Doscientos Años de Soledad

Mañana se habrán cumplido cien años de la muerte de José Enrique Rodó en Palermo, Sicilia, el 1 de mayo de 1917, efeméride que acaso le decía poco, en su fin insular en plena Guerra Europea, con una Italia que había cambiado sus alianzas, a un ensayista ya entonces mal leído, las veces que era leído.

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Cuando Isaac Behar murió en Montevideo el pasado viernes 14 de abril, habían pasado casi cien puntuales, exactos años desde la muerte de José Enrique Rodó en Palermo, Sicilia, el 1 de mayo de 1917, una efeméride socialista que acaso le decía muy poco en su febril fin insular al ensayista uruguayo, soltero y colorado. En plena Guerra Europea, con Italia que había cambiado, voltagabbana como suele ser, sus alianzas, ya por entonces Rodó era mal leído, las veces que era leído. A pesar de los esfuerzos ejemplares de tantas celebraciones, concursos y festividades, en el 2017 comienzan doscientos años de soledad para Rodó. Un autor muere dos veces cuando muere uno de sus mejores lectores, e Isaac sabía que el autor de Ariel, de Los motivos de Proteo, de El mirador de Próspero era el mayor ensayista de su país, como que Juan José Morosoli, el autor de Los albañiles de Los Tapes y de Muchachos era su más perfecto narrador.

Conversación en Sicilia 

Servicial, siempre noticiosa de verdades sospechosas, Wikipedia informa que el de Rodó ha sido un nombre favorito para bautizar parques en la muy laica República Oriental. Y que una escuela también lleva el suyo en la chilanga colonia Coyoacán. Rodó es víctima de homenajes antes que objeto de lecturas. Por una vez, la pregunta «por qué» no es difícil de contestar. Rodó es considerado una reliquia, no necesariamente venerable, de un viejo progresismo europeizante de la América del Atlántico, de los tiempos del antiguo battlismo del propio Battle, un líder tan diferente del respetable ex guerrillero tupa Mujica o del no menos respetable oncólogo moderno Vázquez, los últimos presidentes del Uruguay. Las preocupaciones de Rodó se habían vuelto poco relevantes para un debate académico en el cual las licencias y felicidades fáciles de los estudios culturales se convirtieron en las reglas imperativas que fueron la celestina del nuevo matrimonio de amor entre los medios y la academia.

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Ética sin supersticiones 

Como algunos judíos, como muchos protestantes, como ciertos otros orientales, Rodó profesó sin altanería una ética personal que repugna a las facilidades del pluralismo. Se deja resumir en un principio sólo contradictorio para los desatentos: «Es posible que nuestros actos no sean libres, pero siempre somos responsables por ellos». Para Rodó, la literatura no era culturalmente irrelevante, y pensaba que la que había nacido y medrado con el modernismo hispanoamericano podía alumbrar con una luz que le era peculiar y única los problemas sociales y sobre todo los dilemas morales del subcontinente. Pero acaso esta convicción haya bastado para volver a Rodó un muerto en vida, un fósil de aquella era en la que había profesores a quienes la literatura interesaba todavía más que la teoría literaria. No solo los estudios culturales tienen bien poco qué hacer con este peso pesado, sino que Rodó ya antes había fastidiado a las izquierdas nuevas o arcaizantes, y al formalismo de los estructuralistas, pre o post. El filósofo alemán Theodor W. Adorno y su colega Max Horkheimer (como también toda la «línea dura» de la llamada Escuela de Frankfurt) enfatizaron el propio aristocratismo cultural, pero también la subestimación de los ciudadanos (que debemos llamar hoy, desde luego, y desgraciadamente, «consumidores»). Es decir, la idea de que la persona, en el capitalismo tardío, es un sujeto tan fácil de manipular que ni parece hacer falta estudiar empíricamente sus patrones de conducta. Cualquier lector de Rodó, por distraído que sea, sabe que la solución no es tan simple, y que apagar el televisor y deshacerse de los electrodomésticos ayuda poco. Adorno instaba a encender el estéreo y escuchar a Mozart (o leer a Rodó, acaso habría añadido el defensor del ensayismo como lugarteniente, si lo hubiera conocido); Jameson o Zizek o Badiou o Butler ya no confían ni siquiera en Mozart (y menos en Rodó): la industria cultural globalizada también «se lo tragó». Desde este punto de vista, casi nada queda fuera del capitalismo, todo ha sido «alienado». Aunque nos quede, a los lectores de los libros correctos, el consuelo de deconstruirlo todo.

