La guerra que vuelve cuando conviene

Trinchera paraguaya en la batalla de Curupayty (detalle). Detalle de un cuadro de Cándido López.
Trinchera paraguaya en la batalla de Curupayty (detalle). Detalle de un cuadro de Cándido López.

«La verdadera farsa es desviar el foco del debate hacia precisiones cronológicas o anecdóticas y olvidarnos deliberadamente de plantear quién, y al servicio de qué interés, ejerce el poder».

Que el pasado vuelve siempre al debate público parece una obviedad. Lo interesante es preguntar quién lo hace volver y con qué intereses. En El 18 Brumario de Luis Bonaparte Marx escribió la famosa frase, repetida tantas veces, de que la historia ocurre dos veces: primero como tragedia y luego como farsa.

No se refería a que los hechos se repitan mecánicamente, sino a que las sociedades suelen representar nuevamente conflictos ya vividos, aunque ahora vaciados de su densidad histórica. En la misma línea, hoy podría decirse que determinados poderes saben exactamente cuándo convocar hechos históricos para legitimar las disputas del presente.

La polémica desatada hace unos días por las declaraciones de Luiz Inácio Lula da Silva sobre la Guerra de la Triple Alianza constituye un buen ejemplo de ello y su importancia excede la precisión –o imprecisión– de una frase presidencial. La cuestión de fondo de sus declaraciones no es lo que dijo acerca del siglo XIX, sino lo que nos confirma sobre el Paraguay del siglo XXI. Porque, mientras discutimos quién cruzó primero unos linderos hace más de ciento cincuenta años, somos testigos hoy de una transgresión total de nuestras fronteras sin necesidad de ejércitos.

Que la Guerra de la Triple Alianza fue una tragedia, no hay forma de dudarlo. Lo fue para el Paraguay, para Sudamérica y para toda una generación que vio desaparecer un país tal como lo conocía. Ninguna simplificación histórica puede reducir aquel proceso a la ocurrencia de un gobernante o a un episodio aislado.

Pero, como toda guerra, fue el resultado de intereses regionales, disputas políticas, errores de cálculo, proyectos imperiales y decisiones concretas de actores concretos. Reconocer esa complejidad no significa justificar el exterminio del Paraguay ni absolver a quienes condujeron al país hacia el desastre. Significa, simplemente, negarse a convertir la historia en un cuento moralista donde unos encarnan toda la inocencia y otros toda la culpa.

Documento oficial del Congreso con encabezado sobre el Centenario de la Paz del Chaco, fechado el 28 de julio de 2026.
La Cámara de Diputados del Paraguay emite un documento oficial en repudio a Luis Inácio Lula Da Silva.

La farsa comienza, precisamente, cuando una tragedia semejante es recuperada, siglo y medio después, para justificar un nuevo consenso militar. Las declaraciones de Lula no son relevantes únicamente por su mayor o menor precisión histórica. Lo son porque muestran que el pasado sigue siendo un recurso político. Los Estados no solo administran territorios; también administran memorias. Y pocas herramientas resultan tan eficaces como una memoria simplificada cuando se trata de construir legitimidad para las decisiones del presente.

Si en el pasado nuestra soberanía se perdió bajo el avance de los ejércitos, hoy se erosiona mediante la concentración de la tierra, la dependencia económica, el control de las cadenas productivas, el poder financiero o la capacidad de imponer determinados relatos sobre la realidad.

La ocupación extranjera contemporánea rara vez necesita soldados, le basta con administrar el horizonte de lo posible. Por eso el problema real no es solamente que Lula haya presentado una versión simplificada de la Guerra Grande para justificar su política armamentista, el fundamental problema es el uso político de esa memoria.

Brasil atraviesa un escenario internacional marcado por el deterioro del orden global, la competencia entre grandes potencias y la necesidad de fortalecer su industria de defensa. En ese contexto, Paraguay aparece como un ejemplo cómodo: un vecino pequeño, subordinado históricamente a Washington y al subimperialismo brasileño y políticamente menos costoso para construir un relato de defensa nacional.

Dudo mucho que Lula ignore la complejidad de aquella guerra, pero los discursos políticos no buscan explicar la historia; más bien buscan hacer algo con ella. El mandatario vecino necesitaba legitimar una política armamentista, como un guiño populista a un electorado bolsonarista profundamente vinculado a una cultura militarista y nacionalista.

Cinco hombres en trajes formales sentados en un despacho, con banderas de Paraguay a ambos lados y documentos sobre la mesa.
Reunión entre el embajador de Brasil en Asunción, José Antonio Marcondes de Carvalho, el vicepresidente de la República de Paraguay, Pedro Alliana, y el canciller paraguayo, Rubén Ramírez Lezcano, tras las declaraciones de Luiz Inacio Lula Da Silva, presidente de Brasil, sobre la Guerra de la Triple Alianza.

