Entre el petróleo y la subjetividad: por qué fracasan nuestras izquierdas

Protesta en San Francisco contra la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, 3 de enero de 2026.
Protesta en San Francisco contra la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, 3 de enero de 2026.MANSERRAT ALVAREZ

«Venezuela aparece como la expresión concentrada de un problema estructural más amplio, una de cuyas aristas es la incapacidad de los gobiernos progresistas de la región para articular de manera sostenida la transformación material con una transformación subjetiva».

La tragedia venezolana –y con ella buena parte de la tragedia latinoamericana– no puede explicarse solo en clave de petróleo, autoritarismo interno, imperialismo y geopolítica, aunque todos esos factores sean reales y decisivos. Los cientos de análisis que hoy circulan sobre Venezuela en general son piezas de un mismo rompecabezas que confirman una verdad incómoda: el mundo no se organiza por justicia ni por valores, sino por intereses, y el petróleo venezolano ocupa un lugar central en ese tablero de dominación global, pero quedarse únicamente en esa superficie es cómodo: permite señalar enemigos externos sin interrogar nuestros propios fracasos internos.

Si no asumimos esa autocrítica, estaremos condenados a reproducir el mismo ciclo. Venezuela aparece, así, como la expresión concentrada de un problema estructural más amplio, una de cuyas aristas fundamentales remite a la incapacidad de los gobiernos progresistas de la región para articular de manera sostenida la transformación material con una transformación subjetiva.

De que los imperios existen, no hay duda, que se reparten el mundo y disputan recursos estratégicos no hay forma de negarlo. Pero también existe otra dimensión, menos visible y más decisiva: el tipo de la subjetividad que va ganando terreno en nuestros pueblos. Y allí es donde nuestros proyectos emancipatorios han fallado.

El petróleo no se salva: se disputa

Es obvio que la disputa sobre Venezuela no es coyuntural ni accidental. El llamado «cambio de régimen», tutelado o respaldado por potencias, no responde a una preocupación genuina por la democracia. Es, ante todo, administración del territorio y de los recursos energéticos. Se sabe que Estados Unidos busca asegurar control directo y condicional sobre el petróleo; a su vez, Rusia y China reconfiguran sus prioridades geopolíticas sin convertirse, en ningún caso, en aliados de los pueblos latinoamericanos, porque, como siempre, el imperialismo no opera por valores sino por correlaciones de fuerza. El petróleo no genera solidaridad, genera interés estratégico.

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AME2147. NUEVA YORK (ESTADOS UNIDOS), 04/01/2026.- Una persona sostiene un cartel durante una protesta frente al Centro Metropolitano de Detención de Brooklyn (MDC), donde se encuentra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, este domingo en Nueva York (EE.UU.). EFE/ Angel Colmenares
AME2147. NUEVA YORK (ESTADOS UNIDOS), 04/01/2026.- Una persona sostiene un cartel durante una protesta frente al Centro Metropolitano de Detención de Brooklyn (MDC), donde se encuentra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, este domingo en Nueva York (EE.UU.). EFE/ Angel Colmenares

Por eso, las narrativas sobre legalidad internacional, institucionalidad global o multilateralismo aparecen hoy como pedestales vacíos. El poder real lo ejerce quien puede imponer fuerza material sobre el tablero global, aunque esto represente también un signo de desesperación material, como lo hacen ver sesudos análisis que se reproducen por doquier.

Sin embargo, hay una dimensión que rara vez se coloca en el centro del análisis. Si nos quedamos solo en la denuncia geopolítica –«lo que hace Estados Unidos», «lo que hará China», etc.– eludimos preguntas más difíciles, tales como: ¿por qué nuestras sociedades no transforman esa evidencia brutal e imperial en proyecto histórico colectivo? ¿Por qué, incluso frente a intereses externos evidentes, amplios sectores sociales permanecen atrapados en el consumismo, en identidades fragmentadas, en solidaridades parciales y en la lógica del mercado como brújula moral? ¿Por qué muchos venezolanos llegan a afirmar que prefieren que tomen sus recursos naturales a cambio de libertad? ¿Por qué se internaliza con tanta facilidad la narrativa del vencedor?

Aquí emerge el núcleo del problema: la dominación no es solo territorial o económica; es también, y sobre todo, simbólica y subjetiva.

Sujetos de mercado<b> </b>

Sería deshonesto negarlo. Los gobiernos progresistas y de izquierda lograron avances reales en la región: redujeron la pobreza material, ampliaron el acceso a bienes básicos, a la alimentación, a la salud y a ciertos derechos sociales. Esto ocurrió en Venezuela bajo el liderazgo de Chávez, en Bolivia durante el gobierno de Evo Morales, en Ecuador con Rafael Correa, en Brasil con Lula da Silva, en Argentina y en otros países de la región.

El esquema de los buenos años fue claro: Redistribución de ingresos → Acceso a bienes básicos → Reducción de la pobreza material. Eso fue un avance histórico, pero tuvo un límite estructural: la redistribución de bienes sin transformación de la subjetividad.

