Violencia, sexo y poder

"Der Ursprung der Familie, des Privateigentums und des Staats", de Friedrich Engels, en una edición alemana de 1946
"Der Ursprung der Familie, des Privateigentums und des Staats" (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado), de Friedrich Engels, en una edición alemana de 1946

En el Día Internacional de la Mujer, hablamos de la configuración patriarcal de las relaciones de dominación.

En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), Friedrich Engels remontó el nacimiento de lo que suelo llamar la configuración patriarcal de las relaciones de poder a las primeras sociedades organizadas sobre la base del patriarcado y la propiedad privada. De este sistema de dominación sexogenérico que prevalece hasta hoy forman parte lo que el antropólogo John Money bautizó en 1955 como gender rolesroles de género»), es decir, el conjunto de comportamientos asignados culturalmente a hombres y mujeres. Esto es importante porque, como la configuración patriarcal de las relaciones de poder (Engels) y los roles de género (Money) son parte esencial de nuestra cultura, la violencia implícita en las relaciones de género socialmente aceptadas se internaliza en el proceso de constitución de la subjetividad, a tal punto que la mayoría de sus manifestaciones no son reconocidas como violencia, ni siquiera por quienes las sufren.

La violencia latente e implícita en la configuración patriarcal de las relaciones de poder puede y suele traducirse en actos de violencia patente y explícita. En esos casos, es posible reconocerla, señalarla e incluso tipificarla legalmente como delito. Pero ni toda violencia es patente, ni toda violencia patente es reconocida como tal o está tipificada como delito, y la violencia de género supone una amenaza cotidiana, y tan larga como la vida misma, para las personas situadas en el rango jerárquicamente inferior de dichas relaciones de poder.

Hay, pues, una violencia estructural en la configuración sexual del poder. La palabra «violencia» deriva del sustantivo latino vis (fuerza) y de latus, participio pasado del verbo ferus (llevar); de modo que, en sentido etimológico, la violencia es el empleo de la propia fuerza sobre otro (es decir, el acto de llevar, ferus, la propia vis a otro, sobreentendiéndose que para imponerle algo). La violencia latente ligada al género recorre todas nuestras relaciones personales, desde la niñez.

"Der Ursprung der Familie, des Privateigentums und des Staats", de Friedrich Engels, en una edición alemana de 1946
En "Der Ursprung der Familie, des Privateigentums und des Staats" (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884), Friedrich Engels remontó el nacimiento de la configuración patriarcal de las relaciones de poder a las primeras sociedades organizadas sobre la base del patriarcado y la propiedad privada.

La utilidad del llamado «enfoque de género» reside en su carácter de herramienta para entender tanto la construcción cultural de la identidad personal como los procesos históricos de creación y legitimación de jerarquías y relaciones de poder en todas las sociedades humanas. La noción de «género», categoría de análisis aceptada por consenso en ámbitos académicos, genera un rechazo casi instintivo en la ultraderecha: que los defensores de la Familia y la Patria nieguen –y, desde el Estado, incluso censuren– el conocimiento del carácter cultural e histórico de estos constructos para ellos sagrados es lógico, ya que ese conocimiento permite poner en cuestión las creencias deterministas que apuntalan su dominación de clase.

Una de las formas de violencia de género reconocidas y penalizadas es la violencia sexual. La inmensa mayoría de las víctimas de violencia sexual son mujeres. En las víctimas masculinas se percibe socialmente un ultraje a su «virilidad», una «feminización» degradante; que existan, por ende, no refuta sino que confirma que la violencia sexual está ligada al sistema de relaciones de poder basado en el género. Si bien la violencia sexual se ha construido culturalmente como una «prueba» de lo «imperioso» del «instinto» del varón –en la inmensa mayoría de los casos es cometida por hombres–, el afán de sometimiento que demuestra remite a ideales «masculinos»: fuerza, superioridad, poder. Más que a una urgencia propiamente «sexual», obedece al afán de someter.

Por eso, en la sociedad patriarcal la violencia sexual no supone un estigma para el criminal, sino para la víctima.

Si la víctima es un hombre, queda ridiculizado, «rebajado» al nivel de una mujer por el que lo ha sometido. Si es homosexual, recibe la «lección» de ser «tratado como mujer» (es decir, de modo humillante) por no haber sabido «comportarse como hombre». Similares connotaciones tiene que sea transgénero. Si es una niña, queda confirmada en su debilidad y carácter subordinado. Si es un niño o adolescente, se suman dudas sobre su identidad sexual (los niños poco «masculinos» son blancos predilectos de esta forma de violencia).

Imagen sin descripción

Pero el caso más trágico es también el más frecuente: la violencia sexual contra las mujeres. Bajo las premisas del determinismo biológico –obsoleto científicamente pero culturalmente vigente–, según las cuales los hombres «no pueden controlar» sus impulsos sexuales, cuando la víctima de violencia sexual es una mujer, la responsabilidad de provocar esos «incontrolables» deseos recae en ella. Hay que decir que esta cruel paradoja no siempre se enuncia en alta voz, sino que con frecuencia se impone tácitamente; que no necesariamente es consciente, sino que también puede quedar sumida en lo más hondo del psiquismo; que no procede solamente del exterior, sino que simultáneamente viene del propio fuero interno de la víctima, vuelta contra sí misma desde el núcleo de su propia psiquis, pues la enorme fuerza destructiva de los estereotipos de género se debe a la internalización inconsciente de la misoginia por parte de las mujeres desde la cuna.

En estos delitos se hace visible por un momento una violencia estructural usualmente oculta. Se los criminaliza o patologiza para llevarlos al terreno de lo excepcional o lo monstruoso a fin de desalentar la crítica a las relaciones de poder que los hacen posibles, quizá inevitables. Cuando estas relaciones de poder –o cualquiera de sus mil perversas y poliformas expresiones, desde la sacrosanta Familia («mamá, papá, hijitos», como la definió memorablemente algún ministro de Educación paraguayo) hasta el acoso callejero son idealizadas, promovidas, defendidas como emblemas de una supuesta «identidad nacional» o una supuesta «cultura popular» o una supuesta «tradición ancestral» o cualquier otro sintagma propagandístico de lo local, lo que realmente se está legitimando es un sistema de dominación y subordinación que ha prevalecido históricamente a nivel global. Pero esto es lo de menos. Solo lo menciono porque toda paradoja es divertida. Lo importante es que el enorme daño que los delitos sexuales suponen para las mujeres revela que la vergüenza y la estigmatización inconfesable que las marca como víctimas no instala sino que tan solo refuerza el venenoso entramado material y simbólico previamente existente de un sistema de creencias, actitudes y valores contrario al principio de la igualdad en dignidad y en derechos de todas las personas sin distinción, principio que funda teóricamente las democracias modernas.

Fusil al hombro.

Dónde denunciar hechos de violencia contra la mujer

Si sos víctima o tenés conocimiento de un caso de violencia contra la mujer llamá al 137 “SOS mujer”. Tiene cobertura nacional las 24 horas, todos los días, y es gratuita.