Non voglio morire… la anciana pronunció estas palabras en una lengua foránea con expresión desesperada. Isabel, la enfermera, la ayudó delicadamente a cubrirse con las frazadas y pensó que era muy triste ver morir a una extranjera lejos de su patria. Sin embargo, esa anciana que clavaba en ella sus grandes ojos negros –esos ojos que ahora estaban encendidos con la luz del entendimiento, porque Isabel la miraba con la ternura que nace de la empatía y de la solidaridad entre los seres humanos– era paraguaya.
–Mamita, hacé que me lleven a mi casa –le suplicó–, che a manosé che rupape. Ahechase la che planta kuera, ahetuse la che rosa...
Isabel atinó a abrazarla y la acunó en sus brazos hasta que la anciana pareció calmarse, soñando quizá –pensó Isabel– que era joven y que estaba sana. Isabel guardó silencio para no turbarla. De pronto, su paciente comenzó a murmurar y cantar algo en voz apenas audible, a entonar una canzoneta italiana que su tío Arnaldo le había enseñado cuando era pequeña, cuando era la niña mimada que conseguía todo lo que quería con solo pedirlo, cuando era la reina de la casa.
¡La casa…!
¿Por qué no estaba en casa? Su tío le enseñó a cantar la canzoneta… ¿Qué había sucedido desde entonces?

¡Luego habían pasado tantas cosas! No las recordaba bien… Lloró, gimió pidiendo ayuda para atravesar el desierto de la ausencia, para aguantar los días áridos y sin palabras, sin abrazos. Ella caminó sobre arenas que quemaban sus pies como si fueran carbones encendidos… Fueron muy largas y angustiosas esas jornadas sin poder alcanzar otra vez el extraviado refugio del hogar, de su casita de Lambaré.
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La anciana no sabe dónde está ahora... parece un hospital, y van a curarla.
La nostalgia no se cura.
La soledad tampoco.
Se puede estar entre cientos de personas y ninguna sirve para apagar ese fuego lacerante que arde en el pecho.
La enfermera Isabel observa que su paciente se ha quedado dormida, así que retira sus brazos con suavidad para no despertarla y la recuesta cuidadosamente sobre la almohada…
Pero Isabel se equivoca: la anciana no está dormida, está corriendo como el viento a través de los verdes prados, saltando sobre los blandos pastos, atravesando el monte a grandes pasos, volando casi, en aras del deseo de regresar a su casa, de volver a su jardín de Lambaré.

Al fin, feliz, jadeante, divisa a lo lejos la añorada galería delantera, con su fresca sombra, así que sigue corriendo, impulsada por la impaciencia, y al llegar al conocido caminito del jardín, entre los arbustos, y acercarse a los escalones de la entrada encuentra en la galería gente esperándola, gente que sale a recibirla con los brazos abiertos: son sus hermanos y sus hermanas, y sus padres, que se muestran tan cariñosos, tan despreocupados y tan alegres como si no estuvieran muertos.
Non voglio morire, había dicho su paciente, en cuyo rostro se quedó grabado un inexplicable ensayo de sonrisa. Non voglio morire, «pero la enfermera no fue capaz de cumplirle ese deseo», piensa tristemente Isabel, y le cierra los ojos mientras desde los suyos las lágrimas se deslizan lentamente hasta sus labios, que entienden y musitan:
–Ella no quería morir.

*Lita Pérez Cáceres (María Amelia Sabina Pérez de Cabral, Asunción, Paraguay, 1940) es escritora y periodista. Ha trabajado en los diarios Noticias, ABC Color, Hoy y La Nación, entre otros, ha conducido programas de radio en las emisoras Ñandutí y Chaco Boreal y ha publicado María Magdalena María (Intercontinental, 1997), Encaje secreto (Intercontinental, 2002), Mi vida con Herminio Giménez (Servilibro, 2005), Cuentos del 47 y de la dictadura (Criterio, 2008), Cartas de amor y otros cuentos (Fausto, 2010; Premio Roque Gaona de la Sociedad de Escritores del Paraguay), Memorias de Areguá (Criterio, 2015), Circo Desolación (Servilibro, 2012), Sueños a la intemperie (Servilibro, 2016), Mestiza (Servilibro, 2023), Cartas a Fernando (Fausto, 2024) y Locas de amor (Fausto, 2025), entre otros libros.