De lectoribus fabula

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La historia de Rodó padeció el envejecimiento característico de las fábulas que ya no resultan ejemplares. Resulta curioso pensar que pocos ensayistas envidiarían hoy en Latinoamérica, por más proteicos que gusten pensarse a sí mismos, El mirador de Próspero, que a ninguno le interesaría figurar como autor de Ariel, porque solo cunde la simpatía por el demonio y por Calibán. En su vida de ensayista y conferencista, Rodó guardó una ambivalencia notable en su constancia: estuvo a la vez fascinado por el dinamismo hemisférico y nacional, y herido por los usos del progreso battlista. La duplicidad fue uno de los rasgos que Rodó más advirtió en sí mismo. La obra de Rodó presenta una melancolía quizás inesperada: la del sentido de pérdida con el que culmina todo viaje, exteriormente exitoso, desde la alienación a la asimilación. En su visión sobre la historia, su respeto por la tradición, en su escepticismo de que el mundo puede cambiar, desde luego, pero muy lentamente, Rodó es profundamente conservador.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos 

La muerte italiana del soltero Rodó siempre fue sospechosa, como las de los solteros Caravaggio, Winckelmann, Aschenbach o Pasolini. Es un proceso que sigue abierto, y que regocijó y sigue regocijando por igual a homofóbicas y homofílicos. A las primeras, porque les parece el justo castigo que sigue al crimen de quienes viven sin matrimonio heterosexual ni hijos que los cuiden en la vejez; a muchos de los segundos, porque la muerte violenta o pestífera les parece prueba última de una vida digna de ser vivida, con adrenalina y sin aburrimientos. La homosexualidad, probada o ilusionada, da sentido a toda historia sin sentido. Es que, contra todo mito romántico, la plasticidad se conquista, y nunca está ganada desde la primera línea, sino al cabo de esfuerzos que duran años y leguas. Así lo ha intentado sugerir, acaso, Fernando Loustaunau en su novela Diario de un demócrata moribundo sobre los últimos días del ensayista en el suntuoso Hotel des Palmes palermitano: abril es el mes más cruel.

Centenarismo, milenarismos 

Rodó pareció vivir su propia muerte afrancesada en la Trinacria de 1917, como algunos en el 2017 vivimos su centenario, de manera milenarista. El fin del mundo, el milenio apocalíptico, tiene una historia, e incluso una crónica local, que en el Río de la Plata se entonó en femenino, o galicadamente, contra el fondo de un cielo estrellado en demasía: «la» fin del mundo, el paso fugaz por el feroz firmamento del Cometa Halley, el espanto seguro de estar mañana muertos que cantó Félix Rubén García Sarmiento, a.k.a Rubén Darío, muerto un año antes, en 1916, no en ninguna península sino en su ístimica, natal Nicaragua. Como los genealogistas que trabajan en la heráldica venal de los nuevos ricos, al apocalipsis cotidiano resulta fácil encontrarle linajes; finalmente, las ramas ilegítimas son las únicas que permiten llegar, a marcha forzada pero segura, hasta donde los clientes quieren, hasta la banalidad tanguera de «y en el dos mil también», banal como la de cualquier otra fecha.

La conjunción astrológica de Júpiter y Saturno, las Sagradas Escrituras, los templos mayas de Guatemala o los dóricos de Agrigento, la coreografiada credulidad mediterránea u oceánica en la era de Acuario denuncian el mismo deseo de ordenar el tiempo como relato con introducción, nudo y desenlace. La memoria se ha dejado pervertir por la invención, y las profecías paganas y cristianas comparten hoy los mismos websites: «¡Plagas y muertes en masa por agua y por fuego! (clickee aquí)», «¡Profecías de Nostradamus!», «Y rompieron el séptimo sello», etc. En tiempos de la Reforma protestante, los amigos de aquel Martín Lutero que aborrecía de la Ramera de Roma armaban sin embargo cartas astrales, y con pareja fruición estos Arieles y Calibanes buscaban atisbos en el Apocalipsis de San Juan: una comparación civil de ambas actividades solo arroja el tipo de resultados que enorgullece a los necios, renuentes nosotros a prestar nuestra fe al feroz exterminio. Un apocalipsis que no ocurre ahora, ni es inminente, ni siquiera real. Una curiosidad, un guión, una estrategia de mercadotecnia, un alimento para notas y números enteros de revistas que nos informan, suavemente irónicas, sobre debates académicos o astrológicos. Es que Rodó resultó, también, a la larga, impresentable para sus partidarios. Su hedonismo fue, inconfesadamente, la más flagrante y reiterada entre las causales de su recusación. Incluso los jóvenes liberales, tan deseosos de que Uruguay nunca sea impuntual en la cita con la modernidad, tan junior executives de Montevideo, del propio barrio Parque Rodó, encuentran imperdonable al ensayista muerto lejos, en Palermo, la ciudad que da nombre a un muy poco serio barrio montevideano, el de las Llamadas y los Carnavales: su fuga, sus trips, parecen la renuncia a ese progreso indefinido que la República Oriental, colorada o frenteamplista, había prometido con tanto entusiasmo como efectiva ineficacia.

Desde Porto Alegre, Brasil

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