Para Lupita Zavaleta, por más dulces e historias.
«Amo la Nada, porque la Nada es Todo, y el Todo soy yo cuando pienso y amo».
Teresa Wilms Montt.

Cuando los turistas llegan a París suelen visitar el cementerio del Père-Lachaise. Una tumba aquí, otra allá. ¡Tan cerca de los restos de Oscar Wilde! ¡De Gertrud Stein! Celebridades muertas que reciben bolígrafos, piedras, flores, castañas, un sinnúmero de recuerdos que pretenden honrar su memoria. Hace poco más de 100 años, con una depresión galopante, la poeta Teresa Wilms Montt escribirá esta nota antes de suicidarse. Tenía 28 años y dos hijas:
Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy
París
Quiero reposar en la tierra solamente envuelta en una sábana o si es posible en un pedazo de tierra de la fosa común…
Dejo a mis hijas Elisa y Sylvia todas mis buenas intenciones; es lo único que poseo y mi único tesoro.
Me siento mal físicamente. Nunca he tributado a mi cuerpo el honor de tomar su vida en serio, por consiguiente no he de lamentar el que ella me abandone.
Vida, sonriendo de tu tristeza me duermo y de tus celos de madre adoptiva. En tus ojos profundos ha rebrillado inconfundible la iniciativa de mi ser astral.
Solo una vez más se filtrará mi espíritu por tus alambiques de arcilla.
Vida, fuiste regia, en el rudo hueco de tu seno me abrigaste como al mar y, como a él tempestades me diste y belleza.
Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había.
Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido.

En una librería del distrito Yangpu, en Shanghai, encuentro una edición de Teresa en chino. Me sorprendo un poco y caigo en la cuenta de que ya desde los años cuarenta su obra circulaba en China bajo el título de That which has not been told en dos ediciones de autor. La primera publicada por Hankow Herald en 1931 en Hankou; la segunda, por Chiu Yin Book Company en 1940 en Shanghai. Le escribo apresuradamente a la dramaturga chilena Lucía de la Mazaparís (sin la cual no hubieran sido posibles estas palabras) y gracias a ella me entero de que los restos de la poeta están en el Père-Lachaise. Lo que no sé es dónde. Es noviembre en París, el cielo está nublado y hay amenaza de lluvia. Al entrar al Père-Lachaise hay señalizaciones, un código QR para tener un mapa interactivo en el teléfono, la lista de artistas enterrados allí. Al buscar los apellidos de Teresa entre los famosos, no aparece nada, no hay un solo rastro que indique dónde se encuentra su tumba.
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Es 8 de septiembre de 1893 y Teresa nace en Viña del Mar —finjo entonces una falsa ruta, les hablo a estudiantes imaginarios, a turistas distraídos, a otras personas que como tú y como yo se están arrojando desmesuradamente a la vida—. Siempre vivió rodeada de lujos al provenir de una familia de aristócratas: institutrices extranjeras, clases de canto, de música... Con apenas diecisiete años se casó con Gustavo Balmaceda Valdés, sobrino del presidente José Manuel Balmaceda. Al poco tiempo inicia una relación con su amante Vicente Balmaceda Zañartu, primo de su esposo. Los celos de su marido son insostenibles, la humilla y la golpea con frecuencia. En 1915, su marido encuentra su correspondencia con Vicente, lo que genera un gran escándalo. El resultado: Teresa es encerrada en el Convento de la Preciosa Sangre el 18 de octubre de ese mismo año a las siete de la mañana. A duras penas se le permite ver a sus hijas y recibir las visitas de algunos amigos, como Vicente Huidobro o Paul Garnery. En el encierro empieza a escribir con intensidad. Un año después, el 29 de marzo de 1916, intenta suicidarse tomando un frasco de morfina. Debido a la presión social y familiar, corta su relación con Vicente Balmaceda. Gracias a la ayuda de Huidobro consigue huir del convento