«Ser mujer» no es otra cosa que ocupar un lugar en la estructura de un sistema de diferenciación sexogenérico establecido para organizar y reproducir las desigualdades generadas por cada modo histórico de producción. A despecho de la marca morfológica impresa en él por sus caracteres sexuales primarios y secundarios, el cuerpo es solo un signo, como muchos, que la sociedad de clases elige precisamente por su engañosa transparencia, su ilusoria nitidez, la falsa sensación de autoevidencia de su materialidad supuestamente incontestable.
Se sostiene en tales supuestas certezas el esencialismo biológico, que cree que los problemas de la identidad de género se resuelven negando su existencia («si tiene pene, es hombre; si tiene vagina, es mujer»). No hay, sin embargo, fuera de la sociedad humana –es decir, fuera de nuestra imaginación– nada como una «naturaleza femenina», nada como un «ser mujer»: esa presunta «naturaleza» es el reflejo de un artificio, de un lugar asignado, con mayor o menor facilidad, dentro de un sistema jerárquico. No es tu cuerpo lo que te hace eso que nuestro mundo entiende por «mujer», sino el modo en que la sociedad interpreta tu cuerpo y lo utiliza para colocarte en una posición subordinada. Comprender esto debería ser fundamental para ti; sin ello, estarás inerme ante la misoginia que lo permea todo y terminarás odiándote y traicionándote, porque el negro que no despierta («Stay woke», decía Lead Belly) sucumbe al racismo.
Go to Alabama and ya better watch out
The landlord’ll get ya, gonna jump and shout
Scottsboro Scottsboro Scottsboro boys
Tell ya what it all about…
El bluesman Huddie Ledbetter, más conocido como Lead Belly, cantó así la historia de nueve adolescentes negros acusados falsamente por un grupo de chicos blancos de haber violado a dos mujeres blancas en Scottsboro, Arkansas. Fueron declarados culpables por un jurado compuesto exclusivamente por blancos. Lead Belly les dedicó en 1938 esa canción, «Scottsboro Boys», y antes de cantarla dijo esa frase:
–Stay woke.
La sombra de los Scottsboro Boys planea sobre la novela de Harper Lee Matar a un ruiseñor. No solo rodea esa sombra de funestos presagios al negro Tom, sino a todos los que no encajan bien del todo u ocupan puestos inferiores en las jerarquías de la comunidad, incluyendo a la narradora en primera persona y alter ego de la autora, Scout, y su amigo Dill, demasiado singulares para ser «la mujercita» y «el hombrecito» perfectos, y al padre de Scout, Atticus, demasiado recto en comparación con los demás adultos, y, por supuesto, a mi personaje favorito, Boo Radley.

Está claro que Harper Lee sabía muy bien lo que significa ser «una mujer», o un raro, o un negro (o, peor aún, un negro raro, o una mujer rara): significa que te corresponde un lugar subordinado dentro de un orden jerárquico, y eso, por supuesto, siempre es peligroso.
Pero no hay en esto nada «natural». Es pura ideología, en el peor sentido de la palabra. De ahí que el «terfismo», el feminismo radical transexcluyente –trans-exclusionary radical feminism–, sea en realidad, a pesar de su nombre, antifeminismo. Es el antifeminismo con retórica feminista de un sector que en su origen pudo estar integrado al resto del movimiento pero que se dejó permear por la misoginia al punto de volverse incapaz de imaginar un feminismo más allá de ese esencialismo biologicista que es uno de los pilares del patriarcado, al cual, paradójicamente, cree combatir, cuando lo que hace es apuntalarlo, porque, a fin de cuentas, defender el sistema de diferenciación sexogenérico en pleno 2026 solo puede formar parte de la ofensiva de la ideología burguesa en el marco del auge global de la ultraderecha. Vemos, así, que terfismo y patriarcado coinciden en la transfobia. Más aún, que la transfobia es el punto en que terfismo y fascismo se sonríen mutuamente y se convierten en aliados.
Tom, los Scottsboro Boys, la demasiado rebelde e inteligente Scout, el demasiado sensible Dill, el demasiado bueno Boo y todos los raros y raras de este mundo deberían escuchar el consejo de Lead Belly, mantenerse despiertos y no dejarse engañar. Ser negros, ser mujeres, ¿qué significa, qué implica, qué características nos niega, qué características nos atribuye, y por qué y para qué nos las atribuye? Sea por lo que sea, recordemos siempre que nadie tiene derecho a definirnos, salvo nosotros mismos, en nuestro fuero interno (si es que a nosotros nos apetece hacerlo). Y si eres mujer, cada vez que lo intenten ten presentes las palabras de Kim Gordon: «Las mujeres son anarquistas y revolucionarias naturales porque siempre han sido ciudadanas de segunda clase que han tenido que abrirse camino a zarpazos».