En ese contexto, Benjamín Arditi propone pensar el populismo más que como una cuestión ideológica, como un invitado incómodo de la democracia. No está fuera de ella ni necesariamente contra ella; aparece en sus bordes, la desestabiliza y reconfigura las fronteras entre el pueblo y sus adversarios. En ese sentido, el discurso de Lula puede leerse menos como una desviación ideológica que como una estrategia de articulación política.

Si Marx comprendió que la historia reaparece bajo nuevas máscaras, Paul Ricoeur mostró que toda memoria selecciona siempre tanto qué recordar como qué olvidar. Gramsci, a su vez, explicó cómo esas memorias terminan convirtiéndose en sentido común.

Entre nosotros, Barrett advirtió también que los grandes discursos patrióticos suelen convivir con formas persistentes de explotación, con lo cual nos indica que el problema nunca consiste únicamente en recordar correctamente el pasado, sino en descubrir quién administra esa memoria, quién la convierte en verdad pública y con qué finalidad.

Conviene insistir en la idea de que las guerras nunca son únicamente militares: también, y sobre todo, se libran sobre el sentido. Se disputan en los archivos, en los manuales escolares, en los discursos presidenciales y en la imaginación colectiva.

El poder rara vez necesita prohibir otras versiones de la historia; le basta con naturalizar una de ellas. Cuando dejamos de preguntarnos quién necesita determinado relato, la hegemonía ya ha cumplido su tarea.

Paul Ricoeur
Paul Ricoeur

Por eso sería un error limitar el análisis al Brasil cuando existe una tentación muy paraguaya de atribuir todos nuestros males exclusivamente a factores externos. Esa lectura resulta tan cómoda como insuficiente. La destrucción provocada por la guerra fue inmensa, pero la prolongación de muchas de sus consecuencias también fue obra de nuestras propias élites. La concentración de la tierra, la cesión de recursos estratégicos, la dependencia económica y la renuncia sistemática a construir un proyecto nacional no pueden explicarse únicamente por la voluntad de los vencedores de 1870.

También son el resultado de decisiones tomadas dentro del propio Paraguay. Una patria puede conservar su bandera, su himno y sus ceremonias oficiales mientras pierde lentamente el control de su territorio, de su economía y de las decisiones fundamentales sobre su propio destino. Esa es, quizás, la forma más sofisticada de la dependencia contemporánea: aquella que no necesita abolir los símbolos porque logra vaciar de contenido la soberanía.

Es que la forma más eficaz de dominación no consiste en impedir que un pueblo recuerde, sino en enseñarle cuidadosamente qué debe recordar y qué puede olvidar. Porque un pueblo ocupado todavía resiste mientras que un pueblo convencido de que ya no necesita pensar su propia soberanía deja incluso de advertir que ha sido derrotado.

Por eso sorprende que buena parte del nacionalismo paraguayo reserve su mayor indignación para una frase de Lula mientras permanece casi en silencio frente a la creciente concentración de la tierra, la expulsión de comunidades campesinas e indígenas, el avance de capitales transnacionales o la persistente subordinación de nuestra política exterior a la voluntad omnipotente de Donald Trump.

Si nos conmueve la memoria de la guerra y produjo un trauma colectivo del que aún no logramos recuperarnos del todo, bastante menos lo hacen las formas actuales de dependencia. Y no se trata de defender a Lula, pero tampoco de convertir a López en un héroe impecable o de repetir la vieja explicación conspirativa según la cual todos los acontecimientos obedecieron a un único centro imperial.

De lo que se trata, entonces, es de comprender que la historia nunca habla por sí sola, sino que lo hace por medio de los lentes de quienes la narran y, en ese sentido, las preguntas decisivas son quiénes orientan hoy nuestras decisiones estratégicas y quiénes fijan los límites de nuestra soberanía. Si la tragedia ocurrió en el siglo XIX, la verdadera farsa la reproducimos cotidianamente al desviar el foco del debate hacia precisiones cronológicas u anecdóticas y olvidarnos deliberadamente de plantear quién ejerce el poder, al servicio de qué interés lo hace y qué futuro consentimos con nuestros reiterados silencios.

Prof. Cristian Andino
Prof. Cristian Andino

*Cristian Andino (Asunción, 1984) es profesor de Filosofía y Educación Ética y Ciudadana por la Universidad Jesuita del Paraguay, licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Asunción, magister en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Asunción, doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Desarrollo Sustentable, vicerrector de Investigación, Extensión y Posgrado de la Universidad La Paz (Ciudad del Este), investigador del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF) y docente universitario. Ha publicado Logos Guaraní. Apuntes para un pensamiento ético-político paraguayo (Ceaduc, 2019).