salvar al cine autoral.

Yo siempre pensé que la inconformidad con los relatos oficiales y normados era inherente al cine de autor. Es muy posible que ya no exista, o han sido, esos relatos, avasallados por estos relatos hegemónicos con un branding de autor. La materia y energía creadora, aquello que sale desde lo más profundo del creador se ve inevitablemente alterado por esos factores porque hoy no solo importa la obra sino el éxito y aquellos que sueñan con el éxito del norte global. El autor-celebridad.

Deberíamos reclamar lo local como fuerza creadora pero es imposible porque el cine lamentablemente se mueve a fuerza de euros o dólares, eso es parte de la creación cinematográfica. Nunca me sentí cómodo con la escritura, por lo que no abandoné el cine aún y métale que sigo desarrollando mi próxima película pero es complicado, solo con fondos locales no alcanza y los patrones europeos han cerrado la puerta. No son reglas escritas, pero ya les conté del asunto, de cómo se mueve el cine de coproducción.

Puede ser mi error, mi falta de talento, o que no tengo ese no sé qué que me permita desarrollar aquello que alguna vez me llevó a interesarme en el cine y que lo quiera hacer. Cómo continuar es la cuestión, y no alcanza solo con lo de acá. Pero ya no quiero que la arty y global Jetta del Hubert Bals Fund diga si mi proyecto es lo suficientemente bueno para que me tiren 10.000 euros, o que el eterno Vincenzo juzgue aquello que salió de lo más profundo de mi ser para luego decirme que no. Tampoco tengo el dinero suficiente para que la verborrágica Marta sea una consultora de mi proyecto para que luego me haga ganar el fondo de Alemania. O seguir endeudándome para comprar un pasaje a Finlandia y tratar de convencer a Jukka para que produzca mi próxima película.

Es la imposibilidad lo que me mueve, es esa fuerza que nace y que solo los que creamos sabemos y es imposible atajar pero no alcanza solo con lo de acá. Entonces, ¿qué me queda? No lo sé, solo sé que en las noches y madrugadas me sentaré a escribir desde mi habitación en Carapeguá algo que no verá la luz, algo que hace que quiera reclamar mi soberanía sin importarme si es lo suficientemente blanco para ganarme unos huesos. No quiero más ser la servidumbre del europeo que levantará el pulgar para permitirme grabar mi película o no.

Quiero reclamar mi soberanía, crear un corpus, algo propio. Y no es posible; entonces, ¿qué hacer? Es difícil que con solo fondos locales uno pueda terminar su película en condiciones técnicas y artísticas excelentes que así lo permitan. Hay casos, claro, que muestran lo contrario, pero con lo local, financieramente hablando, no me es posible. Tal vez sea mejor retirarse, pero esa fuerza creadora que no te permite dormir es el tema.

En momentos en que los comandantes de Locarno posarán de nuevo su mirada en Latinoamérica por los próximos tres años, algunos como yo tendremos que encontrar otros caminos no posibles, obligadamente tal vez, pero si uno no quiere seguir concediendo a un imaginario no propio, es altamente posible que no lo logremos. Porque, al fin y al cabo, estas palabras no pasarán (¡ja!) de ser solo eso, palabras, y lo que quedará será aquello que se hizo bajo un patronazgo y lo tendremos que asumir como parte de nuestro imaginario. Seguiremos siendo forasteros en nuestro propio lugar, los piratas sin barco. Nada se modificará.

Somos un país con tantas carencias y tan pequeño que no es viable sustentar el cine. Lastimosamente, Brasil se mira solo a sí mismo y Argentina, que bulle de arte, no deja de mirar a Europa y llena sus pantallas con grandes nombres de la crème del cine arte. Algo tan horrendo como Ventana Sur es sostenido por los popes del norte y no existe la posibilidad de crear algo que sea verdaderamente significativo para la cultura y el arte del Paraguay, aquello que permita que nos podamos ver, que nos podamos oir, así como verdaderamente somos y hablamos. De eso se trata el cine, y conste que es algo no propio de nuestra cultura, pero en fin.

