«Misión cumplida»: el gobierno, las hermanas Mirabal y la muerte

Mañana, lunes, es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. La fecha, el 25 de noviembre, fue elegida por la Organización de las Naciones Unidas en memoria de las hermanas Mirabal. Esta es su historia.

«Misión cumplida»: el gobierno, las hermanas Mirabal y la muerte
«Misión cumplida»: el gobierno, las hermanas Mirabal y la muerte

Las tres hermanas Mirabal que han pasado a la historia por su trágica muerte a manos de sicarios del gobierno dominicano –tenían una cuarta hermana, Bélgica, apodada Dedé, que no participó activamente de la resistencia a la dictadura y que las sobrevivió para cuidar su legado– se llamaban Minerva, Patria y María Teresa. Nacieron todas en la provincia de Salcedo, en la República Dominicana, y en su país natal lucharon contra el régimen, respaldado por el gobierno de Estados Unidos, del dictador Rafael Leónidas Trujillo, de cuyo acoso, por cierto, fue objeto una de ellas, Minerva, que rechazó sus avances amorosos, tras lo cual Trujillo, despechado, persiguió sin tregua a toda la familia.

Las hermanas Mirabal integraron la Agrupación Política 14 de Junio, que llevaba ese nombre por la fecha de una masacre presenciada por Patria. En varias ocasiones, Minerva y María Teresa, las militantes, fueron apresadas, torturadas y violadas, y sus respectivos esposos, que eran los luchadores antitrujillistas Manuel Tavarez y Leandro Guzmán, fueron también encarcelados y torturados otras tantas veces.

El 18 de mayo de 1960, Minerva, María Teresa, Manuel y Leandro fueron condenados a tres años de prisión por socavar la seguridad del estado. Pero, en un gesto enigmático, el 9 de agosto de aquel año Minerva y María Teresa fueron puestas en libertad por orden expresa del propio Trujillo. No así, en cambio, Manuel y Leandro, que siguieron en prisión.

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Supuestamente, se trataba de una demostración de generosidad de parte del presidente del país. Pero la verdad era otra. Su liberación formaba parte de una misión encomendada por Trujillo al general Román, ministro de las Fuerzas Armadas, quien la depositó en manos de la policía secreta del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), dirigida entonces por el mayor Torres Tejada, que a su vez dio instrucciones al jefe del SIM en la zona norte, el teniente Peña Rivera, de cumplir las órdenes del primer mandatario. El plan era bastante clásico, incluso en el desenlace, que terminaba con una emboscada en la carretera y un simulado accidente automovilístico.

El cabo de la policía nacional Ciriaco de La Rosa solicitó cuatro agentes y un vehículo para formar el escuadrón que llevaría la misión a cabo, y el teniente Peña Rivera designó a Alfonso Cruz, Ramón Rojas Lora, Emilio Estrada y Néstor Pérez Terrero. El escuadrón regresó el 18 de noviembre sin haber cumplido la orden porque las hermanas Mirabal viajaban con niños. Lo mismo pasó el día 22. Pero se pudo comprobar que el 25 no viajarían con niños, sino con un chofer, Rufino de la Cruz, y con su hermana Patria.

Así que el 25 de noviembre de 1960 el auto en el que iban Patria, Minerva, María Teresa y Rufino de la Cruz fue interceptado y detenido por los cuatro hombres de la policía secreta. Los hicieron bajar, los separaron y los mataron a golpes. Cumplida la tarea, metieron en el coche los cadáveres y lo arrojaron a un barranco para que el crimen pareciera un accidente. Hecho esto, el sargento De la Rosa se dirigió al recinto donde se encontraba el teniente Peña Rivera y le notificó: «Señor, misión cumplida».

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Patria tenía 36 años; Minerva, 32, y María Teresa, 25. Su sospechosa muerte exacerbó la indignación popular contra el régimen, y ese sórdido crimen terminó siendo para Trujillo el principio de su desgracia. Desde ese momento, cada vez más gente se mostró decidida a apoyar la causa por la cual las hermanas Mirabal habían muerto de tan brutal manera, suerte de venganza póstuma que terminó con el asesinato del dictador el 30 de mayo de 1961.

En junio de 1962 comenzó el juicio a los acusados y cómplices del cuádruple homicidio. Se sentaron en el banquillo los autores materiales del crimen, Ciriaco de la Rosa, Ramón Rojas, Alfonso Cruz, Néstor Pérez y Emilio Estrada, que fueron condenados a la pena máxima, de 30 años de cárcel, salvo Ciriaco de la Rosa, condenado a solo 20 por colaborar, supuestamente, con el esclarecimiento del caso. No cumplieron sus condenas: grupos militares trujillistas les consiguieron pasaportes y así pudieron marcharse de la República Dominicana.

Durante aquel juicio, De la Rosa declaró: «Después de apresarlas, las condujimos al sitio escogido, donde ordené a Rojas Lora que cogiera palos y se llevara a una de las muchachas. Cumplió la orden en el acto y se llevó a una de ellas, la de las trenzas largas (María Teresa). Alfonso Cruz Valerio eligió a la más alta (Minerva), yo elegí a la más bajita y gordita (Patria) y Malleta, al chofer, Rufino de La Cruz. Ordené a cada uno que se internara en un cañaveral a orillas de la carretera, separadas todas para que las víctimas no presenciaran la ejecución de cada una de ellas. Ordené a Pérez Terrero que permaneciera en la carretera a ver si se acercaba algún vehículo o alguien que pudiera enterarse del caso. Esa es la verdad del caso. Yo no quiero engañar a la justicia ni al pueblo. Traté de evitar el desastre, pero no pude, porque de lo contrario, nos hubieran liquidado a todos». Declaraciones que, poco tiempo después, quedaron desmentidas por el descubrimiento de que el crimen en realidad fue perpetrado en los terrenos de la casa de La Cumbre, ya que Peña Rivera, preocupado, en un rasgo encomiable de disciplina y profesionalismo, por brindar un informe absolutamente fidedigno del cumplimiento de la misión a sus superiores, quería ver con sus propios ojos los cadáveres antes de emitir la orden de tirarlos al barranco.

juliansorel20@gmail.com

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