haciéndose pasar por viuda y juntos llegan a Buenos Aires, donde logra asentarse varios años. En la capital argentina colabora con la revista Nosotros. El 26 de agosto de 1917, Teresa vive uno de los episodios más terribles de su vida: Horacio Ramos Mejía, a quien eternizó como Anuarí, se corta las venas en su casa de Ayacucho 1022 al ser rechazado por ella. Este acontecimiento la acompañará en su vida y en su obra por siempre. Ese mismo año va a Nueva York en el buque Vestris, pretende servir como voluntaria de la Cruz Roja y en el trayecto intenta suicidarse nuevamente arrojándose al mar, pero se lo impiden. Al llegar la acusan de espionaje, la encarcelan y la liberan dos días después. Decide ir a Madrid, donde se ve con Vicente Huidobro y Edwards Bello. En la capital española entabla amistad con Gómez de la Serna y publica su tercer libro: En la quietud del mármol. Unos meses después vería la luz Anuarí. En 1919 retorna a Argentina y publica su último libro: Cuentos para los hombres que todavía son niños. Al poco tiempo parte a Europa y pasea por Londres y Liverpool para finalmente volver a establecerse en Madrid. Sin embargo, recibe una noticia de Rosa Montes (la criada de Iquique) que trastoca todo su universo: José Ramón Balmaceda (su suegro) y toda la familia se trasladan a París. Eso significa que sus hijas también van a Europa y Teresa —sin dudarlo— toma un tren a la ciudad luz. Ahí logra establecer relaciones con Breton, Éluard, Max Ernst y se instala en el corazón de París: en el hotel Daunou.

Años más tarde, Ruth González Vergara dialogó con las hijas de la poeta. Elisa, la mayor, dijo: «Nosotras éramos dos niñitas que no sabíamos que teníamos una madre [...]. No teníamos ningún contacto con mi mamá Teresa. Y mediante esas almas caritativas de mi mama Rosa y algunos criados de los Balmaceda pudimos encontrarnos con ella en los jardines. Fue un verdadero complot. Estábamos sentadas entre flores, en el Trocadero, cuando apareció nuestra madre, con una capa y un sombrerito con un alfiler, que casi se le caía. La vi muy hermosa. Se me cerró todo: el estómago, el esófago, porque era una emoción biológica, era la emoción total». Sylvia, su hija menor, diría: «La primera vez que la vi, en París, fue una impresión muy grande. Yo tenía seis o siete años. Con mi hermana y mi mamita íbamos por Les Champs Elysées cuando se detuvo un taxi y nos hizo señas una mujer con una capelina negra. Nos acercamos. Yo la quedé mirando abismada de su belleza [...]. No sabía que era mi madre. Se acercó para abrazarme y me dijo: “Mi amor, yo soy tu mamá”». En octubre de 1921, sin aviso, su suegro regresa con sus hijas a Chile dejándola destruida. El jueves 21 de diciembre de ese mismo año intenta suicidarse de nuevo con una dosis de veronal. Es encontrada al día siguiente por su amiga Marguerite. El 24 de diciembre de 1921 muere en el hospital Laënnec de la calle Sèvres. Es cierto que en la obra de Teresa Wilms Montt hay un sentimiento de no pertenencia, es como si no quisiese que la encontraran. También es cierto que su figura ha sido romantizada por el suicidio; durante mucho tiempo se le ha reducido a una lectura biográfica. Rosa García Gutiérrez ha afirmado: «no hay evocación de la época sin referencia a su belleza física, exotizada o demonizada, y casi todas menosprecian o ignoran su obra». Eso hoy ha cambiado. En sus poemas, Teresa Wilms Montt ansía la muerte, incluso la erotiza; siempre termina aceptándola. Su amor es paradójico: es Eros y Tánatos. La estética de lo macabro reina en su poesía y la muerte confluye con el paisaje. Será en sus diarios donde Teresa deje gran parte de su vida, y es justamente en su escritura donde reside su gloria. Que sea su poesía la que nos lleve a cuestionar los moldes literarios y sociales de todos los tiempos.
