El edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea en Bruselas, tiene una forma de estrella de cuatro puntas que desde el aire parece un símbolo de orden y simetría. Adentro, durante semanas de reuniones con funcionarios de la Comisión, el Consejo y el Parlamento, la sensación que queda es otra: la de una maquinaria enorme, lenta y deliberada, que acaba de poner en marcha algo que tardó 25 años en construirse.
El acuerdo de asociación entre la Unión Europea y el Mercosur —del que Paraguay forma parte— ya está en aplicación provisional. Y sus efectos sobre empresas, exportadores y productores del país empezarán a sentirse antes de lo que muchos imaginan.
Lo que cambia en los números
El corazón del acuerdo es arancelario. Durante décadas, exportar al mercado europeo significó pagar peajes altos: el vino pagaba un 35% de arancel de entrada, el aceite de oliva un 17%, los quesos un 28%, la cerveza de malta un 14%. Con el acuerdo, esas barreras caen progresivamente hasta llegar a cero para cientos de productos industriales y agroindustriales.
Para Paraguay, el dato más relevante no está en lo que el país exporta hoy, sino en lo que podría exportar. Paraguay tiene una matriz energética casi completamente verde —es, junto con Uruguay, uno de los pocos países del mundo que genera electricidad limpia de forma masiva gracias a las hidroeléctricas— y eso lo coloca en una posición estratégica para atraer industrias que necesiten descarbonizar su cadena de producción. En términos simples: una fábrica que quiera certificar que su acero o su aluminio se produjo con energía limpia tiene en Paraguay condiciones difíciles de encontrar en otra parte del mundo.
Del lado de las importaciones, el acuerdo también abre la puerta a maquinaria, tecnología y servicios europeos a precios más competitivos. La rebaja arancelaria estimada para el conjunto del Mercosur ronda el 6% en promedio sobre el costo de importación de bienes europeos. Para un empresario que hoy importa equipos o insumos industriales desde Europa, eso no es un número menor.
Los sectores más sensibles —carne vacuna, aves, arroz, azúcar— tienen protecciones: cuotas de importación con arancel reducido y períodos de transición graduales. El acuerdo no es una apertura de fronteras de golpe; es una escalera con pasos contados.

La letra chica que pocos leyeron
Lo que circuló en los medios como “el acuerdo con Europa” son, en realidad, dos acuerdos en uno. El pilar comercial es el más visible. Pero existe también un acuerdo de diálogo político y de cooperación, que contiene obligaciones que no aparecen en los titulares y que enmarcan el acceso al mercado europeo de maneras muy concretas.
Europa no compra solo productos. Compra estándares de producción. Eso significa trazabilidad: saber dónde se crió el animal, qué fitosanitarios se usaron en el cultivo, si la madera proviene de una zona de deforestación ilegal. Significa estándares laborales mínimos verificables. Significa compromisos climáticos medibles, alineados con el Acuerdo de París.
Para el empresario europeo, someterse a estas exigencias nació de la necesidad de adecuarse a los desafíos ambientales globales. La UE tiene el compromiso de convertirse en el primer continente climáticamente neutro para 2050, cuenta con el Pacto Verde (Green Deal). Para buena parte del empresariado paraguayo, esto representa un cambio de lógica operativa que requiere inversión, tiempo y, sobre todo, voluntad de adaptación.
Existen también compromisos asumidos anteriormente por Paraguay en materia de derechos humanos, gobernanza democrática y Estado de derecho, compatibles con el marco constitucional de los países que forman parte del acuerdo político.
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El gap que nadie menciona
Quizás la brecha más importante del acuerdo no está escrita en ningún artículo. Está en la diferencia de mentalidad entre quien negocia desde Bruselas y quien produce desde Asunción.
El empresario europeo que llega a explorar oportunidades en el Mercosur viene con una lógica de largo plazo: necesita saber que en los próximos diez o quince años habrá reglas estables, un mercado predecible y una cadena industrial con volumen suficiente para que la inversión tenga sentido. No entra por proyectos aislados; entra por sistemas. Y cuando no encuentra esa certeza, opta por Brasil o México —mercados más grandes, más previsibles— y Paraguay queda fuera del radar.
Del lado paraguayo, el desafío es diferente pero complementario. Operar en el mercado europeo exige estándares mínimos de calidad de los productos y una formalización que va más allá de los papeles: implica registros sanitarios, certificaciones de origen, auditorías de proceso, reportes de sostenibilidad. Implica hablar el idioma de la regulación europea, que es denso, técnico y no negocia excepciones.
La buena noticia es que el acuerdo incluye un pilar de cooperación técnica destinado precisamente a reducir esa brecha: formación de capital humano, transferencia de tecnología, asistencia para adaptar procesos productivos a los estándares europeos. El desafío es que esa cooperación no llega sola; hay que ir a buscarla, proponer proyectos, articular con el sector privado y con los gobiernos locales.
Paraguay tiene una ventana abierta. Tiene energía limpia, tiene recursos naturales estratégicos, tiene una posición geográfica que puede ser logísticamente ventajosa dentro del Mercosur. Pero una ventana abierta no es lo mismo que haber cruzado el umbral. El acuerdo existe. Lo que falta decidir es cómo el país va a usarlo.
(*) Enviada especial a la sede de la Unión Europea