Movilización contra la captura de Maduro y la injerencia estadounidense en Asunción.
Movilización contra la captura de Maduro y la injerencia estadounidense en Asunción.

La izquierda latinoamericana apostó a la redistribución económica, pero no disputó con la misma intensidad la formación de conciencias. Sacó a miles de personas de la pobreza, pero no las sacó del imaginario neoliberal.

Así se produjo una paradoja decisiva: las mayorías populares salen de la miseria → Acceden al consumo → Interiorizan el deseo consumista → Se vuelven culturalmente neoliberales. En esta lógica, los sujetos dejan de ser pobres, pero no dejan de ser sujetos del mercado.

Como escribió Marx en La ideología alemana: «Las ideas de la clase dominante son, en cada época, las ideas dominantes; es decir, la clase que es la fuerza material dominante de la sociedad es, al mismo tiempo, su fuerza espiritual dominante».

Con todo, las izquierdas modificaron parcialmente la distribución de bienes, pero no disputaron seriamente la producción de ideas, deseos, aspiraciones y sentidos comunes. Por ello, cuando el ciclo económico se agotó –como es el caso paradigmático de Argentina y Venezuela– ese mismo sujeto giró políticamente contra quienes lo habían sacado de la pobreza. No por traición moral, sino por formación cultural.

Populismo sin pedagogía

Además, muchos gobiernos progresistas fueron más populistas que pedagógicos. Prefirieron la legitimidad del beneficio inmediato antes que la construcción paciente de conciencia crítica. Paulo Freire lo advirtió con claridad: «Nadie libera a nadie, nadie se libera solo; los hombres se liberan en comunión».

Protesta en Buenos Aires contra la intervención estadounidense en Venezuela.
Protesta en Buenos Aires contra la intervención estadounidense en Venezuela.

Pero esa comunión requiere educación crítica, no solo transferencias. En demasiados casos, la educación fue secundaria, instrumental o meramente ideologizada, no formativa en sentido profundo. Se enseñó a sobrevivir dentro del sistema, no a pensarlo ni a transformarlo.

A este déficit estructural se sumaron dos factores devastadores, primero, la presión externa, las sanciones, bloqueos financieros y aislamientos diplomáticos que destruyen economías reales y golpean principalmente a los pueblos. Segundo, la deriva autoritaria interna con la que muchos gobiernos respondieron a esa presión, lo que implicó cierre político, concentración de poder y debilitamiento institucional.

El resultado fue un círculo vicioso: Presión externa → Crisis económica → Autoritarismo → Más aislamiento → Más crisis.

Ese circuito erosiona la legitimidad popular, destruye el tejido social y, sobre todo, expulsa población, como se vio y se ve en Venezuela.

Como explicó Gramsci, la hegemonía no es solo dominación económica, sino dirección cultural y moral. Byung-Chul Han lo formula en clave contemporánea: «El neoliberalismo no domina reprimiendo, sino seduciendo». Seduce con consumo, éxito individual, meritocracia y competencia. Mientras no se dispute ese terreno, no hay emancipación posible. El problema, entonces, no es solo Maduro, ni Trump, ni el petróleo, ni China o Rusia. El problema también es que no hemos logrado formar un sujeto histórico solidario, crítico y comunitario.

En esa línea, el maestro Enrique Dussel lo repitió muchas veces: «La liberación no es solo económica ni política, es también ética, cultural y civilizatoria». Sin esa dimensión, toda victoria es provisoria y toda redistribución es reversible.

Utopía, subjetividad y emancipación

En este contexto, nuestra apuesta por la utopía intenta ser un horizonte que ordena la acción. Sin utopía, solo hay administración del presente y sin formación de la subjetividad, solo hay repetición del mercado. Es decir, sin pueblo consciente, no hay emancipación posible.

Nuestra América no se construirá porque «otro» la haga por nosotros –ni la ONU, ni las potencias, ni la izquierda institucional–. Solo puede construirse desde abajo, resignificando nuestras prácticas culturales, nuestros deseos, nuestra idea de felicidad, de éxito, de vida buena, de comunidad y de futuro.

Construir otra geopolítica es también construir otro sujeto. De ahí es que afirmamos que no hay emancipación posible sin cambio material, pero tampoco sin cambio en el imaginario cultural de los pueblos.

Y esa batalla no se libra en los palacios, sino en las escuelas, en los barrios, en los medios, en la cultura y en la conciencia. Ahí es donde todavía estamos perdiendo y ahí, precisamente, es donde todavía podemos empezar a ganar.

Frontera de Venezuela con Colombia, enero de 2026
Frontera de Venezuela con Colombia, enero de 2026

*Cristian Andino es profesor de Filosofía y Educación Ética y Ciudadana por el ISEHF (Universidad Jesuita del Paraguay), licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Asunción, magister en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Asunción, doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Desarrollo Sustentable, vicerrector de Investigación, Extensión y Posgrado de la Universidad La Paz (Ciudad del Este), investigador del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF) y docente universitario. Ha publicado Logos Guaraní. Apuntes para un pensamiento ético-político paraguayo (Ceaduc, 2019).

Prof. Cristian Andino
Prof. Cristian Andino