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Por las callejuelas del cementerio se pueden ver estudiantes acompañados de sus maestros rumbo a la tumba de Edith Piaf o Apollinaire, charlando, rememorándolos, cantando sus canciones, leyendo sus poemas, hablando de sus vidas mientras los cuervos revolotean, graznan o se posan en tumbas, árboles o farolas. Entonces imagino a Teresa deambulando por encima de las hojas amarillas, le pido que me brinde lo que sea para poder llegar hasta sus restos. Buscando en internet logro hallar un artículo sobre personajes chilenos enterrados en el Père-Lachaise, y al fin encuentro una pista: Teresa está enterrada en algún lugar de la división 82. No hay fotos; solo se menciona que no es una tumba pomposa. Nada más. Ante esto, lo único que puedo hacer es ir por los recovecos del Père-Lachaise hasta llegar a la división indicada. ¿Cómo encontrar una tumba entre 70.000? Diseñado en 1804 por A. T. Brongniario, el cementerio Père-Lachaise es uno de los espacios verdes más grandes de Francia. Ese mismo año se construyeron el Cementerio de Montmartre y el de Montparnasse. Treinta minutos después llegué a la división 82 y decidí buscar tumba por tumba, recorrer todo el espacio, en diagonal, de arriba hacia abajo, para encontrar a Teresa. Casi rendido, cierro los ojos, miro a mi derecha. Sin querer estaba en el centro de la división 82. La primera tumba que salta a mi vista es la de Teresa; la reconozco por las pocas fotografías que circulan en la web. Sé que es ella, quiero saltar, quiero llorar, y salto y lloro. No podía volver a Madrid sin haberle dado las gracias, no podía haber sido en vano recorrer la Avenue des Thuyas en el cementerio en busca de un cuerpo hecho polvo que amó y vivió, que venía del futuro. No podía decirle gracias sin contarle que ahora leen sus poemas a pesar de que fue «crucificada, muerta y sepultada». Tenía que decirle que ya no es más la musa o femme fatale, sino la obra en sí misma. Ahí estaba Teresa, entre la tumba de la Famille Rey Penchenat y la Famille Baduel. A pocos metros también descansa el ingeniero Fulgence Bienvenüe, cuyo nombre sí aparece en el listado de personalidades del Père-Lachaise. La tumba de Teresa es baja, en el centro hay una cruz. Alejandra Costamagna la recuerda así: «La mujer que escribió siempre a contrapelo, que odiaba el verbo obedecer; la mujer que veía su alma como “un palacio de piedra donde habitan los ausentes”; la escritora que habló de amores arrancados en capullo y cunas como féretros, fue enterrada el 30 de diciembre de 1921 en el cementerio Père Lachaise. A pocos metros de Oscar Wilde, no muy lejos de Edith Piaf y Molière. A un costado de los amantes Eloísa y Abelardo, en la división 82 del antiguo camposanto. Es una tumba gris, de paredes lisas y limpias, como todas las tumbas, con una inscripción de honor en letra firme: “Teresa Wilms Montt: Egregia Escritora Chilena”…». Esa inscripción ha desaparecido, solo hay señales, huecos, vocales agrietadas. Sobre la cruz hay algunas macetas, un bolígrafo, flores. Además, hay dos placas recordatorias. Una de ellas la pusieron sus hijas, Sylvia Balmaceda Wilms y Elisa Wolkonsky Wilms. También aparece el nombre de su biógrafa, Ruth Gonzalez Vergara. Se instaló en octubre de 1993. La otra placa es del Ajuntament de Sant Pere Pescador, desde Girona, España. Esa es la tumba de Teresa Wilms Montt y estos son los hechos. O como diría Teresa: «Solo existe una verdad tan grande como el sol: la muerte». Al fin te he encontrado, Teresa. A tu salud y tu memoria, quiltrilla guacha.

Referencias<b> </b>
Wilms Montt, T. (2022). Diarios íntimos. Alquimia Ediciones y Pepitas ed.
Wilms Montt, T. (2023). Obras completas. Editorial Renacimiento.
*Gian Pierre Codarlupo Alvarado (Paita, 1997) es licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad Nacional de Piura, escritor, periodista, miembro del equipo editorial de la revista cultural chilena Mal de Ojo y de la Editorial Conunhueno, de Valparaíso, y corresponsal en el extranjero de El Suplemento Cultural. Ha publicado el poemario Caída de un pájaro en el mar (Universidad Nacional de Piura, 2018). Actualmente, vive en Madrid.