Es verdad que el mercado para el cine de arte se ha reducido considerablemente, mucho más luego de aquella explosión del indie norteamericano y la aparición de los streamings y series. Uno habla con productores o agentes de ventas internacionales y la verdad es que no entienden por qué queremos estrenar en Europa (es el canon, obviamente), si deberíamos buscar puertas en Latinoamérica y en nuestros países, y tienen razón. Supongo que ciertas películas latinas roban el pequeño mercado del cine de arte, pero están en lo correcto. Películas con idiomas tan propios son difíciles de vender, escuché hace poco. Por ello, ¿renunciaremos al guaraní, por ejemplo? Si ya una película no hablada en inglés es difícil de vender, imaginate una en guaraní.

Creo que los fondos europeos y los popes solo siguen porque no pueden permitirse perder el control de la imagen, de lo simbólico, porque una vez que nos demos cuenta de ello podremos avanzar no solo como arte sino como país y dejaremos de ser la servidumbre y seremos soberanos. La supremacía de lo blanco sobre otros relatos y formas más frágiles resulta dañina para nuestra propia existencia y solo nos resta convivir con lo totalitario y si ya en el cine autoral se hegemonizan estos relatos, ¿qué nos queda?

Nunca viví en Europa y no tengo relaciones con ese continente, salvo la década que intenté por todos lo medios ser parte de él para hacer mi película. Lo único que me sigue aferrando es mi amor por su cine y que nos dio un Bresson y una Akerman. Como bien dice una amiga, no es casualidad que aquellos compatriotas que se ganan los fondos residan en varios países del viejo continente. Salvo Encina, pero ella tiene una formación porteña y alguna vez se comentó que reclamó su educación en el pensamiento alemán y francés.

Hoy, si bien estoy hecho todo un burócrata, me resisto a abandonar el cine porque es lo que me mueve, pero no es posible hacerlo sin un patronazgo bajo una servidumbre difícil de romper. Lo que quiero es que nosotros podamos comprendernos y no hablar de un colonialismo en nuestras películas cuando que aquello que nos oprime es básicamente lo mismo y no termina siendo verdaderamente paraguayo, y eso que no sé qué significa ser paraguayo.

Reclamo lo local, no bajo un nacionalismo nauseabundo y atávico, pero no todo lo que hacemos debería estar hecho para el gusto del norte, porque es en lo nuestro que nos encontraremos y nos entenderemos. La pretendida influencia exterior para engrandecer nuestra cultura, reclamada por nuestros círculos culturales, es nociva para la creación porque la materia sobre la que nos expresaremos no es propia.

Nuestro supuesto aislacionismo histórico (el atraso, lo arcaico) frente a lo occidental (lo culto, lo superior) me acogota y no quiero tener que pensar en ello para crear algo propio, mi estilo. La creación para mí siempre fue libre y supongo que es porque nunca salí afuera a estudiar (poniendo de ejemplo a esos contingentes de cineastas o, décadas atrás, de pintores que se formaron en la alta cultura para traer lo novedoso y superior a un supuesto país atrasado y sin pensamiento como el nuestro).

Mi educación, si es que podemos hablar de alguna en nuestro país, porque yo me formé solo aquí, a lo Paraguay, no me permite seguir concediendo para poder hacer porque si querés hacer hay condiciones. Pero son condiciones que atacan nuestro imaginario, lo colectivo, lo que mueve nuestra propia forma de ser y en eso yo sí siento que el artista tiene su responsabilidad. Lo otro que queda es el fascismo.

La forma de hacer una película, su estética, sus temas y sus personajes de cierta morfología desde una perspectiva culta para ser exitosa hace que el colonialismo esté tan vigente y su racismo exacerbado y nunca termina de irse. A mí, hoy, me preocupa cómo José, de Capiibary, o Juan, de Carapeguá, pueden echar a andar su talento, cómo podemos hacerlo posible sin coartar su visión, y que sea significativo y realce nuestra forma de ser, lo propio. Porque el cine, a más de ser imagen en movimiento, identifica una forma de ser, una época, y a eso debemos abocarnos. Sin contaminaciones, sin servilismos. La imagen soberana.

fedeadorno@gmail.com

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