¡Que viva Berlanga!

Este 12 de junio se cumple un siglo del nacimiento de uno de los grandes renovadores de la cinematografía europea. En el centenario del heterodoxo director y guionista Luis García Berlanga (Valencia, 12 de junio de 1921 - Pozuelo de Alarcón, Madrid, 13 de noviembre de 2010), la poeta española Montserrat Álvarez inscribe su cine en el linaje valleinclanesco del esperpento.

Tres gigantes del cine español del siglo XX: Luis Buñuel, Carlos Saura y Luis García Berlanga en Hoz de Huécar, Cuenca, 1960.
Tres gigantes del cine español del siglo XX: Luis Buñuel, Carlos Saura y Luis García Berlanga en Hoz de Huécar, Cuenca, 1960.

Estudiante –como Juan Antonio Bardem, con quien allí trabó fecunda amistad– del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas y miembro, con ello, de la denominada «primera generación cinematográfica universitaria» española, el director valenciano Luis García Berlanga se matriculó en sus años mozos en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valencia solo para formar parte de su equipo de fútbol, meta felizmente alcanzada, como consta por las fotos de los jugadores en 1945 que guarda el Berlanga Film Museum. Pero, aunque frecuentara más la cancha que las aulas, en esos años escribió su primer guión, basado quizá en sus correrías y las de sus amigotes, Cajón de perro, historia, ya plenamente berlanguiana, de unos señoritos de provincias llenos de planes que nunca llegan a realizar. Guión que, en coherencia con su contenido, nunca llegó a rodar.

La primera película de Berlanga que vi, cuando adolescente, en un ciclo retrospectivo de un cine-club de Zaragoza, mi ciudad natal, fue La vaquilla (1985), y no la entendí. Me pareció banal, frívola, de mal gusto. La segunda la vi aquí, en Asunción, en un ciclo de cine español a mediados de los 90: era ¡Bienvenido, Míster Marshall! (1953), y esta vez no se salvaron del azote de las carcajadas ni el alcalde, ni el cura, ni el hidalgo –un zombi que solo abría los ojos para tomar por reales las alucinaciones de su mente medieval–, ni los americanos (que un pueblerino ve, en sueños, vestidos de Reyes Magos) a los que aquellos castellanos de Villar del Río pensaban seducir disfrazándose de andaluces, únicos españoles que el cine de Hollywood, obviamente, les habría preparado para reconocer como tales. Cómo olvidar ese coro de bienvenida:

«Americanos,

vienen a España gordos y sanos…».

Luego vi más –ese fresco de la caridad como farsa, del lavado de conciencia e imagen para el cual los más pudientes usan a los pobres, que es Plácido (1961), o ese retrato paradójico del verdugo como víctima, donde el verdadero verdugo es la sociedad, titulado, justamente, El verdugo (1963)–, ya generalmente en línea, gracias a las plataformas de Internet. Y a la luz del conjunto, y con el paso del tiempo y la distancia, comprendí que la fuerza de aquella película que no me había gustado en mi adolescencia radicaba precisamente en lo que por entonces creía yo su flaqueza, que lo que había tomado por involuntario yerro no era tal, sino deliberado propósito de La vaquilla: limpiar de rimbombantes dramatismos y heroica mitología esa contienda, imaginar sus –para los que, reverentes y algo pacatos, llegamos más tarde– inadmisibles momentos ridículos, reducir a parodia el pomposo simbolismo de los relatos oficiales de ambos lados, mostrar que a veces puede uno terminar de rojo o azul por algo tan estúpido como caer de un lado o del otro de una línea, y que los antagonistas, humanos al cabo, no necesariamente son –no en lo más primitivo, que tal vez sea lo único importante– tan antagónicos como los pensamos.

Y entendí así, finalmente, a Berlanga, que tan bien supo ver y pintar la sociedad española de la segunda mitad del siglo XX, con sus milagros fake montados para atraer turistas al pueblo, con sus castellanos disfrazándose de andaluces para los benefactores extranjeros de los años del Plan Marshall, con sus parejitas felices en concursos auspiciados por marcas de jabón, con sus nobles fosilizados como piezas de museo, con sus campañas benéficas para sentar pobres a las mesas de las buenas familias en Nochebuena, con sus monjas asesinas, sus frailes delincuentes, sus verdugos-víctimas… Su loca galería de antihéroes, galería del esperpento berlanguiano, que esperpento lo llamaría Valle-Inclán, espejo cóncavo en el que España se refleja a sí misma como «una deformación grotesca de la civilización europea», para citar al ciego Max Estrella (alter ego de Valle) de Luces de bohemia, que en su última noche de vida deambula entre poetas borrachos como él y pretenciosos aspirantes a poetas, entre políticos viles y periodistas serviles, la humanidad descubierta en sus miserias por arte y magia del esperpento.

Luis García Berlanga cumpliría cien años esta semana, el 12 de junio, que cae sábado, buen día y mejor noche para celebrar un centenario tan importante y el legado único de su carrera accidentada y rica en choques con la censura. Mostró esa España que nadie quería mostrar, que nadie quería ver y en la que nadie quería reconocerse, y su cámara filmó, sin paliativos y con sobredosis del humor más negro, pero también con triste y secreta ternura, el precario paisaje cotidiano de los españoles medios, con sus callejones sin salida y sus sueños, que a veces son delirios –y a veces de un pueblo entero, de toda una sociedad empobrecida, como en Bienvenido, Míster Marshall–, refugio tragicómico de unas vidas grises y sin horizontes; con sus ilusiones y sus desilusiones, que son también las nuestras.

«Os recibimos,

americanos, con alegría

Olé mi madre,

olé mi abuela y olé mi tía…».

Hasta siempre, Míster Berlanga.

montserrat.alvarez@abc.com.py